Desde su formación, pero particularmente desde fines del siglo XX, la clase obrera global ha enfrentado un desafío tremendo: cómo superar todas sus divisiones para aparecer adecuadamente en forma para combatir y derribar al capitalismo. Después de que las luchas globales de la clase trabajadora fracasaran en superar este desafío, la propia clase trabajadora se convirtió en objeto de un amplio número de condenas teóricas y prácticas.

Con mayor frecuencia, estas condenas toman la forma de declaraciones o predicciones sobre la caída de la clase obrera, o simplemente argumentan que esta clase ya no es un agente válido de cambio. Otras/os candidatas -las mujeres, las minorías raciales o étnicas, los nuevos movimientos sociales, un “pueblo” amorfo pero insurgente, la comunidad, por nombrar sólo unos pocos- son levantadas como posibles alternativas a esta categoría presumida como moribunda/reformista, o masculinista y economicista, la clase trabajadora.

Lo que muchas de estas condenas tienen en común es una incomprensión compartida sobre qué es realmente la clase trabajadora. En lugar de la compleja comprensión de la clase propuesta históricamente por la teoría marxista, que revela una visión del poder insurgente de la clase trabajadora capaz de trascender las categorías seccionales, las/os críticos de hoy se basan en una visión altamente estrecha de una “clase obrera” en la cual una trabajadora es simplemente una persona que tiene un tipo específico de trabajo.

En este ensayo voy a refutar esta espuria concepción de la clase reactivando intuiciones marxistas fundamentales acerca de la formación de la clase que han sido oscurecidas por cuatro décadas de neoliberalismo y por las múltiples derrotas de la clase trabajadora global. La clave para desarrollar una comprensión suficientemente dinámica de la clase trabajadora, voy a sostener, es el marco de la reproducción social.

Cuando pensamos acerca de la clase obrera es esencial reconocer que los trabajadores tienen una existencia más allá del lugar de trabajo. El desafío teórico reside por lo tanto en comprender las relaciones entre esta existencia y la de sus vidas productivas bajo la dominación directa del capitalista. La relación entre estas esferas va, a su turno, a ayudarnos a considerar las direcciones estratégicas para la lucha de clases.

Pero, antes de que lleguemos allí, tenemos que empezar desde el comienzo, esto es, desde la crítica de la economía política de Karl Marx, en cuanto las raíces de la concepción de la clase trabajadora que encontramos hoy surgen en parte de una comprensión igualmente limitada de la economía misma.

La Economía y la División Social del Trabajo

Las afirmaciones según las que el marxismo es reduccionista o economicista sólo tienen sentido si uno lee la economía como fuerzas de mercado neutrales que determinan el destino de los humanos por azar; o en el sentido de un burócrata sindical cuya comprensión del trabajador es restringido a quien gana un salario. Comencemos por lidiar con las razones por las que esta mirada restrictiva de lo económico es algo que Marx critica a menudo.

La contribución de Marx a la teoría social no fue simplemente señalar la base materialista histórica de la vida social, sino también proponer que, para alcanzar esta base materialista, la investigación materialista histórica debe comenzar por no comprender la realidad como aparece.

La economía, como se aparece ante nosotros, es la esfera donde hacemos un honesto día de trabajo y se nos paga por ello. Algunos salarios pueden ser bajos, otros altos. Pero el principio que estructura esta economía es que el capitalista y el trabajador son seres iguales que participan en una transacción igual: el trabajo del empleado a cambio de un salario de parte del jefe.

De acuerdo con Marx, sin embargo, esta esfera es “de hecho un verdadero Edén de los derechos innatos del hombre. Allí sólo rigen la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham”. Con este golpe Marx sacude nuestra fe en los pilares fundamentales de la sociedad moderna: nuestros derechos jurídicos. Marx no está sugiriendo que los derechos jurídicos que ostentamos como sujetos iguales son inexistentes o ficticios, sino que estos derechos están anclados en las relaciones de mercado.

Las transacciones entre trabajadoras/os y capitalistas asumen la forma -en la medida en que son consideradas puramente desde el punto de vista del intercambio de mercado- de un intercambio entre seres legalmente iguales. Marx no está diciendo que no hay derechos jurídicos, sino que éstos son la máscara de la realidad de la explotación.

Si lo que entendemos comúnmente como la economía es entonces mera superficie, ¿cuál es el secreto que el capital ha logrado esconder de nosotros? Que su fuerza motriz es el trabajo humano.

En cuanto, siguiendo a Marx, restituimos al trabajo como fuente del valor bajo el capitalismo y como la expresión de la vida social de la humanidad, restituimos al proceso económico, su componente enmarañado, sensible, generalizado, racializado y revoltoso: los seres humanos que son capaces de seguir órdenes, tanto como de no hacer caso a ellas.

Lo económico como una relación social

Concentrarse en la economía de superficie (de mercado) como si fuera la única realidad es oscurecer dos procesos relacionados:

  1. La separación entre lo político y lo económico que es única del capitalismo.
  2. El proceso efectivo de dominación/expropiación que ocurre más allá de la esfera del intercambio igual.

El primer proceso asegura que los actos de apropiación de parte del capitalista aparecen completamente cubiertos con atuendos económicos, inseparables del proceso de producción mismo. Como explica Ellen Meiksins Wood: “Donde los productores previos [precapitalistas, T. B.] pudieron haberse percibido a sí mismas como luchando para conservar lo que les pertenecía por derecho, la estructura del capitalismo alienta que las trabajadoras y trabajadores se perciban a sí mismas como luchando para obtener una porción de lo que pertenece al capital, un ‘salario digno’, a cambio de su trabajo”. Desde que este proceso hace invisible el acto de explotación, el trabajador es atrapado en esta esfera de igualdad jurídica, negociando más que cuestionando la forma-salario.

Sin embargo, es el segundo proceso invisible el que forma el pivot de la vida social. Aparece cuando abandonamos la esfera benthamiana de la igualdad jurídica y nos dirigimos a lo que Marx llamó “la morada oculta de la producción”:

Quien antes era el poseedor de dinero, ahora se adelanta a trancos como capitalista; el poseedor de fuerza de trabajo lo sigue como su trabajador. El primero con aire de importancia, sonriendo satisfecho, con la intención puesta en los negocios; el otro, tímido y contenido, como quien está llevando su propio pellejo al mercado y no tiene nada que esperar, sino que se lo curtan.

Marx enfatiza aquí lo opuesto al economicismo o al libre comercio vulgar como él lo llama. Está invitándonos a ver lo económico como una relación social: una que implica dominación y coerción incluso si las formas jurídicas y las instituciones políticas buscan oscurecerlo.

Detengámonos a repasar las tres afirmaciones fundamentales hechas hasta ahora sobre la economía. Primero, que la economía como la vemos es, según Marx, una apariencia de superficie; dos, que la apariencia, que está rodeada de una retórica de igualdad y libertad, esconde una “morada oculta” donde reinan la dominación y la coerción y esas relaciones forman el pivot del capitalismo; por lo tanto, tres, que lo económico es también una relación social, en la que el poder es necesario para administrar esa morada oculta -para someter al trabajador a formas de dominación-, y donde ese poder es por necesidad también un poder político.

El propósito de esta coerción y dominación, y la cruz de la economía capitalista considerada como relación social, es lograr que el trabajador produzca más que el valor de su fuerza de trabajo. “El valor de la fuerza de trabajo”, nos dice Marx, “es el valor de los medios de subsistencia necesarios para el mantenimiento de su propietario [esto es, el trabajador, T. B.]”. El valor adicional que él produce durante el día de trabajo es apropiado por el capital como plusvalor. La forma de salario no es nada más que el valor necesario para reproducir la fuerza de trabajo del trabajador.

Para explicar cómo este robo ocurre diariamente, Marx introduce los conceptos de tiempo de trabajo necesario y excedente. El tiempo de trabajo necesario es la porción del día de trabajo en la que la productora directa, nuestra trabajadora, crea un valor equivalente a lo que es necesario para su propia reproducción; el tiempo excedente es todo lo que resta del día de trabajo donde ella crea valor adicional para el capital.

Este ensamble de categorías conceptuales que Marx propone forma lo que es más generalmente conocido como la teoría del valor-trabajo. En este ensamble, hay dos categorías nucleares a las que deberíamos atender particularmente: (a) la fuerza de trabajo misma: su composición, despliegue, reproducción y final reemplazo; y (b) el lugar de trabajo, esto es, la cuestión del trabajo en el punto de la producción.

La Fuerza de Trabajo: Mercancía Única y Reproducción Social

Marx introduce el concepto de fuerza de trabajo con gran deliberación. La fuerza de trabajo, en el sentido de Marx, es nuestra capacidad para trabajar. “Con la fuerza de trabajo o capacidad de trabajo nos referimos” explica Marx “al agregado de las capacidades mentales y físicas existentes en la forma física, la personalidad viva, de un ser humano, capacidades que él pone en movimiento siempre que produce un valor de uso de cualquier tipo”. Obviamente, la capacidad de trabajar es una cualidad transhistórica que los humanos poseen sin importar la formación social de la que son parte. Lo que es específico del capitalismo, sin embargo, es que sólo bajo este sistema de producción, la producción de mercancías se generaliza a lo largo de la sociedad y el trabajo vuelto mercancía, disponible para la venta en el mercado, se convierte en el modo de explotación dominante. Por ende, bajo el capitalismo, lo que se generaliza en la forma mercancía es una capacidad humana. En varios pasajes Marx se refiere al salvajismo que tal mutilación del yo exige. “El poseedor de fuerza de trabajo, en lugar de poder vender mercancías en las que se ha objetivado su trabajo, debe más bien verse forzado a vender como mercancía la fuerza de trabajo que existe sólo en su cuerpo viviente”.

Más aun, sólo podemos hablar de fuerza de trabajo cuando la trabajadora usa esa capacidad, o ésta “se convierte en una realidad sólo al ser expresada; es activada sólo a través del trabajo”. Así que debe seguirse que, como la fuerza de trabajo es gastada en el proceso de producción de otras mercancías, por lo tanto “una cantidad definida de músculo, nervio y cerebro, etc., humanos”, el compuesto bruto de la fuerza de trabajo, “es gastada, y estas cosas tienen que ser reemplazadas”.

¿Cómo puede restablecer la fuerza de trabajo? Marx es ambiguo en este punto:

Si el propietario de fuerza de trabajo trabaja hoy, mañana debe estar listo de nuevo para repetir el mismo proceso en las mismas condiciones en cuanto a salud y fuerza. Sus medios de subsistencia deben por lo tanto ser suficientes para mantenerlo en su estado normal como un individuo trabajador. Sus necesidades naturales, como comida, vestimenta, energía y hogar varían de acuerdo con las peculiaridades climáticas y físicas de su país. De una parte, el número y alcance de sus así llamados requerimientos necesarios, así como la forma en que son satisfechos, son en sí el producto de la historia y dependen por lo tanto, en gran medida, del nivel de civilización alcanzado por un país; en particular dependen de las condiciones y los hábitos y expectativas con los que la clase de trabajadores libres ha sido formada.

Aquí vacilamos y sentimos que el contenido de la crítica de Marx es inadecuado a su forma. Hay varias preguntas que el pasaje de arriba genera y luego deja sin responder.

Las marxistas y feministas de la reproducción social, como Lise Vogel, han llamado la atención sobre la producción de seres humanos, en este caso la trabajadora, que tiene lugar lejos del lugar de producción de mercancías. Las teóricas de la reproducción social quieren, correctamente, desarrollar más lo que Marx deja sin examinar. Esto es, ¿cuáles son las implicancias de que la fuerza de trabajo se produzca fuera del circuito de producción de mercancías, permaneciendo sin embargo esencial para él? El sitio históricamente más duradero para la reproducción de la fuerza de trabajo es por supuesto la unidad basada en el parentesco que llamamos la familia. Ésta juega un rol clave en la reproducción biológica -así como en el reemplazo general de la clase trabajadora- y en la reproducción de la trabajadora, mediante la comida, el abrigo y el cuidado físico, para que vuelva a estar lista para el siguiente día de trabajo. Pero estas funciones son desproporcionadamente sostenidas por mujeres bajo el capitalismo y son la fuente de la opresión de las mujeres bajo este sistema.

Pero el pasaje de arriba necesita desarrollo también en otros aspectos. La fuerza de trabajo, por ejemplo, como Vogel ha señalado, no es simplemente reabastecida en casa, ni siempre es reproducida generacionalmente. La familia puede formar el sitio de la renovación individual de la fuerza de trabajo, pero eso solo no explica “las condiciones bajo las cuales, y… los hábitos y el grado de confort con el cual” la clase trabajadora de una sociedad particular ha sido producida. ¿Qué otras relaciones sociales e instituciones están implicadas en el circuito de la reproducción social? La educación pública y el sistema de salud, instalaciones de esparcimiento en la comunidad, pensiones y beneficios para las ancianas y anciasnos, todas juntas componen esos “hábitos” históricamente determinados. De modo similar, el reemplazo generacional a través del parto en la unidad familiar basada en el parentesco, si bien es dominante, no es la única forma en la cual puede reemplazarse la fuerza de trabajo. La esclavitud y la inmigración son dos de las formas más comunes en las cuales el capital ha reemplazado trabajo dentro de las fronteras nacionales.

De modo relacionado, presupongamos que cierta clase de canasta de bienes (x) es necesaria para reproducir a una trabajadora particular. Esta “canasta de bienes” que contiene comida, refugio, educación, salud y demás es entonces consumida por esta mítica (o algunas/os dirían universal) trabajadora reproduciéndose a sí misma. Pero, ¿el contenido y tamaño de la canasta de bienes no varía dependiendo de la raza, nacionalidad y género de la trabajadora? Marx parecía pensar eso.

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