El tema de la epístola es la pecaminosidad universal de los hombres y la gracia universal de Dios, la cual proporciona un camino por el cual los pecadores pueden ser perdonados y también restaurados a la perfección y la santidad. Este "camino" es la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, que murió, resucitó y vive eternamente para reconciliarnos y restaurarnos.
El Trabajo en el Antiguo Testamento
En el momento de la creación, Dios no solo creó al hombre sino que también previó su ocupación. Nombró a Adán y Eva para vestir y para mantener el jardín del Edén. Por lo tanto, el trabajo de ellos antes de la caída fue el de un jardinero.
Tras la caída, ellos tuvieron que trabajar con sudor para obtener su pan, porque el suelo estaba maldito por causa de ellos mismos. Esto indica que después de la caída, la ocupación designada para el hombre es la de un agricultor. Dios sabe mejor que nadie que la agricultura es el mejor ejercicio para una humanidad caída.
En el capítulo 4 de Génesis, encontramos a Caín labrando la tierra, mientras que Abel, su hermano, era pastor de ovejas. Así, el pastoreo se agrega como otra ocupación además de la agricultura, y esto también es aceptable para Dios.
A medida que la población de la tierra comenzó a aumentar, surgieron todo tipo de artesanos: los herreros, los caldereros, los fabricantes de instrumentos musicales y los fabricantes de herramientas afiladas. Y en el tiempo de la construcción de la torre de Babel (ver Génesis 11), también había albañiles y carpinteros. Aunque la torre de Babel no debería haber sido construida, los hombres, sin embargo, aprendieron a construir durante aquel periodo.
Desde el capítulo 12 de Génesis, aprendemos que Dios escogió a Abraham. Y Abraham era ganadero: tenía muchos vacunos y ovejas. Su nieto Jacob siguió el mismo oficio de pastor.
Más tarde encontramos al pueblo de Israel haciendo ladrillos en Egipto para Faraón. Eran albañiles. Pero cuando salieron de Egipto, Dios les dio dos bendiciones: una era apacentar ovejas, y la otra era labrar la tierra de Canaán que fluía leche y miel. Que una rama con un racimo de uvas necesitara dos hombres para transportarla indica claramente el trabajo de hortelano.
Dios les advirtió que si ellos se rebelaban contra él y adoraban ídolos, él haría que el cielo fuese como de bronce y la tierra como hierro, de manera que la tierra no produjera frutos. Esta es una evidencia más de que sus principales labores en la tierra prometida de Canaán debían ser la agricultura y el pastoreo.
Ocupaciones en el Nuevo Testamento
De las parábolas dichas por el Señor Jesús encontramos que la agricultura y el pastoreo son de nuevo las principales labores: Mateo 13, la parábola del sembrador; Mateo 20, la parábola de la viña; Lucas 17, el siervo que sirve al amo a la mesa después de venir del arado o haber guardado las ovejas; y Juan 10, el Señor como el buen pastor que da su vida por las ovejas.
Cuando el Señor llamó a sus doce apóstoles, la mayoría de ellos eran pescadores. Si alguno de ellos era un recaudador de impuestos, el Señor le exigiría que abandonara su puesto. Sin embargo, a los pescadores que estaban entre ellos, él les dijo: «Os haré pescadores de hombres» (Mateo 4.19b). En consecuencia, la pesca era también una vocación aprobada por Dios.
Lucas era un médico (Col. 4.14a), y Pablo fue fabricante de tiendas (Hechos 18.3). Hacer tiendas de campaña es diferente de la pesca, ya que es un trabajo de manufactura. Mientras que la agricultura es un trabajo directo, el trabajo de hilar, tejer, cortar o hacer carpas supone un paso adicional en el proceso de trabajo y, por lo tanto, es un trabajo de fabricación.
Podemos decir que del Antiguo Testamento al Nuevo, Dios hizo su arreglo para las ocupaciones. Los discípulos del Señor eran agricultores o pastores o artesanos o pescadores o fabricantes. Podemos agregar una ocupación más, la de un obrero. Porque el Nuevo Testamento contiene esta palabra: «El obrero es digno de su salario» (1 Tim. 5.18b). Un obrero es aquel que trabaja con sus manos en mano de obra no calificada o manual. Este tipo de empleo también es ratificado en la Biblia.
El Principio que Rige las Ocupaciones
Revisando las Escrituras, encontramos que Dios ha ordenado para los hombres diversos tipos de trabajos. Detrás de estas ocupaciones, hay un principio básico: los hombres deberían beneficiarse de la naturaleza al ganar su salario invirtiendo su tiempo y su esfuerzo. Aparte de este principio que opera en cualquier ocupación dada, la Biblia no parece aprobar ningún otro tipo de empleo. Analicemos varias facetas de este principio, de la siguiente manera:
Obtener los Recursos de la Naturaleza para Aumentar la Riqueza
Quizás podamos explicarlo mejor de esta manera: un sembrador siembra su semilla, y luego obtiene un rendimiento de treinta, sesenta o ciento por uno. Tal multiplicación proviene del suministro de la naturaleza, que es abundante y está abierto para todos. Porque Dios hace que el sol brille sobre los injustos, así como sobre los justos. Él también hace caer la lluvia sobre ambos.
Esta es la ventaja de la agricultura. Dado que es Dios quien da el aumento, esto muestra que el propósito de Dios es que los hombres tomen la gracia de la naturaleza.
La misma regla se aplica a la ganadería. A medida que uno atiende al rebaño, se beneficia con muchas crías, así como con lana y leche. Este es el aumento de producción obtenido de la naturaleza.
En el Nuevo Testamento, observamos la pesca como una ocupación. Pescar en el mar todavía es extraer recursos de la naturaleza. Nadie se volverá más pobre porque yo pesco en el mar. Puede que yo me enriquezca con la pesca, pero nadie se empobrecerá por mi causa. Mi oveja puede dar a luz a seis corderos y mi vaca puede tener dos terneros, pero nadie se empobrecerá por mi causa.
O yo puedo ser agricultor y obtener un rendimiento del ciento por uno. Sin duda, eso no causará que ninguna persona o familia sufra hambre o pérdida debido al buen rendimiento de mi tierra. Por lo tanto, el principio básico para las ocupaciones humanas es: yo gano, pero nadie perderá. Las ocupaciones más nobles diseñadas por Dios entran bajo esta regla.
La Manufactura - El Aumento del Valor
La fabricación de carpas de Pablo está bajo el mismo principio, aunque no sin alguna variación. Él no obtiene ganancias yendo directamente a la naturaleza como en la pesca, el pastoreo o la agricultura; más bien, pone su esfuerzo y su tiempo en un tipo de trabajo de fabricación. Podemos ver ese trabajo como aquel que aumenta el valor.
Por ejemplo: una pieza de tela puede valer un dólar. Si lo corté, lo cosí y lo convertí en una tienda de campaña, puede venderse, digamos, por dos dólares. Pero esto significa que yo aumenté su valor y obtuve mi salario.
Nadie se volverá más pobre como resultado de mi ganancia justa. Yo simplemente aumenté el valor de esta pieza de tela añadiéndole mi trabajo. Por lo tanto, es apropiado para mí ganar mi salario de esta manera. Tal empleo puede ser llamado una ocupación que aumenta el valor.
El Salario de un Trabajador
En el caso de un empleado que trabaja para otro, o en el caso de un albañil o un médico, tal persona simplemente está ganando el salario derivado de su propio trabajo. Aunque no obtiene provecho de la naturaleza ni aumenta su valor a través de la manufactura o fabricación, no obstante ha dedicado gran parte de su tiempo y ha ejercido mucho esfuerzo, que él tiene legítimo derecho a recibir una cantidad en salario acorde con su esfuerzo y tiempo. Dios permite que un trabajador tenga su parte de salario.
Desde el punto de vista de la palabra de Dios, el comercio es la forma más baja de todos los empleos. Si se nos da la oportunidad de elegir nuestra ocupación, podemos elegir aquello que aumentará la riqueza o el valor en lugar de aquello que solo multiplica nuestro dinero. Es una actitud muy egoísta si elegimos esto último.
La Dignidad del Trabajo Humano
Hacer comprender la dignidad del trabajo humano es tarea fundamental de la educación social. La palabra “trabajo” debería sugerirnos a todos no solo un medio para ganar la vida, sino una colaboración social.
La dignidad del hombre es atacada cada vez que un hombre, sin que sea responsable, es reducido a cesación del trabajo. Por el trabajo el hombre da lo mejor que tiene: su actividad personal, algo suyo, lo más suyo; no su dinero, sus bienes, sino su esfuerzo, su vida misma. Con razón los trabajadores se ofenden ante la benévola condescendencia de quienes consideran su tarea como algo sin valor.
Otros hay que ofenden al obrero haciéndole sentir que él vive porque la sociedad bondadosamente le procura empleo. Más cierto sería decir que la sociedad vive por el trabajo de sus ciudadanos: sin trabajo no habría riqueza ni sociedad.
La sociedad debería vivir en un acto continuo de acción de gracias a todos los que laboran su grandeza espiritual, intelectual, manual y consiguientemente de respeto a todo trabajador, de gratitud por sus esfuerzos que no se pagan con dinero. Siempre el que recibe el esfuerzo de un hombre recibe más que lo que le da al entregarle en cambio billetes de banco o monedas, aunque fuesen de oro legítimo.
Nada más desalentador que un esfuerzo cuya finalidad no aparece… Cuando el obrero, en cambio, descubre que su trabajo tiene valor para la comunidad, que es una contribución fraternal en bien de todos, su espíritu se ilumina con nueva luz, y sus músculos cobran nuevas energías.
Estos grupos de luchadores obreros han logrado comprender que no puede haber escisión entre su vida religiosa y su vida profesional. El trabajo no es una tarea que han de soportar durante algunas penosas horas del día, las menos posibles, para escapar luego a su vida espiritual y cultural. No; el trabajo es para ellos su grandeza, su vida.
El Trabajo como Esfuerzo Personal y Fraternal
El trabajo es un esfuerzo personal pues por él que el hombre da lo mejor que tiene: su propia actividad, que vale más que su dinero. El trabajo es un esfuerzo fraternal, es la mejor manera de probar el amor por los hermanos, responde a las exigencias de la justicia social y de la caridad.
El trabajo es santificador en sus resultados, pues, por el trabajo el hombre colabora al, plan de Dios, humaniza la tierra, la penetra de pensamiento, de amor, la espiritualiza y diviniza. Por el trabajo el hombre contribuye al bien común temporal y espiritual de las familias, de la nación, de la humanidad entera.
Responsabilidad y Conciencia Profesional
El sentido de responsabilidad y conciencia profesional elevarán al trabajador y lo harán digno de mayor respeto. La conciencia profesional excluye el trabajo hecho con negligencia, las ausencias injustificables, las falsas enfermedades y falsos accidentes, el trabajo lento, el honorario abusivo, el fraude de materiales, etc.
Consideraciones Específicas
El trabajo de la mujer: No puede erigirse en principio que una mujer no puede trabajar como obrera. El salario que se debe a una mujer por un trabajo debe ser igual al que se pagaría a un hombre por igual tarea: “a trabajo igual, salario igual”. Todos los principios establecidos al determinar el salario mínimo valen también para la mujer, y deberían ser los obreros los primeros en protestar por esta competencia inhumana que se les hace ocupando mujeres que son pagadas en forma miserable. No podemos, pues, en nuestros días repetir simplemente el slogan: la mujer en el hogar. Muchas necesitan trabajar, y muchas desean porque desean cubrir sus propias necesidades, ayudar a sus familias o bien por el ambiente de acción social apostólica, cívica que desearían realizar.
El trabajo de los menores: Al comienzo del maquinismo el trabajo de los niños fue una de las lacras más vergonzosas del régimen. Niños aun menores de doce años sometidos a trabajos pesados y a prolongadas faenas agotaban su salud y comprometían definitivamente su porvenir. Las legislaciones de muchos países han reglamentado el trabajo de los menores para prevenir estos inconvenientes. Sin embargo todavía, debido a la escasez de los salarios, los padres se ven obligados a servirse del trabajo de sus hijos, lo que debe ser combatido poniendo ante todo remedio a la causa del mal. Todo niño debe recibir su educación primaria completa, y luego debería seguirse una educación preprofesional, que completara los estudios generales y preparara técnicamente al niño para una profesión. Sin ella no alcanzará nunca un nivel de vida verdaderamente humano.
La mejor manera de levantar a un pueblo reside en la educación apropiada de los menores. Si la empresa no llega a pagar el salario vital familiar, tienen derecho los obreros a pedir que el empresario capitalista sacrifique previamente los intereses del capital y los beneficios de empresario.
El Amor y la Misericordia en el Contexto Laboral
No es ninguna novedad que el amor se encuentra en el centro de la experiencia cristiana. Es la palabra más apropiada del lenguaje humano para describir a Dios. “Dios es amor”, dice el evangelista Juan, lo repite san Pablo, y el mandamiento nuevo de Jesús de Nazaret es “ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. Entre todas las manifestaciones del amor, la misericordia tiene un lugar de privilegio.
Santa Faustina se refiere a ella como “el atributo más grande de Dios”. También es descrita por el Papa Francisco como “el acto definitivo y supremo” de Dios y como “la vía que une a Dios y el hombre”. Ya en el Antiguo Testamento Dios se revelaba a Moisés como “clemente y misericordioso”, expresión muchas veces repetida, especialmente en los salmos.
Toda esta descripción del don presenta un desafío considerable al cristianismo, que enseña a dar sin esperar recompensa, es decir, generosamente, y hace de esa instrucción un imperativo central de su ética. ¿Son acaso imposibles los dones generosos?
El samaritano misericordioso se detiene, atiende las heridas de un desconocido, lo lleva a la posada y paga por él, prometiendo al hospedero encargarse de cualquier gasto adicional en que su protegido incurra. Esta parábola tensiona la lógica de la reciprocidad en un doble sentido. Primero, porque el depositario del don es un pobre, alguien que ha sido despojado de todo y de quien no puede esperarse que vaya a retribuir recíprocamente jamás. Segundo, porque además de pobre, es un extranjero (de Judea, no de Samaria), uno de quien el samaritano no puede presumir que haya recibido nunca nada, ni tan siquiera que sus antepasados lo hayan hecho de los suyos.
La sola idea de un gozo completo y eterno hace temblar el concepto de reciprocidad y desnuda la pequeñez de los actos humanos, aun los más generosos. La expresión “yo te retribuiré cien veces más” no pasa de ser una metáfora, porque allí donde el premio es infinito todo mérito deviene trivial.
El don de la misericordia debe entenderse como un exceso, injustificable desde un horizonte mundano, y respecto del cual la iniciativa corre de parte de Dios. Parafraseando a Francisco, podemos decir que Dios “primerea” ―se anticipa, toma la iniciativa― en el exceso y que la forma primera de la misericordia es llevada a cabo por Dios mismo.
Conmovido ante la fragilidad humana, ofrece dones de tal magnitud que ni siquiera pueden ser gozados plenamente. Varios episodios de la vida de Jesús ilustran esta intuición.
El culmen de los excesos de la misericordia es la Pasión y muerte en Cruz. San Alfonso María de Ligorio predicaba que una sola gota de sangre de Cristo o una súplica al Padre bastaban para redimirnos, retomando así una enseñanza presente en varios lugares, incluyendo el himno medieval Adoro te devote, atribuido a santo Tomás de Aquino. Pero quiso Dios hacerlo de otro modo, dice san Alfonso, porque “lo que bastaba para redimirnos, no bastaba para manifestarnos el amor extraordinario que nos tenía”.
San Alfonso indica que el hecho de que brotara también agua de la herida de la lanza es un signo de que Cristo derramó hasta la última gota de su sangre, como anunció que haría. Este es, teológicamente hablando, el exceso definitivo de la misericordia divina: el desmesurado precio que pagó Jesús por nuestra liberación, “pues, para demostrarnos lo mucho que nos amaba, [quiso] no solo derramar parte de su sangre preciosa, sino toda ella entre tormentos inauditos”.
El derroche de misericordia de esta escena es exagerado hasta el límite de lo desagradable a los sentidos. Ni siquiera es proporcionado según el modo en que los clásicos entendían la belleza. Jesús, en cambio, muere destrozado, disfrazado a la fuerza como rey satírico, bañado de sangre y con las heridas expuestas.
En efecto, podríamos decir, no son panes lo que está sobrando en ese episodio. Cuando Dios se conmueve por el hambre de sus seguidores ―“Me da pena esta multitud” ―, su misericordia sobreabunda inconmensurablemente por sobre la necesidad de ellos. El signo visible en aquel episodio es el pan.
Tras toda la noche intentándolo, los pescadores, entre ellos Simón Pedro, no habían pescado nada. No es un cataclismo, pero es el drama profundamente humano del trabajo infértil y la pobreza. Jesús se conmueve y los ayuda sin que nadie se lo pida, lo que tiene sentido: ¿qué iban a pedirle? Pero Jesús “primerea” y se hace cargo. Los insta a arrojar las redes de nuevo y llegan a pescar tantos peces que no caben en la barca de Simón. Incluso trayendo la nave de otro de los pescadores, “llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían”. Es tal la magnitud de la pesca y el prodigio, que el evangelista no nos dice que los pescadores hayan reaccionado con alegría, sino con temor.
Desde luego, cabe pensar aquí lo mismo que en el caso de las doce canastas: así como allí no se trataba del pan, acá tampoco se trata de los peces. Tampoco se trataba del vino en las bodas de Caná, pero en el exceso de su amor, no fue un vino ordinario el que ofreció Jesús, sino «el mejor vino», reservado para el final.
Atributos de Dios
Todos, en algún momento, hemos tenido la curiosidad de saber cómo es Dios.
Pero nada más alejado de lo que nos cuenta la Biblia, la cual nos indica que ningún hombre lo ha visto (1 Timoteo 6:16) y nos entrega 8 atributos para ayudarnos a comprender la naturaleza de nuestro Padre celestial.
- Dios es espíritu
Un espíritu es un ser que realmente existe pero que no tiene un cuerpo físico. Por lo tanto, Dios es invisible.
Cuando la Biblia se refiere a los ojos, oídos, etc. de Dios, está expresándose en términos humanos para comunicarnos que Dios nos ve, nos oye, etc.
- Es eterno
Dios es inmortal, eterno, sin fin.
Nosotros los humanos, con nuestro limitado tiempo de vida sobre la tierra, no podemos desentrañar la eternidad de Dios. Sin embargo, Dios nos ama y quiere compartir su vida eterna con nosotros.
- Invariable y fiel
Dios es el mismo por siempre. ¡Qué reconfortante es este hecho para los que vivimos en un mundo de constantes cambios!
Dios cumple su palabra. Él no es como muchos hoy en día que prometen una cosa y hacen otra. Cuando Dios nos promete algo en la Biblia, sabemos que podemos tener plena confianza en su palabra.
- Dios es todopoderoso
Dios es todopoderoso y omnipotente. No hay nada que no pueda hacer.
Toda la naturaleza demuestra su poder. Él lleva a cabo sus advertencias. Él cumple sus promesas.
- Omnipresente y omnisciente: está en todas partes y lo sabe todo
Dios está en todas partes (omnipresente) y lo sabe todo (omnisciente).
Si uno no es su amigo, estas características de Dios resultan atemorizantes, porque Él ve todo lo que hacemos y no podemos esconder nuestro pecado de Él.
Aquellos que conocen el perdón de Dios se sienten confortados sabiendo que su Dios ve todas sus necesidades y está al lado de ellos en todas las aflicciones de la vida.
- Es correcto y santo
Dios es santo, perfecto y puro. Él se opone a todo el mal y el pecado de la humanidad.
En el último día de la historia de la tierra, Él juzgará a la gente con justicia.
- Misericordioso: ama y perdona a los que merecen castigo
Dios es misericordioso, bondadoso y clemente.
A pesar de todos los pecados del hombre, Dios es paciente y ofrece perdón a todos los que lo piden, confiando sólo en Jesucristo para borrar la mancha de su pecado.
Dios es amor. Él nos amó tanto que entregó a su único Hijo para salvarnos. ¿Te das cuenta de cuánto te ama Dios?
- Dios es personal
Dios hace planes. Esto demuestra que piensa.
Dios habla. Esto demuestra que se comunica.
Dios ama. Esto demuestra que siente.
Pensar, sentir y comunicarse son signos de que Dios tiene personalidad. Él es un Dios personal.
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