El libro "El Patriarcado del Salario", publicado originalmente en francés (Les Éditions du remue-ménage, 2014) y traducido al inglés en 2018 (Pluto Press), presenta su primera versión en castellano. Esta obra es una crónica que recorre la historia del Colectivo Feminista Internacional (CFI), un movimiento teórico y militante que en los años setenta impulsó una amplia campaña por el reconocimiento y remuneración del trabajo doméstico. A partir de una vasta labor de recopilación de archivo y de numerosas entrevistas a sus protagonistas, Louise Toupin reconstruye la compleja trama de grupos, publicaciones y estrategias de lucha que desarrolló este Colectivo.

Louise Toupin, militante del Frente de Liberación de las Mujeres de Quebec (1969-1971) y cofundadora de Les Éditions du remue-ménage, principal editorial francófona feminista de Canadá, es Doctora en Ciencias Políticas y académica. Es coautora de la antología Québécoises deboutte! (1982, 2022), La pensée féministe au Québec (2003) y Luttes XXX (2011), y codirectora (con Camille Robert) de Travail invisible. Portraits d’une lutte féministe inachevée (2018), todos publicados por Remue-ménage. Este último fue traducido al castellano como Trabajo invisible. Violencia de género, pobladoras y feminismo popular.

Eslabones de una Lucha Feminista

El libro se estructura en las siguientes partes:

  • Primera parte
  • Capítulo 1
  • Capítulo 3
  • Segunda parte
  • Capítulo 4
  • Capítulo 5
  • Capítulo 6
  • Epílogo

El Arcano de la Reproducción

La reproducción precede a la producción social, lo cual denota la centralidad que ella tiene en todo el sistema capitalista, el hecho de que crea valor, y un valor importante en relación con su coste. Debe ser alimentado, educado, vestido, etc. (socialización de la reproducción), así como la dimensión de género. El trabajo doméstico sería no-productivo, aunque crea la mercancía fuerza de trabajo, el asalariado (masculino). Socialmente invisible, se definía como no-productivo, basado en el amor, asistencia y maternidad, dejando de un lado (los hombres) y las mujeres, el trabajo doméstico se denomina, por lo tanto, explotación, un proceso productivo que hay mujeres que la reproducen continuamente.

En otras palabras, desde el trabajo educativo hasta el trabajo de cuidados, desde la asistencia a las personas dependientes hasta las múltiples caras de la valorización afectiva de los servicios productivos, el devenir-mujer del trabajo está en el centro del proceso de valorización del capital. El capitalismo ha activado contra él, formas de vida y excluye otras en términos capitalistas, de un organismo a otro, y qué cuerpos siguen siendo protegidos y cuidados, así como las condiciones materiales de las relaciones de producción y reproducción.

Para el neoliberalismo, el cuerpo competente es el de un hombre blanco, en plena posesión de una fuerza física normada como masculina, que madruga, hace footing, come alimentos ecológicos y trabaja, sin contar las horas, por su éxito económico, abstracción común, la disciplina y al principio de eficacia, se convierte en una mercancía entre otras.

¿Qué puede un cuerpo?

Tomando la pregunta del libro de Deleuze, deberíamos preguntarnos entonces: ¿qué puede un cuerpo? ¿qué es un cuerpo? Cuerpos alegres, cuerpos poderosos. Porque como dice Verónica Gago en su libro La potencia feminista, "La potencia, de Spinoza a Marx, no es nunca y no existe independientemente del cuerpo que la contiene. Por eso la potencia feminista es la potencia del cuerpo como cuerpo siempre individual y colectivo. Además, la potencia feminista extiende, amplifica el cuerpo gracias a la forma en que es reinventada por las luchas de las mujeres, por las luchas feministas que, una y otra vez, actualizan el concepto de potencia. La potencia no existe en abstracto", nos lo demuestran.

Necesitamos escuchar su lenguaje como un camino hacia nuestra salud y sanación, igual como necesitamos escuchar el lenguaje y los ritmos del mundo natural como camino hacia la salud y la sanación de la tierra. Comprender que llegamos al movimiento con muchas cicatrices, marcas de la vida en una sociedad capitalista. ¿Por qué el cuerpo? El cuerpo, un destino anatómico, es decir, desnaturalizar lo que debería ser y hacer una mujer. Una vez más, nuestra tarea como feministas no es decir a otras mujeres qué formas de explotación son aceptables, sino ampliar nuestras posibilidades, para que no nos veamos obligadas a vendernos de ninguna manera.

Este grito resuena en toda América Latina, tierra donde se construyen todas las opresiones. La acción revolucionaria es la salud, y como corolario, el ocio.

El Trabajo de Cuidado

El trabajo de cuidado puede abarcar una amplia gama de actividades: desde el cuidado de niños, ancianos frágiles, enfermos y discapacitados graves, hasta la preparación de alimentos, pasando por el trabajo doméstico, emocional y sexual. Es una actividad fundamental para la reproducción de los vínculos sociales, para el mantenimiento y la reproducción de la sociedad a lo largo del tiempo. En algunos estudios se distingue entre una definición amplia y otra restringida de cuidado, incluyendo sólo las actividades asistenciales que tienen un aspecto relacional.

Según Duffy, sólo a través de una versión más inclusiva del cuidado (care), podremos comprender todas las implicaciones de su actual distribución global en términos de raza, etnia, género y clase. Esta labor es tan fundamental como incomprendida, devaluada y tradicionalmente considerada fuera del ámbito de la política y la economía. Esta exclusión se basa -como ha señalado Joan Tronto- en la forma en que se conciben los límites del espacio político y se construye el objeto de conocimiento e interés de la política y la economía.

En la base de la exclusión del cuidado del espacio público y de la esfera económica del trabajo se encuentra, pues, una operación epistemológica que, en términos foucaultianos, es al mismo tiempo la expresión de ciertas relaciones de poder, destinadas a acreditar una ontología social precisa: el sujeto de la política es autónomo, racional, libre e independiente, dueño de sí mismo y de su trabajo, un sujeto cuyas obligaciones y responsabilidades sociales se definen por elecciones basadas en el consenso.

Calibán y la Bruja: Mujeres, Cuerpo y Acumulación Originaria

En su libro ‘Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria‘, la feminista italiana Silvia Federici retoma la matanza de brujas como fundante de un sistema capitalista que domestica a las mujeres, imponiéndoles la reproducción de la fuerza de trabajo como un trabajo forzado y sin remuneración alguna. Federici se hace preguntas fundamentales sobre esa figura emblemática de lo femenino: ¿por qué el capitalismo, desde su fundación, necesita hacerles la guerra a esas mujeres? ¿Por qué la caza de brujas es una de las matanzas más brutales y menos recordadas de la historia? ¿Qué se quería eliminar cuando se las condenaba a la hoguera?

Su libro toma el título de dos personajes de Shakespeare: Calibán es el rebelde anticolonial, el trabajador esclavo que se resiste; y la Bruja, que el escritor inglés dejaba en segundo plano, aquí captura la escena: su aniquilación representa el inicio de la domesticación de las mujeres, el robo de los saberes que daban autonomía al parto, la conversión de la maternidad en trabajo forzado, la devaluación del trabajo reproductivo como no-trabajo, y la masificación de la prostitución frente a la desposesión de tierras comunitarias.

En las raíces de mi feminismo está, en primer lugar, mi experiencia de mujer crecida en una sociedad represiva como era la de Italia en los años ’50: anticomunista, patriarcalista, católica, y con el peso de la guerra.

Para nosotras era un movimiento feminista, porque esas mujeres querían demostrar que el trabajo doméstico y el cuidado de los niños es un trabajo social del cual todos los empleadores se benefician, y también que el Estado tenía obligaciones en la reproducción social. Nuestro objetivo principal era demostrar que el trabajo doméstico no es un servicio personal sino una verdadera obra, porque es el trabajo que sustenta todas las otras formas de trabajo, ya que es el trabajo que produce la fuerza de trabajo.

Nuestra perspectiva sostenía que cuando las mujeres luchan por el salario para el trabajo doméstico, luchan también contra ese trabajo, en la medida en que el trabajo doméstico puede continuar como tal siempre y cuando no sea pagado. Es como la esclavitud. El pedido de salario doméstico desnaturaliza la esclavitud femenina. Entonces el salario no es el objetivo final, pero es un instrumento, una estrategia, para lograr un cambio en las relaciones de poder entre mujeres y capital.

El objetivo de nuestra lucha era convertir una actividad esclavizante, explotadora, que estaba naturalizada por su carácter de no ser paga, en un trabajo socialmente reconocido; era subvertir una división sexual del trabajo basada en el poder del salario masculino para mandar sobre el trabajo reproductivo de las mujeres, lo que en Calibán y la Bruja llamo «el patriarcado del salario».

Una temática que era central para nosotras era el carácter doble del trabajo de reproducción, que reproduce la vida, la posibilidad de vivir, la persona y, al mismo tiempo, reproduce la fuerza de trabajo: ésta es la razón por la cual es tan controlado. La perspectiva era que se trata de un trabajo muy particular, y por tanto la pregunta clave cuando se trata de reproducir a una persona es: ¿para qué o en función de qué se quiere valorizarla/o?, ¿valorizarlo por sí misma/o, o para el mercado? Hay que entender que la lucha de las mujeres por el trabajo doméstico es una lucha anticapitalista central.

Reconocer que la fuerza de trabajo no es una cosa natural sino que debe producirse, significa reconocer que toda la vida deviene fuerza productiva, y que todas las relaciones familiares y sexuales se convierten en relaciones de producción. Es decir que el capitalismo se desarrolla no sólo dentro de la fábrica sino en la sociedad, que deviene fábrica de relaciones capitalistas, como terreno fundamental de la acumulación capitalista. Por eso, el discurso del trabajo doméstico, de la diferencia de género, de las relaciones hombre/mujer, de la construcción del modelo femenino, es fundamental. Hoy, por ejemplo, mirar la globalización desde el punto de vista del trabajo reproductivo permite entender por qué, por primera vez, son las mujeres las que lideran el proceso migratorio.

Una gran parte de la población vivía de la tierra bajo el régimen de propiedad comunal. Para las mujeres en particular, el acceso a la tierra significaba la posibilidad de ampliar sus medios de subsistencia, la posibilidad de reproducirse a sí mismas y a sus familias sin depender del mercado. Esto es algo que ha devenido una parte importante de mi comprensión del mundo.

Formular lo común desde un punto de vista feminista es crucial porque las mujeres actualmente son quienes más han invertido en la defensa de los recursos comunes y en la construcción de formas más amplias de las cooperaciones sociales. En todo el mundo ellas son productoras agrícolas de subsistencias, son aquellas que pagan el mayor costo cuando se privatiza la tierra; en Africa por ejemplo, el 80 por ciento de la agricultura de subsistencia está hecha por mujeres y, por tanto, la existencia de una propiedad comunal de la tierra y del agua es fundamental para ellas.

El movimiento feminista en el que yo me inicié hablaba siempre de la sexualidad, de los niños y de la casa. Y luego, toda la tradición feminista, socialista utópica y anárquica me interesa mucho, por cómo aborda estos temas. Hay que hacer un discurso sobre la casa, sobre el territorio, sobre la familia, y ponerlo al centro de la política de lo común.

La caza de brujas fue instrumental a la construcción de un orden patriarcal en el que los cuerpos de las mujeres, su trabajo, sus poderes sexuales y reproductivos fueron colocados bajo el control del Estado y transformados en recursos económicos.

Del mismo modo que los cercamientos expropiaron las tierras comunales al campesinado, la caza de brujas expropió los cuerpos de las mujeres, los cuales fueron así «liberados» de cualquier obstáculo que les impidiera funcionar como máquinas para producir mano de obra. La amenaza de la hoguera erigió barreras formidables alrededor de los cuerpos de las mujeres, mayores que las levantadas cuando las tierras comunes fueron cercadas.

Silvia Federici y otras feministas de los años setenta, tomando a Marx pero siempre más allá de Marx, partieron de su idea de que "el capitalismo debe producir el más valioso medio de producción, el trabajador mismo". A fin de explotar esta producción se estableció el patriarcado del salario. La exclusión de las mujeres del salario otorga un inmenso poder de control y disciplina a los varones a la vez que desvaloriza e invisibiliza su trabajo. Esta invisibilización no solo es útil para explotar el gigantesco ámbito de la reproducción de la fuerza de trabajo.

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