Esta investigación, presentada como ensayo, busca dar a conocer la espiritualidad de San Alberto Hurtado, enfocándose en su “mística social”. La espiritualidad del Padre Hurtado se basa en la espiritualidad ignaciana.

La Mística Cristiana

En una primera parte, se aclara cómo es posible hablar de una mística cristiana, allanando el camino para concebir una “mística social”. El término “mística” proviene de la voz griega mýo, que significa: cerrarse; estar cerrado / cerrar los ojos; callar / ser insensible; indiferente / cerrar.

La “mística” alude a la obligación que recaía sobre los “iniciados” en los misterios (mystés) de guardar silencio sobre lo que les había sido revelado en los ritos de iniciación. Los “misterios” (mystérion), como el de Eleusis, conducían a la contemplación de las verdades superiores, permitiendo al alma ascender a la Vida Divina. De modo semejante, también la filosofía y la misma educación griega (paideía) fueron concebidas como una actividad “mística”.

En el caso de Platón y de tantos otros filósofos griegos, el misterio de Dios nada tenía que ver con el de un creador del mundo, pues la materia era considerada el principio del mal y la perfección del Dios griego se vinculaba a una Bondad y Belleza inmateriales e intelectivas.

El término “mística” es griego, pero la experiencia a la que alude es bastante universal. En todas las religiones se dan experiencias místicas. Por esta razón, el concepto de “mística” ha llegado a ser polisemántico. En el Nuevo Testamento, tienen carácter místico el bautismo en Cristo de San Pablo y la visión de Cristo como el enviado del Padre de San Juan.

Aquello que en definitiva permite reconocer si una experiencia mística es cristiana o no, es el modo mismo de la Revelación de Dios. Dietmar Mieth afirma que la inmediatez de la experiencia de Dios que la mística reclama, depende en el cristianismo de “un Dios que se da El mismo y que tiene, en relación al hombre, una proximidad más grande que la que el hombre puede tener de sí mismo”.

En otras palabras, los criterios para discernir en la ambigüedad de la experiencia mística sus notas más auténticas no son capricho humano, sino que provienen de lo alto, han sido revelados. Lo que tipifica a la mística cristiana no es la forma, sino el contenido: la experiencia de Dios en Cristo. El resto es secundario.

En última instancia, Jesucristo es el Mystérion (sacramento) de Dios, un Dios que, a diferencia de la divinidad griega, ha creado y redimido el mundo por amor. A nuestro parecer, lo que distingue a la mística cristiana es ser participación en el amor de Dios. Dicho de otra forma, lo típico del cristianismo es amar a Dios amando lo que Dios ama: a su Hijo y, en Él, la creación por cuya salvación su Hijo se encarnó y dio su vida.

Porque en el cristianismo la unión del hombre con Dios se cumple en la unión de Dios con el hombre Jesucristo, la mística cristiana verifica en la historia el destino soteriológico del Hijo de Dios; de la vida del Hijo deriva su virtud, su modalidad y su orientación. El místico cristiano se nutre de Jesucristo desde su Encarnación, por la cual el hombre y el mundo son asumidos, hasta el Misterio Pascual, principio escatológico de juicio, purificación y reconciliación de toda la creación con el Creador.

En consecuencia, hay experiencia mística cristiana allí donde hay rechazo del mundo como pecado y amor del mundo como creatura de Dios; donde liberarse del mundo consiste en salvar el mundo, y no en desentenderse de él. Por esto, el mundo no es un estorbo para la unión con Dios: es una mediación positiva y obligada. Al contrario, constituye pecado precisamente pretender una unión con Dios, al margen de la historia, huyendo de la vida.

Así se entiende que nada exprese mejor la mística cristiana que la indisolubilidad del amor a Dios y al prójimo, más aún si es enemigo. Teológicamente, el cristianismo asume el término griego “mística”, pero modifica el concepto: una experiencia de Dios diversa podrá ser mística, pero no cristiana.

En sus inicios, el cristianismo -tanto para defenderse como para anunciar positivamente el Evangelio-, tuvo que enfrentarse a la cultura helénica y al Imperio romano. En esta lucha, venció y fue vencido. A partir de la conversión del Emperador (año 314), la búsqueda de la unidad teológica de la nueva religión y de la unidad política del Imperio, convinieron a la Iglesia y al Imperio. Pero el precio pagado fue alto.

Si el helenismo platónico subyacente a la cultura de la época indujo a semejante reducción de la salvación cristiana, esta misma influencia pudo inspirar soterráneamente a que las fuerzas más vivas del cristianismo dieran un paso heroico, pero errático, éste fue, haber traducido el rechazo del pecado del mundo de raigambre bíblica en una fabulosa fuga mundi sociológica.

Esto no obstante, desde los primeros tiempos hasta ahora, la Iglesia ha trasmitido fielmente el Evangelio toda vez que ha experimentado y ha promovido la salus carnis, el amor a la creación y la caridad con los pobres. Vale la pena recordar a padres y santos como Ireneo de Lyon, Juan Crisóstomo, León Magno, Hilario de Poitiers, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Tomás de Aquino, Pedro Nolasco, Juan de Dios y sus hospitalarios, Francisco de Sales, Vicente de Paul, Juan Bosco y Damián de Veuster. La madre Teresa representa en nuestra época a tantísimas mujeres consagradas a Cristo en el servicio de los pobres.

Tal vez todavía en ciertos ambientes eclesiales sea un contrasentido hablar de una “mística social”, como si esta expresión remitiera a realidades excluyentes entre sí. La más auténtica Tradición de la Iglesia nos lleva a plantear la cuestión en términos inversos: ¿es posible una mística cristiana que no sea social? No para Alberto Hurtado.

La Mística Social del Padre Hurtado

Para él, el abandono de los pobres y la urgencia de edificar una sociedad justa no son una distracción a su oración, sino que constituyen el contenido preciso de su experiencia íntima de Dios en Cristo. No hay dos padres Hurtado, el que rezaba y el que se ocupaba de los pobres. La mística cristiana admite innumerables versiones, pero, en cuanto todas dependen de Cristo, el amor de Cristo por el mundo no puede ser en ellas un aspecto ausente o secundario.

En tanto la mística cristiana verdadera se caracteriza por procurar que toda la creación sea transfigurada por Dios, la mística del P. Mons. Alberto Hurtado fue conocido por la multiplicidad de actividades a las cuales dedicó su vida, pero el apostolado social fue, entre todas, su inquietud más acendrada. Como joven supo traducir su adhesión a la naciente Doctrina Social de la Iglesia en acciones concretas de solidaridad en los conventillos de Santiago.

Siendo estudiante jesuita cultivó la amistad con los PP. Vives y Fernández Pradel, formándose según esta inspiración de cara a los grandes problemas sociales de su siglo. De vuelta a Chile como sacerdote, estimuló por doquier la sensibilidad social, fundó el Hogar de Cristo, la revista Mensaje y la Acción Sindical Chilena.

A modo de precisión, en esta investigación se entiende por “mística social” tanto la caridad directa de Alberto Hurtado con los pobres, como sobre todo su búsqueda de un Orden Social Cristiano, mediante la conversión a Cristo y la reforma de la sociedad en sus estructuras injustas generadoras de miseria. En este sentido, el Padre Hurtado es un “místico social”. El mismo promueve lo que llama “una mística del sentido social”. Esta es la novedad que él y una pléyade de hombres espirituales, introdujeron en el Chile de su época.

El Padre Hurtado fue un hombre de acción, más que un teólogo. Los fundamentos teológicos de su “mística social” es preciso rastrearlos en los testimonios acerca de él, su vida y sus escritos. Aquí nos limitamos a sus escritos.

Bien podría decirse que la del P. Hurtado es mística de la obediencia. Como hijo de Ignacio de Loyola, él busca a Dios en todo, lejos incluso de lo religioso estricto. Más precisamente, busca la voluntad de Dios. A propósito de su enseñanza de Cristo, llama la atención que en una época en que se predica predominantemente al Cristo paciente -de lo cual se sigue que los pobres no deben rebelarse ante el sufrimiento, que deben resignarse-, el Padre Hurtado anuncia al Cristo del Reino y de la acción.

Por otra parte, insistirá -contra una catequesis teorizante- que el conocimiento de los muchos misterios de la vida del Señor debe internalizarse, hasta constituir un saber de primera mano, personal de Jesucristo. Al centro de la vida cristiana, Alberto Hurtado pone el “amor al prójimo”. Jesús enseñó el amor al prójimo como un buen samaritano, practicándolo con hechos de caridad, acogiendo nuestros dolores, sanando, multiplicando los panes, haciendo el bien material. Proclamó que este amor es inseparable del mandamiento de amor a Dios, de modo que queda al descubierto la falsedad del que pretende amar a Dios sin amar al hermano (1 Jn 4, 20). Jesús definió este amor como “desear para el otro lo que yo deseo para mí”.

Muy antes de la Conferencia Episcopal de Puebla, el P. Hurtado destaca que Jesús anunció el Evangelio preferencialmente a los pobres. Recuerda que Cristo advirtió que pobres habría siempre, como desafío perenne a la justicia y caridad, no como razón para su sometimiento. Por el contrario, trae a la memoria la severidad de Jesús contra los ricos. A ellos se aplica la “pobreza en espíritu”, en la medida que sean generosos.

El P. Hurtado, sin embargo, desvirtúa la ilusión de un cristianismo inspirado en la pura actividad filantrópica de Jesús. La acción redentora de Cristo es perfeccionada en su pasión. Alberto Hurtado recuerda que la unidad del amor a Dios y a los hombres ha sido una constante en la práctica y la enseñanza de la Iglesia. Desde Pedro, todos los Papas, “no hay uno que haya dejado de recordarnos el mandamiento del Maestro, el mandamiento nuevo del amor de los unos a los otros como Cristo nos ha amado”. Muchos han sido los santos que han dado testimonio de esta caridad. El amor de los cristianos ha de ser universal como el deseo de Cristo. Por el amor juzgarán al cristianismo nuestros contemporáneos.

La mística del P. Hurtado proviene del Cristo del Nuevo Testamento también cuando depende de la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, que orienta permanentemente su concepción cristiana de las relaciones sociales. Esta doctrina asegura la solidaridad en la salvación de todos los hombres por su pertenencia al Cuerpo de Cristo. En virtud de ella, el P. Hurtado ve a Cristo incluso más allá de las fronteras visibles de la Iglesia, en los hombres que han sido llamados a formar parte suya.

La “mística social” del P. Hurtado apunta a la transformación de la sociedad en su conjunto, como expresión de amor a Cristo-prójimo. Todo místico cristiano halla a Dios en Cristo y a Cristo en el prójimo. A Alberto Hurtado, es el amor a Dios en Cristo lo que lo lleva a hacerse cargo del prójimo. En otras palabras, para él lo ético no se da fuera de lo espiritual.

Si Alberto Hurtado encuentra a Dios en Cristo, en el prójimo encuentra a Cristo. La razón última del amor al prójimo es que “el prójimo es Cristo”. Siendo novicio jesuita se propone “…servir a todos como si fueran otros Cristos”; aun como estudiante, determina fijarse en las virtudes de sus compañeros en cuyos pechos ve al Sagrado Corazón “obrando por ellos, viviendo y reinando en su interior, sirviéndome, amándome, probándome por ellos”. No se trata de ningún panteísmo. El prójimo representa a Cristo, desde que Cristo mismo ha querido ser reconocido en él. El P. Hurtado asegura también la distancia infinita entre Cristo y nosotros.

“Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen ha muchos años del beso de una madre sobre su frente. Bajo los mesones de las pérgolas en que venden flores, en medio de las hojas secas que caen de los árboles, allí tienen que acurrucarse tantos pobres en los cuales vive Jesús.

A los miembros de la Fraternidad del Hogar de Cristo, les pide un voto de obediencia religiosa al Director, “pero sobre todo obediencia al pobre; sentir sus angustias como propias, no descansando mientras esté en nuestras manos ayudarlos.

El aspecto activo, ético, de esta “mística del prójimo”, es distinguible pero no separable del aspecto contemplativo, ya que consiste ... El trabajo es una característica esencial de la persona, pues solo ésta lo ejerce, por eso hay que mirarlo, revisarlo y hablarlo. El trabajo no puede ser sinónimo de alienación, la importancia de este reside en el trabajador/ra y no en la labor en sí; por consiguiente, tiene un valor en sí mismo debido a la presencia humana de aquel/lla que lo realiza.

El capitalismo no es capaz de comprender o aceptar este valor, ya que es un modelo de construcción social y económico que mira al trabajador/a como un instrumento, lo desvaloriza y lo usa, le da el valor de una cosa. Por ello es necesario rescatar, como el primer fundamento del valor del trabajo, a la persona humana que lo realiza.

El padre Alberto Hurtado nos dice que el trabajo "es un esfuerzo personal, pues, por él, el hombre da lo mejor que tiene: su propia actividad, que vale más que su dinero. Con razón los trabajadores se ofenden ante quienes consideran su tarea como algo sin valor, desprecian su esfuerzo no obstante que se aprovechan de sus resultados. Igualmente sienten cuan injusto es que pretendan hacerlos sentir que ellos viven porque la sociedad bondadosamente les procura un empleo.

Esto nos lleva a plantear la triple dimensión que tiene el trabajo: Primero, como un elemento que ayuda a nuestra subsistencia económica, ya que través de la remuneración podemos concretar la satisfacción de nuestras necesidades materiales básicas, por ello la importancia de una remuneración justa y digna que efectivamente contribuya a la satisfacción de estas. Un trabajo indebidamente remunerado y o sin condiciones dignas para su desarrollo es una expresión moderna de la esclavitud.

Además, habría que decir que uno se convierte en esclavo del trabajo cuando se "vive para trabajar y no se trabaja para vivir" y el ser humano no puede verse alienado por el trabajo, sin que ello tenga evidentes consecuencias en la vida social. La segunda dimensión es la obligación ética para el trabajador de la realización de un buen trabajo ya que a través del trabajo se presta un servicio a la sociedad, satisfaciendo parte de sus necesidades.

El Padre Hurtado veía a Cristo en los niños que recogía a orillas del río Mapocho, a las madres que llegaban con sus hijos sin un techo donde pasar el invierno y en los enfermos que requerían cuidado y compañía. Tenemos que proponernos una actitud de alegría y servicialidad frente a todo aquel que trabaja. ¡Alegría debemos sentir de poder trabajar! Trasmitamos a quienes nos rodean que trabajar es una oportunidad de compartir y construir una mejor sociedad.

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