El presidente de Estados Unidos se encuentra en una situación comprometida. Entre los votantes demócratas, el desaliento es palpable debido a la imposibilidad de materializar el distanciamiento radical de su predecesor que prometió en política social. Los republicanos, respaldados por jueces conservadores, han bloqueado el anhelado cambio en las disposiciones migratorias.

La Corte Suprema de Justicia plantea una amenaza adicional al considerar la penalización del aborto, un golpe que, aunque no sería directamente atribuible al presidente, tendría un impacto devastador en la moral de quienes lo llevaron al poder.

La incursión militar de Rusia en Ucrania tomó por sorpresa a Biden, quien se había preparado para una etapa de relaciones tensas con Pekín, no con Moscú. Ante esta situación, las acciones de Biden han sido consideradas insuficientes por algunos, mientras que otros creen que ha ido demasiado lejos al comprometer 40 mil millones de dólares en armamento y otros apoyos al país invadido, sumados a los 14 mil millones ya otorgados. Esta suma representa casi el 7 por ciento del presupuesto anual de defensa, equivalente al costo de unos 500 aviones de combate F-35 de última generación. Este dinero solo puede provenir de dos fuentes: deuda adicional o recortes al gasto.

Aunque la mayoría de los estadounidenses se sienten exasperados e indignados por las acciones de Putin en Ucrania, esto no es suficiente para brindarle a Biden un apoyo similar al que recibió George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre. A pesar de su atrocidad y la propaganda anti-rusa, Mariupol no es Manhattan ni representa una ofensa directa a la superpotencia.

El Partido Demócrata muestra un progresismo superficial en un intento por evitar una derrota (o al menos una derrota muy severa) en las elecciones legislativas de noviembre y, por supuesto, para impedir el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2024, incluso sin fraude ni chantajes golpistas. Esto podría ocurrir si el actual mandatario no logra mantener cohesionada a la coalición que le dio el triunfo en 2020. No hay garantía de que lo consiga.

Para salir de esta situación, Biden necesita dar un golpe de timón, introducir un cambio fundamental de orientación en su gobierno y distinguirse no solo de su más reciente antecesor, sino de todos los que le precedieron en la Casa Blanca. El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, le ha propuesto una salida valiosa: emprender un viraje histórico en la relación de Estados Unidos con América Latina y el Caribe, asumiendo que el establecimiento de nuevos vínculos hemisféricos puede ser el punto de apoyo que Washington necesita desesperadamente para superar su declive mundial en todos los órdenes, comenzando por el económico.

La idea de formar una comunidad económica continental no es nueva. En 1994, en Miami, Bill Clinton abogó por un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), y Bush la retomó. Sin embargo, la idea fracasó por tres razones principales: la insistencia de Washington en ignorar la necesidad de contrarrestar las asimetrías económicas, imponer lógicas neoliberales inadmisibles, reservarse privilegios como la preservación de sus subsidios al campo y excluir a Cuba de la propuesta. En contraposición a ese proyecto, Hugo Chávez convocó a la creación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), y en la reunión de noviembre de 2005 en Mar del Plata, Néstor Kirchner y Lula le dieron el golpe final al ALCA. Los tiempos habían cambiado.

Desde entonces, Estados Unidos ha sido desplazado por China como principal fuente de inversiones y obras de infraestructura en la mayoría de los países del sur. En noviembre de 2016, mientras Donald Trump amenazaba con construir su muro y llevar de regreso a territorio estadounidense las fábricas de México y otros países de la región, Xi Jinping emprendía una gira por Sudamérica y cosechaba acuerdos de libre comercio.

Para Washington, voltear al sur es más necesario y urgente que nunca, pero si quiere beneficiarse de un acuerdo económico regional, debe imprimir un cambio radical en sus usos y costumbres imperiales y resignarse a trabajar y construir entre iguales, sin exclusiones ni pretensiones extraterritoriales. Para lograrlo, Biden enfrenta la enorme dificultad de romper lanzas con los sectores más reaccionarios del espectro político estadounidense, con el poderoso lobby cubano e incluso prescindir del apoyo de los demócratas más antediluvianos. Lograría, en cambio, un rápido crecimiento de su base de apoyo entre las corrientes progresistas desencantadas que apoyaron su candidatura menos por confianza en él que por miedo a Trump.

Mientras tanto, las protestas en ciudades como Miami y Hollywood, en el estado de Florida, se registraron concentraciones multitudinarias, según reportó el diario Miami Herald. Todd Katzman, residente de Fort Lauderdale, explicó su participación en la marcha expresando su preocupación por la exclusión sistemática que enfrentan comunidades LGBTQ, inmigrantes y otros sectores vulnerables bajo la actual administración.

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