El Sistema Educativo es una institución social que surge históricamente para cumplir una serie de funciones, entre las que destaca la tarea de socializar a los individuos, es decir, formar a los hombres y mujeres que las sociedades necesitan para funcionar, desarrollando los rasgos de personalidad, valores, actitudes y comportamientos básicos requeridos para la interacción social.

Sin embargo, el Sistema Educativo es una realidad compleja por encontrarse inmerso dentro de la sociedad, por ello, está estrechamente vinculado a los ámbitos político y económico, entre otros. De allí, que para comprender la naturaleza de la experiencia escolar y poder gestionarla eficientemente es indispensable partir de un análisis complejo de la estructura social y de los intereses y conflictos que la constituyen.

Además, históricamente, la escuela ha sido lugar de conflicto, de búsqueda y construcción de alternativas. Por ello, la educación debe ser analizada desde una perspectiva diferente, asumiendo que ésta puede contribuir con la formación de ciudadanos capaces de modificar las relaciones sociales existentes, es decir, es posible plantearse una opción de cambio en la escuela.

Para Fernández (1997) es necesario promover experiencias que hagan crecer en los sujetos, y así en la sociedad, el campo de los derechos de la persona. Ello implica un currículo radical y una confianza incondicional en las personas.

La cultura escolar es el ámbito donde se puede viabilizar una cultura de paz a través del tipo de relaciones interpersonales que se establecen entre docente -alumno, entre los niños y sus compañeros, entre las relaciones jerárquicas del personal de la institución, y por supuesto, en la relación que la institución establece con los padres de familia.

Si se concibe la función de la escuela como meramente reproductora, esta cultura escolar es incuestionable por responder a los ideales de la sociedad. Representa la cultura social legítima. No obstante, la construcción de una cultura de la paz es un proceso lento y complejo.

En este sentido, la educación juega un papel fundamental al contribuir en la formación de valores de los futuros ciudadanos, sin embargo, esto no es suficiente; es indispensable que la sociedad, desde los diferentes ámbitos implicados apoye proyectos y programas dirigidos al fomento de la paz, generando, de esta forma, un proceso de reflexión sobre cómo se puede incidir en la construcción de la cultura de la paz, desde la política, los medios de comunicación, desde la familia, las empresas, desde las organizaciones no gubernamentales, desde la economía, etc.

Se trata de integrar una conciencia colectiva sobre la necesidad de una cultura de la paz. En síntesis, la educación para la paz exige la comprensión de la complejidad.

El Enfoque de María Montessori

Desde la década de los treinta María Montessori manifestó una preocupación en torno a los problemas relacionados con la paz. Partiendo de profundas convicciones en torno a las potencialidades de los niños, estableció que el logro de una paz duradera es obra de la educación: ”la educación es la mejor arma para la paz” (1998, p.

Considerar a la educación como piedra angular para la paz implicaba para ella desarrollar la espiritualidad del hombre, realzando su valor como individuo y ciudadano del mundo. Hoy en día, esta preocupación por la paz continúa teniendo vigencia.

Es así que en el documento “La Educación Bolivariana. Políticas, programas y acciones” (MECD, 2004) se señala que desde el año 1999 en el Ministerio de Educación Cultura y Deportes se comenzó a formar una nueva estructura de los procesos educativos y han surgido nuevas propuestas que plantean desarrollar un nuevo tipo de sociedad humanista con fundamento en los principios de libertad, igualdad y justicia social para construir un país soberano, con desarrollo de la capacidad creadora de sus habitantes.

Por otra parte, la educación en el marco de la Constitución de la República Bolivariana, sintetiza entre las categorías de la Nueva Escuela que dan esencia a la Educación Bolivariana, “la Escuela, espacio para la paz” (MECD, 2004). Desde esa perspectiva, la escuela orienta el desarrollo de los valores de paz, tolerancia, diálogo, convivencia y solidaridad en los espacios escolares y su entorno.

En el documento se plantea que la escuela como espacio para la paz implica el desarrollo de los valores de paz, tolerancia y solidaridad en los espacios escolares y su entorno. Para lograrlo, se proponen acciones preventivas y de seguridad con organismos e instituciones gubernamentales a la vez que se promueven en las instituciones diversas estrategias que fomentan la paz, la tolerancia, la convivencia y el respeto a las ideas.

Sin embargo, más que trabajar con contenidos sobre la LOPNA, la Constitución o los derechos y deberes, el trabajo con la educación para la paz implica cambios en la forma de interpretar las relaciones sociales, en la forma de resolver los conflictos que son inevitables en cualquier sociedad y en una vivencia de los derechos humanos. Para ello, los mecanismos de resolución de los mismos deberían ser la comunicación, el diálogo y la cooperación.

Para Maldonado (2000) las raíces de la ética se encuentran en la cotidianidad, que es donde se vive el encuentro con los demás y se construye, o deja de construir, el mundo.

La Cultura de Paz y el Rol de la Ética

En el año 1997 la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas proclamó el Año 2000 como el Año de la Cultura de paz. Para celebrar tan importante ocasión un grupo de Premios Nobel redactó el manifiesto que contiene una serie de principios claves con los cuales es necesario que todo ciudadano se comprometa en la vida cotidiana, en la familia, en el trabajo, la comunidad, el país y la región para lograr la cultura de paz.

El criterio fundamental para una ética que abarque todos los aspectos de la vida es el que se refiere a la dignidad de la persona. Para Maldonado (1999) el respeto es la base fundamental para una convivencia pacífica entre los miembros de una sociedad. El respeto a la vida es un derecho fundamental del que dependen todos los demás derechos.

Proteger la vida de las personas implica el respeto al medio ambiente, a los seres vivos y a la naturaleza en general. La familia y la escuela, como principales grupos donde se socializa el niño, deberá sentar las bases desde lo aprendido y vivenciado.

La educación para la paz debe plantearse como principal objetivo contrarrestar las influencias que conducen al temor y la exclusión de los demás, y la de ayudar a los niños a desarrollar un razonamiento ético. Asimismo, formar ciudadanos: atentos a los demás y responsables, abiertos a otras culturas, capaces de apreciar el valor de la libertad, respetuosos de la libertad y las diferencias de los seres humanos y capaces de evitar conflictos o de resolverlos por medios no violentos.

Estrategias para Fomentar la Tolerancia y Prevenir la Violencia

Algunas investigaciones realizadas por Díaz-Aguado (1992) sobre cómo favorecer la tolerancia y prevenir la violencia en el aula, proponen cuatro procedimientos que pueden contribuir a dichos objetivos: la discusión entre compañeros, el aprendizaje cooperativo, enseñar a resolver conflictos sociales y la democracia participativa.

Además, fomentar el trabajo cooperativo supone abrir espacios de diálogo y posibilitar la creación de un pensamiento de equipo. El docente debe decidir cómo actuar ante los conflictos para preservar los derechos de todos y cómo favorecer la construcción de normas. En cada caso, puede encontrar un abordaje educativo al conflicto, y no siempre es sencillo.

Aparecen dificultades si hay valores en juego o si el educador debe revisar sus propias actitudes. El maestro debe intervenir en los conflictos para evitar que estos no se profundicen, evitar que se pase de la agresión verbal a la violencia física y analizar la causa del conflicto desde una perspectiva amplia, es decir abarcar todos los contextos y las personas que pudieran influir en el mismo.

La actitud de un docente ante la resolución de un conflicto debe tomar en cuenta también la evolución moral de los niños. La sanción permite el cumplimiento de la norma pero con base en la autoridad externa. Poner al niño en evidencia, no sólo no es constructivo, sino que es contraproducente , puesto que podría dañar su autoestima.

Para decidir cómo actuar el educador tomará el hecho en su contexto, lo que significa considerar la edad del niño, su personalidad, su historia personal y grupal, su situación actual y las normas sociales del entorno. Las sanciones tienen escasa o nula eficacia para la modificación de las conductas desajustadas y suelen terminar con la exclusión del grupo de los niños que presentan dificultades.

Por otra parte, ignorar los conflictos o minimizarlos puede ser riesgoso.

Fomentando la Generosidad y la Solidaridad desde la Infancia

En el Nivel Maternal es frecuente que los niños presenten conductas “egoístas”. Estas conductas son características de este período de desarrollo. Los niños se encuentran en una etapa de egocentrismo, es decir, están centrados en sí mismos y se les hace difícil compartir con los demás.

Durante la Educación Inicial se debe fomentar en los niños el impulso de compartir, de prestar servicios y ayudar. Los niños que crecen en ambientes donde se vive la generosidad tendrán una tendencia natural a ayudar, a hacer encargos, a darse. También es positivo que exista coherencia entre los valores reforzados en la escuela y los del hogar.

El papel de los padres y docentes es proporcionarle a estos todas las experiencias posibles para que comience el proceso de interiorización de los valores, a su ritmo.

Uno de los principios necesarios para fomentar una cultura de paz en la escuela es la creación colectiva de acuerdos de convivencia. Entre las principales actividades que se deben fomentar para lograr un clima de armonía dentro y fuera del aula se encuentra el desarrollo de la capacidad de escucha, esto debido a que el diálogo es el fundamento de las relaciones interpersonales.

Existen diversas actividades que se pueden realizar con niños de Educación Inicial para comenzar a formar el hábito de “saber escuchar”, para que posteriormente sea interiorizado como un valor. Durante toda la jornada diaria se debe reforzar la importancia de no interrumpir a las personas cuando hablan y de escucharlos atentamente. Los momentos de puesta en común y las actividades colectivas resultan muy útiles para el logro de este propósito.

La Educación Ambiental como Modo de Vida

La Educación Ambiental no debe entrar en la Educación Inicial como un área aparte de las demás áreas, sino como un modo de vivir que impregna a todas las actividades que se realizan. Dentro de la Estructura Curricular de la Educación Inicial (2005) la relación con el ambiente se presenta como un área de aprendizaje.

En este sentido, se considera al ambiente como un todo, con un sentido ecológico. Esto implica proporcionarle al niño experiencias de aprendizaje con el medio físico, social y natural que lo rodea. Plantea también la necesidad de descubrir interesantes universos para observar y explorar.

Si se pretende desde la Educación Inicial fomentar en los niños la conservación del planeta es indispensable, dentro de esta área, el trabajo con los componentes relacionados con el cuidado y preservación del ambiente y con los valores ecológicos. Se plantea entonces la necesidad de promover el respeto y cuidado hacia los animales y plantas a través de la asignación de pequeñas responsabilidades y relaciones con el cuidado y conservación de estos.

Para Maldonado (2000) el destino del mundo surge y se deriva del tipo de relaciones con el otro. De allí que se halla en el punto de encuentro entre las personas, y en la forma en la cual ese encuentro con las personas nos afecta.

Para este autor “la solidaridad es el esfuerzo mancomunado para que el futuro se haga posible y para que en él la vida misma adquiera mejores condiciones y garantías para su afirmación y desarrollo” (p.

La solidaridad es un valor que inclina a las personas a sentirse unido con los otros, cooperando con ellos. Es la ayuda mutua que debe existir entre las personas. La maestra debe ser modelo de solidaridad al preocuparse cada día en desempeñar su trabajo mejor cada día por el bien de los niños, confiando en la capacidad de todos sus alumnos por igual, tratándolos con amor, respeto y consideración.

En síntesis, para vivir la solidaridad se requiere preocuparse por el bienestar y la seguridad de todos. La construcción de una cultura de paz pasa necesariamente por la actitud de solidaridad. La verdadera solidaridad consiste en poner amor en la vida de todos los días.

La construcción de una cultura de paz requiere principalmente de un compromiso de toda la humanidad. El mundo actual está urgido de una conciencia colectiva al servicio de la dignidad humana.

Es indispensable que exista una interacción entre la cultura de la paz y la educación ya que ésta última posibilita la construcción de modelos y significados culturales nuevos.

TAG:

Lea también: