Nos encontramos en tiempos turbulentos, en un mundo que parece oscilar entre la crisis e incertidumbre, con pandemias y guerras globales, conflictos socioambientales, refugiados, migración, inseguridad y hambre.

En el sur del mundo, son días de un invierno lluvioso y frío, con una inflación mundial y un dólar que se dispara, elevando el costo de la vida que afecta en mayor medida al pueblo trabajador. A esto se suma una clase política ensimismada en sus pugnas internas, el auge de una ultraderecha que usa la mentira como arma, y un gobierno progresista sin rumbo claro para afrontar el nuevo ciclo de transformaciones.

Es en ese contexto, que nos encontramos ad portas del plebiscito más importante de nuestro tiempo. Si bien el itinerario constituyente nos establece dos opciones contrarias entre sí, que se ven expresadas entre las frases apruebo o rechazo, lo que se encuentra verdaderamente en disputa es una cuestión más profunda. Es la idea del proyecto de sociedad, de la conducción intelectual y moral del mismo.

En otras palabras, el proyecto de Nueva Constitución se erige como la potencialidad de disolver la sociedad del régimen neoliberal y a su vez la condición de posibilidad de sustitución de este régimen, por el de una sociedad democrática. En dicho sentido, una forma de relación o reproducción de la vida en el régimen neoliberal, es la instauración de la idea de que las personas deben elegir una vida dedicada al trabajo.

Cabe señalar que, en el caso de las mujeres, esta explotación es doble, ya que sufren las consecuencias de la dominación en el trabajo, y las que nacen del llamado “trabajo doméstico”. En otras palabras, en la sociedad del régimen neoliberal se ha entronizado una forma de relaciones sociales donde se trabaja para consumir. Ahora bien, el consumo en el neoliberalismo implica amplios aspectos de la vida, ya que cualquier cosa puede ser un bien transable en el mercado. La educación, la salud por ejemplo son pensados en lógica de bienes de consumo. Por lo tanto, lo que se encuentra detrás de la noción del consumo, no es otra cosa, que la idea de la reproducción de la vida en la sociedad neoliberal.

Si se trabaja para vivir -o no morir-, entonces un proyecto de sociedad que quiera superar al antiguo régimen, debe desarrollar o estar en vías de desarrollar los elementos que logren sustituir de forma efectiva al orden dominante, vale decir concebir un proyecto contrahegemónico alternativo. Un sistema que se haga cargo de superar las relaciones de trabajo en el capitalismo avanzado.

En parte la propuesta de Nueva Constitución es una forma en desarrollo o en vías de aparición, que tiene la potencialidad de convertirse en una nueva forma de concebir las relaciones sociales, y, por cierto, una nueva manera de comprender las relaciones que se configuran dentro de la empresa entre la clase trabajadora y el empresariado. Quiero decir una nueva forma de imaginar el Estado, y de procesar la conflictividad que nace de las relaciones capital-trabajo.

En dicho sentido, la propuesta de constitución viene a garantizar varios elementos necesarios para la protección de los derechos fundamentales de las trabajadoras y los trabajadores: El derecho a la seguridad social, el derecho al trabajo y a su libre elección, el derecho a huelga, a la participación en los directorios de las empresas, entre otros. Estos derechos dan cuenta del marcado énfasis pro operario del proyecto constitucional.

Ahora, donde existe una importante innovación en materia de derechos fundamentales, es la consagración del “derecho al ocio, al descanso y a disfrutar el tiempo libre”. La propuesta de norma que se encuentra establecida en el Art. Es fundamental defender el derecho al ocio, como conquista social para el pueblo trabajador, para que de esta forma las personas tengan derecho al tiempo libre, al descanso de sus ocupaciones del trabajo, o como simple actividad de distracción.

Ahora concretamente para quienes creemos en la transformación radical de la sociedad, en la lucha por un nuevo mundo, defender el ocio es un imperativo insoslayable. Significa apropiarse de un arma poderosa para los intereses de la clase trabajadora. El tiempo libre, que constituye la idea detrás del ocio se entronca con la concepción de la libertad, pero una libertad en clave revolucionaria.

La defensa del ocio, por el contrario, se conecta con una libertad real y verdadera. La Real Academia Española (RAE) tiene cuatro definiciones para la palabra ocio, la primera de ellas establece que el ocio es “la cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad”. Señalé anteriormente que en la concepción neoliberal las personas tienen que dedicar su vida al trabajo, por ende, es “normal” el hecho de pasar ocho, nueve, o doce horas del día ocupadas exclusivamente en el trabajo. En la normalidad neoliberal se trabaja para vivir, al punto de destinar todo el tiempo posible al trabajo. Esa es la conducta de comportamiento esperada-deseable para los trabajadores y las trabajadoras en el modelo laboral del neoliberalismo.

Ahora, si el ocio es la cesación del trabajo, vale decir el periodo de tiempo que medía entre el fin de la jornada laboral y el inicio de la siguiente, el ocio es en consecuencia el tiempo donde no se trabaja, por ende, es un tiempo donde somos libres del trabajo. De hecho, la segunda acepción de la palabra ocio que contempla la RAE es precisamente “tiempo libre”.

Entonces, si el tiempo de ocio, es también tiempo libre, es dable decir que cuando trabajamos no somos libres. Marx en ese sentido, dirá que el obrero no es libre, que “el trabajo es algo externo al obrero, es decir, algo que no forma parte de su esencia”[3], por ende, el trabajador “se niega en su trabajo, no se siente bien, sino a disgusto, no desarrolla sus libres energías físicas y espirituales, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu”[4].

La idea del trabajar para vivir también fue utilizada por los fascistas, estos acuñaron la frase Arbeit macht frei, que significa “el trabajo os hará libres”. La inscribieron en todas las puertas de los campos de concentración y exterminio, como una especie de broma para los detenidos. Campos donde se les aplicaba un régimen de trabajo forzado a los prisioneros. Una broma irónica y cínica, ya que el trabajo en este contexto significa hambre, agotamiento, y muerte.

Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, en su biografía, explica muy bien las condiciones de trabajo: “Ésta habrá de ser nuestra vida. Cada día, según el ritmo establecido […] trabajar, dormir y comer; ponerse enfermo, curarse o morir”[7], y como estas condiciones deterioraron a los prisioneros, “entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse”[8].

En consecuencia, si el trabajo no es tiempo libre, entonces es el opuesto a ser libre, y de hecho el trabajo es su contrario, ya que es un tiempo de extenuación y fatiga donde deterioramos el cuerpo y agotamos nuestras energías físicas y mentales; por lo tanto, el trabajo jamás nos hará libres. Allí lo cínico de la broma de los fascistas.

En el capitalismo, el trabajo, también es un trabajo forzado. No por el hecho de estar detenidos en campos de concentración, sino por el hecho de que se trabaja para vivir, para satisfacer necesidades que implican la supervivencia. El obrero dirá Marx “no trabaja, por tanto, voluntariamente, sino a la fuerza, su trabajo es un trabajo forzado”[9]. Trabaja porque necesita comer y alimentar a su familia. Esta dispuesto a sacrificarse a tal punto que vende su actividad y en el transcurso va perdiendo sus fuerzas físicas e intelectuales, su vida y el producto mismo de su trabajo.

Esta idea se manifiesta en que “en el trabajo no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a otro”[10], que el tiempo en el trabajo, es una actividad dedicada a otro ajeno, y que la actividad donde se hace uso de la fuerza de trabajo, adquiere independencia propia. Que no le pertenece, a tal punto que la actividad es extraña al trabajador, y con razón, ya que el dueño de esa actividad es el capitalista que se la apropia como suya. A su vez el producto del trabajo también se constituye como algo extraño al trabajador, quien es su generador, su productor. El producto de su trabajo se le presenta, también, como algo ajeno, vale decir, que el producto del trabajo realizado por el trabajador se le enfrenta como una cosa extraña y hostil.

El trabajador en la sociedad capitalista “vende por dinero su trabajo”[11], vale decir, vende su fuerza de trabajo, como una especie de mercancía, y el “capitalista la compra con dinero”[12], que lleva el nombre de salario que, a su vez, también es un tipo de mercancía. “De este modo, la fuerza de trabajo sólo puede aparecer en el mercado como mercancía siempre y cuando sea ofrecida en venta o vendida […] por su propio poseedor”[13]. El trabajador en dicho contexto tiene que “ser propietario libre de su capacidad de trabajo”[14] para poder venderla.

Aquí expresada la gran conquista de la revolución de la burguesía: con la abolición del feudalismo y la servidumbre desaparece la vinculación del siervo con la tierra, las personas son libres del campo y su señor, ahora pueden viajar, migrar a la ciudad, trabajar en las nuevas industrias creadas por el burgués dueño del capital. De esta manera, la burguesía cambia una forma de dominación por otra. En el mundo capitalista el trabajador es un esclavo que vende su propia actividad vital por dinero, y que su vida cotidiana “pertenece a quien se la compra”[15].

Los liberales y cristianos se espantarán con esta afirmación, ¿Cómo puede ser esclavo, quien vende su fuerza de trabajo de forma libre y voluntaria? Ellos dirán que a diferencia del siervo ligado a la tierra y su señor de por vida, el proletario no se encuentra ligado por vínculo alguno de servidumbre. Es más, es libre para vender su propia actividad vital. Es libre para vender su fuerza a otros, o dejar de trabajar para un determinado patrón.

Lo cierto es que “el obrero, en cuanto quiera, puede dejar al capitalista a quien se ha alquilado, y el capitalista le despide cuando se le antoja, cuando ya no le saca provecho alguno o no le saca el provecho que había calculado. Pero el obrero, cuya única fuente de ingresos es la venta de su fuerza de trabajo, no puede desprenderse de toda la clase de los compradores, es decir, de la clase de los capitalistas, sin renunciar a su existencia. No pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista en conjunto, y es incumbencia suya encontrar un patrono, es decir, encontrar dentro de esta clase capitalista un comprador.”[16]

Como vemos en las palabras de Marx, el trabajador, no es, otra cosa, que el esclavo de la clase capitalista, ya que, para vivir, está obligado a vender su fuerza de trabajo. Su libertad es un mero espejismo. La ilusión es pensar que el trabajador es libre de elegir. Cuando lo único libre del trabajador, es la posibilidad de elegir a cuál capitalista vender su fuerza de trabajo, optar entre el capitalista A o el capitalista B, pero jamás será libre de vender su propia actividad vital. En ello no existe libertad.

Sí el trabajador decide no vender su fuerza de trabajo, implicaría necesariamente morir de hambre, “renunciar a su existencia”. Por lo tanto, el espejismo de la libertad del capitalista, es necesariamente hacer creer, que el trabajador es libre. Vale decir, crear la ilusión de libertad en el trabajador. Una libertad abstracta.

El trabajo en el capitalismo, en consecuencia, es esclavitud, “es la peor de las esclavitudes”[17], destruye al trabajador al punto de deteriorar su propio cuerpo. Pierde su personalidad e identidad en el proceso, y a su vez el trabajador es expropiado del producto de su trabajo. Mortificación, enajenación y expropiación constituyen las formas fundamentales de la división del trabajo, como también de la existencia de la propiedad privada. En el orden vigente, el trabajo asalariado es la otra cara de la propiedad privada. Ambas se encuentran conectadas y relacionadas. El trabajo asalariado existe por la propiedad privada, y a su vez la propiedad privada es consecuencia del trabajo asalariado.

En el lenguaje dominante se llamará al trabajo asalariado como trabajo libre y a la esclavitud como libertad. Marcuse dice que “el trabajo asalariado es un hecho, pero al mismo tiempo es la restricción del trabajo libre que podía satisfacer las necesidades humanas. La propiedad privada es un hecho, pero al mismo tiempo la negación de la apropiación colectiva de la naturaleza por el hombre”[18]. Por ende, una fuerza social que pretenda poner fin a esta forma de dominación, tiene que tener en su horizonte de transformación, la claridad de desatar esta restricción.

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