Este artículo aborda el problema del intervencionismo del emperador Constantino en asuntos eclesiales y se propone reconsiderar las medidas que el emperador toma respecto del cristianismo. El paper presenta un alcance más amplio de las fuentes: por un lado re-examina las cristianas, pero sobre todo añade otras que, aunque están temporalmente más alejadas de Constantino, entregan una aproximación más completa del papel que juega el emperador romano como cabeza del Imperio y las funciones específicas que debía cumplir como pontifex maximus.

La visión de Constantino de poner un signo cristiano en los estandartes de su ejército para ganar la batalla del puente Milvio contra su enemigo Majencio en nombre de Cristo, ha sido interpretada tradicionalmente como uno de los acontecimientos que marcaron el inicio de un nuevo periodo en la historia: el momento en que el Imperio romano se hizo cristiano. Hoy en día podría existir la tendencia a ver el curso de esos acontecimientos como algo natural, de evolución forzosa o incluso necesaria: de la Roma republicana se pasa a la Roma imperial y de esta a la Roma cristiana; una especia de avance del progreso indefinido.

Uno de los objetivos de este trabajo es, entonces, justamente mostrar, desde el punto de vista histórico contextual, cómo Constantino a la vez que innovador -y se ha dicho que hasta revolucionario- se inserta dentro una fuerte tradición imperial en la cual el emperador es juez y benefactor con la misión principal de responder a los requerimientos de sus súbditos.

I. La Figura de Constantino: Un Enigma Histórico

Pocas figuras históricas presentan hoy en día tantas interrogantes como Constantino. La creciente bibliografía que producen los académicos hace que la llamada cuestión constantiniana sea todavía un tema calurosamente debatido en distintas partes del mundo. La famosa cuestión se pregunta en primer lugar sobre la sinceridad de la conversión de Constantino, existiendo la postura que ve este cambio de religión en el emperador -de pagano a cristiano- como una estrategia política para lograr unos objetivos políticos determinados.

Sin embargo, todavía hoy, después de siglos de estudio, existen muchos elementos de la vida de Constantino que siguen siendo un enigma. Constantino era hijo de Flavio Constancio, un oficial del ejército romano de quien recibió una educación formidable, aficionado a la literatura latina, conocedor de la lengua griega y la filosofía. Su madre, Elena, de menor posición social que Constancio, era originaria de Bitinia.

Hay problemas que siguen sin resolver y que han permanecido como paradojas, por ejemplo: desde la perspectiva de la tetrarquía inaugurada por Diocleciano, y de algunos historiadores contemporáneos también, Constantino llega al poder como usurpador; tampoco se encuentran razones suficientes para que Constantino ordene las brutales muertes de su familia: la ejecución de su hijo Crispo y el mandato de deshacerse cruelmente de su esposa Fausta en el año 326 d.C.

Fuentes Históricas sobre Constantino

Un lugar destacadísimo dentro de estos documentos lo ocupan, ciertamente, las cartas del propio emperador Constantino, que suman alrededor de cuarenta. El escrito más importante para conocer la vida de Constantino es la Vita Constantini (VC) de Eusebio de Cesarea, escrita alrededor del 335 y 339 d.C. que conserva varias cartas del emperador y ha sido catalogada como una combinación de elogio fúnebre y hagiografía.

La vida de Constantino también fue narrada por fuentes paganas, como por ejemplo la anónima, Origo Constantini, que se concentra sobre todo en acontecimientos políticos y militares, sin contar para nada los culturales o religiosos. La Historia Nova del pagano Zósimo muestra a un Constantino cruel y condena fuertemente el rechazo del emperador a los dioses tradicionales del politeísmo romano.

Para poder acceder a una visión más completa sobre la compleja realidad de la persona de Constantino y su Imperio tenemos que ampliar, en primer lugar, el espectro de las fuentes: las no literarias también nos entregan valiosísima información. Por otra parte, debemos también ampliar el arco de tiempo, incluyendo fuentes no solo contemporáneas al emperador, sino anteriores y posteriores a él. Sobre todo, las anteriores que detallan las funciones de gobierno que debía cumplir el emperador y que nos entregan una visión más panorámica de las múltiples tareas que se esperaban de él, y que no consistían simplemente en otorgar privilegios a los cristianos como podría parecer siguiendo la narración de Eusebio.

La interpretación que proponemos aquí es que teniendo en cuenta un arco temporal más amplio para las fuentes y considerando con mayor detenimiento el contexto histórico y también las instituciones político-religiosas de las que el emperador es cabeza, se puede ver que la presentación de un Constantino que se ‘entromete’ en asuntos religiosos o incluso la misma distinción entre motivaciones políticas o religiosas en el emperador no ilustran la complejidad del panorama. Después de su agitado ascenso al trono -que primero obtiene de forma compartida y luego como emperador único- el proyecto de Constantino apuntaba, sobre todo, en lograr la completa unidad del Imperio Romano, a la vez que consolidar y fortalecer sus funciones de emperador acabando por completo con el proyecto de la tetrarquía de Diocleciano.

II. Antecedentes y Funciones del Emperador

Para poder llegar a entender mejor la complejidad de lo que en terminología contemporánea llamamos ‘relaciones Iglesia-Estado’, es necesario abordar, aunque sea brevemente, algunos antecedentes. Estos son de dos tipos: el primer tipo se da en el plano fáctico y el segundo en el plano institucional.

  1. El 28 de octubre del año 312 se desarrolla la batalla del puente Milvio, a las puertas de Roma, en la que Majencio, rival de Constantino, y gran parte de su tropa terminan ahogados en el fondo del río Tíber. Este acontecimiento es narrado tanto por cristianos, por ejemplo Lactancio en De Mortibus Persecutorum y Eusebio de Cesarea en la Vita Constantini, como paganos en los Panegíricos Latinos.
  2. La mayoría de los estudiosos dice que no habría sido un edicto propiamente tal, ni habría sido firmado en Milán, pues no hay ninguna evidencia de que hubiera salido un escrito desde Milán que hablara específicamente de religión. Lo que hoy se conserva es la copia de una carta que escribe Licinio al gobernador de Bitinia fechada en Nicomedia en junio del 313 (luego extendida a Siria y Egipto) donde dice que, después de reunirse con Constantino en Milán, han decidido permitir a los cristianos dar culto a su Dios libremente y también que recobren las posesiones confiscadas durante la persecución de Diocleciano.

El Rol Multifacético del Emperador

En 1977 Fergus Millar en su monumental obra The Emperor in the Roman World, escribió una polémica afirmación: “el emperador es lo que el emperador hace”. Y es que la cantidad de funciones que ejercía el primer hombre de Roma era verdaderamente abrumadora. Existe una visión, seguramente deformada y fomentada por algunas películas de Hollywood, de pensar que los emperadores se pasaban el día en banquetes y fiestas.

El emperador basaba su poder -y derivaba su nombre- principalmente en el título de Imperator del ejército que lo hacía comandante en jefe de las tropas y responsable de la política exterior. Si bien es cierto que hubo algunos emperadores que no participaron presencialmente en guerras, la mayoría de ellos sí fueron generales de sus tropas y las fuentes literarias lo corroboran hasta el cansancio.

Una función del emperador firmemente arraigada en el pueblo era prestar oídos a sus súbditos y esto ocurría casi sin interrupción. Las fuentes narran numerosos ejemplos de personas comunes y corrientes que se acercaban al emperador con todo tipo de solicitudes y rogativas, tanto en su residencia imperial como de camino de un lugar a otro. Al emperador llegaban también casos de indulto de condenados a la pena capital, de manumisión de esclavos, de exención tributaria, y un largo etcétera.

No se debe olvidar que el emperador era, además, la última instancia en la justicia y cualquier ciudadano romano podía apelar al juicio definitivo del César para revisar su sentencia previa. Esto no estaba reservado solo para casos extraordinarios o de alguna relevancia especial, sino que estaba al alcance de todo ciudadano, como bien lo atestigua el caso de Pablo de Tarso en la década de los 60 d.C. La justicia se realizaba principalmente en el foro, sobre todo para que el pueblo participara y el emperador pudiera ganar popularidad y evitar rumores. Pero también se realizaba fuera de Roma, durante las campañas militares, o de camino: el emperador continuaba impartiendo sentencias o recibiendo embajadas sentado en tribunales improvisados al aire libre.

Los emperadores poseían además la tribunicia potestad que les otorgaba las prerrogativas que tenía el tribuno de la plebe desde inicios de la República en el siglo V a.C.: podían vetar leyes propuestas por el Senado y aprobar otras de su propia iniciativa; y además su persona era inviolable y sacrosanta. Seguía siendo tradición que el emperador tuviera, además, el cargo de cónsul de vez en cuando y que cuando estuviera en Roma, presidiera las sesiones del Senado y atendiera los sacrificios rituales.

El emperador también presidía el colegio de pontífices bajo el título específico de Pontifex...

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