Hay que legitimar la persistencia del desempleo: esta es una de las tareas asignadas a los economistas mainstream.

El Desempleo: Imposible en Teoría, Inevitable en la Práctica

Durante mucho tiempo los economistas no se ocuparon del pleno empleo. El mismo término de desempleo estuvo casi ausente de los tratados de Alfred Marshall (1842-1924), quien durante largos decenios fue el economista de referencia en Inglaterra. Las concepciones de Marshall permanecieron entre los autores del famoso informe de 1834 sobre la ley para los pobres, como lo muestra claramente una carta dirigida en 1903 a Percy Alden, en la que Marshall expone el fondo de su pensamiento.

Hay, escribe, dos categorías de paro. El paro ocasional resulta de las fluctuaciones económicas, pero solo se desarrolla por «la incapacidad, por parte de personas de limitada inteligencia de prever con una perfecta precisión las necesidades y las oportunidades económicas». Sería necesario enseñarles que «gastar la totalidad de su renta en período de prosperidad y encontrarse sin ingresos cuando cambia la coyuntura, es incompatible con el respeto que cada uno se debe a sí mismo».

En cuanto al desempleo más duradero, éste golpea a las «personas que no quieren o no pueden trabajar con asiduidad y haciendo todos los esfuerzos, de tal forma que no pueden ser empleados de forma regular. Están a la búsqueda de pequeños trabajos que en general son empleos tranquilos. Una gran parte del actual desempleo me parece que corresponderá a esta categoría: se trata más de un síntoma que de la causa de la enfermedad».

Marshall hace un llamamiento a una «disciplina benévola pero severa respecto a los que educan a niños en condiciones físicas y morales que harán de ellos las reservas del gran ejército de los parados».

El discurso de los economistas va a incorporar progresivamente un análisis moralizador pero implacable. En el mundo perfecto de la libre competencia el paro no puede existir o solo lo puede hacer bajo la forma de un desempleo voluntario, fruto de un arbitraje racional entre salario y tiempo libre. Así pues, su principal recomendación consiste en la eliminación de todo lo que obstaculice el equilibrio entre la oferta y la demanda en el mercado de trabajo.

Este mercado no es fundamentalmente diferente de cualquier otra mercancía, de patatas o de calzado.

En cuanto al término de pleno empleo se avanza a veces que apareció por primera vez bajo la pluma de Arthur Pigou (1877-1959) -un discípulo de Marshall- en su libro Unemployment, aparecido en 1913. Pero eso es un contrasentido, ya que Pigou habla de pleno empleo en un sentido diferente, que designa el empleo a jornada completa de ciertas categorías de trabajadores.

El libro de Pigou es sin embargo interesante ya que expone de forma muy clara una aproximación a la cuestión del paro que ese momento era ampliamente dominante. Su principio de base es que «el paro está íntegramente causado por el desajuste entre los salarios y la demanda». Por consiguiente, si los salarios estuviesen determinado por el «libre juego de las fuerzas de la competencia (….) el desempleo no podría existir» (p. 51-52), más allá de las fluctuaciones coyunturales.

En particular, «toda tentativa de un sindicato de obtener para sus miembros un salario superior al salario de referencia de su rama (…) causa desempleo y, por tanto, el remedio al desempleo es abandonar tal política» (p. 241).

El término de pleno empleo se asocia generalmente al nombre de William Beveridge (1879-1963). Es interesante examinar su primera contribución, con su libro Unemployment. A problem of Industry, publicado en 1909. Y que Pigou cita favorablemente. Beveridge considera en él que el desempleo es «una parte del precio a pagar por la competencia económica» y que la respuesta apropiada consiste «en reducir sus efectos nefastos hasta hacerlos relativamente benignos» (p. 235).

Es pues más bien una teoría del paro «friccional» y todavía se está lejos del pleno empleo del que Beveridge será más tarde uno de los promotores más activos.

Es importante subrayar que las teorías económicas no son impermeables a la coyuntura económica, que a veces suministra demostraciones concretas. Un claro ejemplo lo proporciona John Hobson, un economista heterodoxo hecho famoso por sus análisis del imperialismo. Pero también se le puede considerar como un precursor de Keynes por sus trabajos sobre el desempleo.

En su libro Problems of poverty, publicado en 1889, subrayaba que «el hecho de que el volumen del desempleo haya prácticamente desaparecido en 1890 reduce definitivamente a nada la alegación según la que los parados son ociosos que escogen no trabajar en período de recesión».

Sin embargo, la prosperidad registrada en el curso de la «bella época» que va de 1896 a 1914 permitió a los observadores contentarse con análisis del desempleo como resultado de desajustes transitorios. La gran crisis de 1929 (anunciada por la recesión de 1925) hizo estallar esas representaciones.

Keynes Descubre el Desempleo Involuntario

Fue en 1929 cuando un economista propuso cambiar radicalmente el punto de vista. «La idea de que existiría una ley natural que impediría a los hombres tener un empleo, que sería imprudente emplear a los hombres y que sería financieramente sano mantener a un décimo de la población en la ociosidad por una duración indeterminada es de una absurdidad increíble. Nadie sabría creer en ella si no tuviese una cabeza repleta de fantasías durante años».

Y el mismo economista avanzaba un razonamiento simple, que sin duda algunos calificaría de simplista: «Hay que tareas que realizar, hay personas para hacerlas. ¿Por qué no hacer que se correspondan ambas? (…) Sería una locura permanecer sentado fumando pipa y explicar a los parados que es demasiado arriesgado encontrarles trabajo».

Este economista no es otro que John Maynard Keynes, quien firmaba con Hubert Henderson un folleto titulado Can Lloyd George Do it? El autor de estas líneas ha encontrado con placer el hilo director de esta obra: «El trabajo de los parados está disponible para aumentar la riqueza nacional. Sería loco creer que nos arruinaríamos financieramente al intentar encontrar medios para utilizarla y que la seguridad en primer lugar consiste en continuar manteniendo a las personas en la ociosidad».

Keynes nos invitaba a un gran giro consistente en olvidar las «fantasías» y volver a una concepción racional. No hay que temer a la vuelta de un cierto «sentido común” y Keynes quiere tranquilizarnos sobre este punto: «lo que parece razonable es razonable y lo que parece como un despropósito lo es verdaderamente».

No hay que dejarse espantar por el espantapájaros que, todavía hoy, es alegado por los abogados de un desempleo «natural”. «La propuesta según la que habría más personas trabajando si les fueran ofrecidas nuevas formas de empleo es tan evidente como parece y no se enfrenta con ninguna objeción escondida.

Emplear a las desempleadas en tareas útiles conduce al resultado esperado, es decir a un aumento de la riqueza nacional y la idea de que, por complicadas razones, podríamos arruinarnos financieramente al recurrir a una forma de aumentar nuestro bienestar es lo que parece: un espantapájaros».

Keynes tampoco se satisfacía con «la red seguridad» proporcionada por las prestaciones abonadas a las personas desempleadas, ya que ellas no crean nada «sino todavía más asistidos”. La verdadera seguridad, es para él «una honesta jornada de trabajo por un salario decente» y el pleno empleo (aunque no emplee el término), no es el 5% de parados: hay que reducir el desempleo “al nivel que conocemos en tiempos de guerra (….), es decir menos del uno por ciento de desempleados».

Para ello, el Estado deberá hacer «todo lo que humanamente pueda ser hecho».

Por ello Keynes se manifiesta a favor de programas de grandes trabajo públicos y se preocupaba poco de que su tasa de rendimiento fuese «del 5%, 3% o 1%»: lo importante es reducir el desempleo; más vale un débil rendimiento que ningún rendimiento. Estas propuestas fueron caricaturizadas, prestando a Keynes la idea de que las personas desempleadas debían ser utilizadas para abrir hoyos y rellenarlos a continuación.

Esto es el riesgo de ser demasiado sutil, ya que Keynes nunca dijo eso. En la Teoría General, imagina que el gobierno esconde botellas cargadas de billetes, estando los desempleados encargados de desenterrarlas. Pero se trataba de una parábola sobre la creación monetaria, al establecer un paralelo con las minas de oro, en las que se cavan también agujeros.

Antes incluso de la publicación de la Teoría General en 1936, una parte de las ideas «de sentido común» de Keynes fueron puestas en aplicación en los Estados Unidos por Franklin Roosevelt, en el marco del New Deal. Fue elegido después de la catastrófica presidencia de Herbert Hoover, quien veía «la recuperación en la esquina de la calle».

Cuando Roosevelt accedió al poder había 12 millones de parados, para una población activa de aproximadamente 50 millones, a los que habría que agregar varios millones de «sin techo».

Mientras que la anterior administración se limitaba a distribuir ayudas, el objetivo esta vez era crear empleos. Uno de los administradores del programa, Harry L. Hopkins podía justificar de esta forma el giro: «dale una limosna a un hombre: salváis su cuerpo y destruís su espíritu. Dadle un trabajo con un salario regular y salváis a la vez el cuerpo y el espíritu».

Así se impulsó un amplio programa de trabajos públicos en 1933, con la puesta en marcha de una Agencia de Trabajos Públicos (PWA, Public Works Administration), de un Cuerpo Civil de Protección del Medio Ambiente (Civilian Conservation Corps) y después, en 1935, de la Works Projects Administration. El conjunto de estos programas no permitió volver al pleno empleo y solo redujo el desempeño en aproximadamente un tercio.

El balance del New Deal que solo se puede esbozar aquí es mitigado. Los planes de Roosevelt se enfrentaron a una huelga de inversiones de los sectores empresariales que la iniciativa pública no pudo contrarrestar. En 1941 había todavía seis millones de estadounidenses en desempleo y el pleno empleo no fue restablecido antes de la entrada en guerra.

La postguerra será marcada por el desarrollo del Estado social en Europa, de los que uno de sus principales inspiradores fue William Beveridge, autor de dos celebres informes. El primero está dedicado (en 1942) a la seguridad social; el segundo, de 1944, trata del «pleno empleo en una sociedad libre». En el prólogo a este informe, Beveridge señala de entrada que el pleno empleo «no significa que no haya paro», sino que hay más puestos vacantes para los trabajadores que trabajadores en búsqueda de un empleo».

Siempre subsistirá una tasa de desempleo friccional, que evalúa en el 3% de la población activa en el caso del Reino Unido.

La Curva de Phillips, o el Ajuste del Fin del Desempleo

En 1958, Alban Phillips publicó un artículo que le daría celebridad, puesto que todavía hoy se sigue hablando de la «curva de Phillips». Su artículo establece que el crecimiento de los salarios nominales evoluciona en sentido inverso de la tasa de desempleo (y de su variación). Los datos de Phillips se refieren a la evolución a largo plazo del desempleo y de los salarios en el Reino Unido, entre 1861 y 1957. Cuando apareció el artículo en 1958, la tasa de crecimiento del salario nominal era ciertamente bastante elevada, pero el país estaba casi en pleno empleo: la tasa de desempleo oscilaba alrededor del 2% desde 1945.

El proyecto de Phillips no trataba pues de un problema económico contemporáneo. Su proyecto, en el fondo, era diferente: se trata de suministrar las bases empíricas a la teoría del desempleo.

Pero ¿en qué sentido hay que leer la curva? Para Richard Lipsey, un colega de Phillips que intentó encontrar un fundamento más teórico para la curva, la determinación va claramente del desempleo a los salarios: «si se quiere predecir la tasa de variación de los salarios, es necesario conocer no solo el nivel del desempleo sino también su distribución entre los diferentes mercados».

Una lectura inversa va a ser propuesta por Paul Samuelson y Robert Solow en un artículo de 1960. Los dos futuros «Premios Nobel» intentaron construir una curva de Phillips para Estados Unidos y acabaron por trazarla manualmente. Proponen una lectura de la curva en la que la tasa de desempleo es la que determina los salarios: «los salarios tienden a aumentar cuando el mercado de trabajo está tenso».

Pero sobre todo deducen la idea de que existe un posible arbitraje entre una inflación moderada y una tasa de paro próxima al pleno empleo: «Los salarios en la industria parecen estabilizarse completamente cuando el 4% o el 5% de la población activa se encuentra en desempleo; y una progresión de los salarios igual al aumento de la productividad del 2 al 3% anual conduce, en esta configuración media, a una tasa de desempleo del 3%».

La curva de Phillips se convierte en un instrumento de «ajuste fino» (fine tuning) de la política económica durante los años 1960, en los que las ideas keynesianas influyeron en las administraciones de Kennedy (1961-noviembre 1963) y Johnson (1963-1969) en favor de una política presupuestaria expansiva.

Esto funcionó bien hasta finales de los años 1960: las curvas de la inflación y del desempleo evolucionaron en sentido inverso. Pero esa relación conforme a la curva de Phillips quiebra en dos tiempos: en primer lugar, con la recesión de 1967 (fue en esta fecha cuando empezó a bajar la tasa de beneficio) y, después, con la recesión (mundial) de 1974. Entonces se entró en el llamado período de estanflación en el que inflación y desempleo aumentan conjuntamente: durará hasta mediados de los años 1980.

Inflación y Desempleo en Estados Unidos (1950-2016)

La siguiente tabla muestra la relación entre inflación y desempleo en Estados Unidos desde 1950 hasta 2016.

Año Inflación (%) Desempleo (%)
1950 1 5
2016 1.3 4.9

Fuente: FRED (Federal Reserve Economic Data), Federal Reserve Bank of St. Louis

La Estanflación y el Desconcierto de los Keynesianos

Millón Friedman abrió la ofensiva en 1967 en su escrito a la asamblea de la American Económica Association. Pero fue en su discurso de recepción del premio Nobel en 1977 cuando Friedman presentó el discurso más claro. Comenzó por evocar el pasaje de la Teoría General en el que Keynes admite que le falta una ecuación: «No se puede pues saber cuál será el volumen global del empleo en tanto no se conozca el precio nominal de los bienes de consumo obrero y no se puede saber cuál será el precio nominal de los bienes de consumo obrero en tanto no se conozca el volumen global del empleo. Como hemos dicho, falta una ecuación».

La curva de Phillips habría pues colmado esa carencia. Además, «parece constituir un instrumento fiable para la política económica, permitiendo a la economía informar al decisor político de las alternativas que se le ofrecen».

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