A mediados de la década de los 90 se instala en el mundo una nueva forma de funcionamiento del capital trasnacional como respuesta a la crisis de crecimiento y rentabilidad que lo venía afectando tras el auge de los movimientos sociales de los años 60 y, por consiguiente, por el alto nivel de conquistas logradas en beneficio de los sectores más desposeídos.

Conseguir todo ello requirió de consensos internacionales, legislaciones apropiadas, liberalización de mercados y ampliación de la actividad privada, multiplicando el ámbito de sus negocios y limitando al máximo la actividad empresarial estatal.

La externalización de costos de la industria manufacturera requirió de una drástica reconversión industrial y de una nueva división internacional del trabajo, que se inicia rompiendo con el “taylorismo” de la cadena de montaje que inmortalizara Chaplin en “Tiempos Modernos” y más tarde con las concepciones de calidad total que levantó la gerencia japonesa, reivindicando la importancia del trabajador y su participación creativa en todas las etapas del proceso, proponiendo un servicio de calidad al cliente, desde el proveedor hasta el consumidor final.

Las grandes corporaciones mantienen las concepciones de calidad total a nivel de pequeños grupos de dirección, ligados al enaltecimiento de la imagen corporativa y a la Responsabilidad Social Empresarial, concentrándose en la imposición de sus marcas, ahora a nivel mundial, lo que aumentó sus costos de administración y las obligó a disminuir aún más sus desembolsos en otros eslabones de la cadena productiva.

De esta manera, las grandes empresas manufactureras de los centros mundiales debieron forzosamente trasladar sus talleres de producción a países y localidades donde pudieran pagar menores salarios, dedicándose en los países de origen a la publicidad y a los diseños de sus productos.

Esto comienza a recuperar sistemáticamente el volumen de ventas y las rentabilidades de las empresas trasnacionales, mientras el creciente poder de las más grandes les permite externalizar de modo creciente sus costos a la comunidad.

También el dominio de diseños y marcas a nivel mundial les permite aumentar las tasas de ganancia por concepto de propiedad intelectual a través de franquicias y venta de patentes, que se comienzan a cobrar cada vez más rigurosamente a los países receptores de éstas y en la misma medida que se va uniformando, a nivel internacional, el modelo de comercio detallista.

En este escenario, las actividades de producción se van externalizando a zonas deprimidas dentro de los mismos países o a naciones vecinas de menor desarrollo, pero especialmente a contratistas del Tercer Mundo y a sus países más pobres.

Partidarios de las ZPE agregan entre sus ventajas que son centros de continua generación de actividad, atraen cuantiosa inversión extranjera directa, están insertas en mercados globales originando desarrollo y absorben mayor cantidad de mano de obra que los parques industriales tradicionales.

Afirman que están libres de burocracia y ofrecen exenciones de derechos consulares, impuestos al consumo, a la producción, a las ventas y a la renta por las utilidades obtenidas en sus operaciones. No están obligadas a repatriar las divisas, ni a obtener licencias, permisos, registros o autorizaciones previas de importaciones o exportaciones.

Las empresas situadas en estas Zonas se trasladan de país cuando terminan los períodos de exención tributaria y, dada la flexibilidad con que operan, los contratistas pueden cambiarse constantemente. Sin embargo, la característica más distintiva de las ZPE está en los salarios y en sus condiciones laborales.

Por ello han recibido la crítica de diversas organizaciones sociales del mundo desarrollado y de organismos defensores de los derechos humanos, quienes cuestionan los “talleres del sudor” (sweatshops), que se ocultan trabajando en empresas sin marca, donde ni los propios trabajadores conocen la empresa para la que trabajan.

Las casas matrices envían los diseños y la materia prima, pero exigen que se cumplan rigurosamente los plazos comprometidos para los diferentes productos y, especialmente, los inmensos volúmenes requeridos para abastecer los almacenes a nivel mundial.

Los contratistas de las ZPE suelen ser chinos o coreanos y contratan mujeres menores de 25 años que trabajan en sistemas de internado, ya que las ZPE están generalmente aisladas de los centros urbanos. Se les prohíbe la formación de sindicatos y existen empresas denunciadas por organizaciones humanitarias, como el caso de Nike en Vietnam, por aplicar castigos físicos a los trabajadores.

De hecho, los salarios suelen alcanzar sólo para solventar el alojamiento común, el transporte y las comidas que se ofrecen a las entradas de las mismas zonas.

Los turnos normales se desarrollan entre las 07:00 y las 22:00 horas, pero algunas noches por semana las obreras deben efectuar horas extraordinarias hasta las dos de la mañana.

Los salarios oscilan desde 15 centavos de dólar la hora en países como Indonesia, China y Haití ; hasta 50 a 90 centavos la hora en México. Se paga US$ 45 mensuales en Hanoi a los obreros vietnamitas y US$ 35 en otras ciudades de Vietnam.

En los períodos de mayor producción no es infrecuente que se trabaje dos turnos seguidos, lo que les puede dejar dos horas de sueño antes de regresar a la fábrica.

Tanto los productos fabricados como los países que albergan ZPE se multiplican en forma progresiva. Para 2002, ya había 52 zonas en Filipinas con 459 mil personas fabricando microcircuitos de ordenador, unidades de CD Room de IBM y baterías.

Niños de Sumatra fabricaban la ropa de las muñecas Barbie. Allí también se fabrican marcas finas y populares como The Gap, Benetton , Guess , Old Navy, Nike, Reebook, Ellen Tracy , Sasoon , IBM, Samsung, Hyundai, Motorola , Phillips , Sanyo , Microsoft, Wall Mart , Tommy Hilfiger y Walt Disney, entre otras.

Las ZPE de Vietnam producen artículos de vestir y electrónicos, pero el rubro zapatos es el más importante fabricando mayoritariamente para Nike y Reebok en EEUU, Kesko en Finlandia.

La mayoría de las protestas efectuadas terminan con el despido de los trabajadores y suelen ser motivadas por el no pago de salarios u horas extraordinarias, malas condiciones de ventilación en los talleres, uso de materiales tóxicos, abusos físicos y sexuales y excesivas multas aplicadas por ausentarse, o ir al baño en horas no permitidas.

En Vietnam existe el “Bono de Buen Empleado” que se otorga si éste cumplió con los “Ocho No”: No vacaciones anuales, No días libres, No día para casarse, No día libre sin permiso, No día para funeral, No día libre por menstruación, No olvidar firmar el ingreso, No ir a almorzar fuera de la fábrica y No tener atrasos.

En las estaciones peak los trabajadores descansan cada tres domingos y pueden llegar a ganar hasta 65 euros al mes.

Según un estudio elaborado por la Biblioteca del Congreso Nacional, la cadena norteamericana Wall-Mart es un modelo de esta nueva forma de internacionalización del trabajo. Su producción en el exterior la ha convertido en una de las mayores importadoras en los EEUU.

Su estrategia de concentrar mercados y de ventas en gran escala ha llegado a dimensiones inéditas en la historia del comercio. Su estrategia fue irse instalando en pequeñas ciudades en crecimiento, multiplicándose y saturando los mercados locales, puesto que los comerciantes más pequeños no podían competir con sus precios y volúmenes de ventas en gran escala.

A 2005, ya contaba con 6.200 locales en el mundo y más de 3.800 en EEUU vendiendo desde casas para las Barbie y bolsos Kathie Lee Gifford a taladros Black and Decker y CDs Prodigy.

Las ventas de Wall-Mart, al 30 de abril de 2007, llegaron a US$ 85,4 billones, lo que representó un aumento de 8,3% al mismo cuatrimestre de 2006, cuando las ventas fueron de US$ 78,8. En 2005, éstas alcanzaron la cifra de US$ 312,4 billones, mientras que las ganancias llegaron a US$ 285 billones.

Ocupaba en 2005 casi el 1% del total de la fuerza de trabajo de los EEUU y casi el 10% del total del empleo en comercio, dominando el 35% del mercado de alimentos, alrededor del 28% de la venta de medicamentos, el 30% de las acciones de empresas fabricantes de productos de higiene y belleza y entre el 15% y 20% de todos los CDs, DVDs y videos en Estados Unidos.

Así, ofrece bajos precios y crea un efecto local de degradación de salarios en otras actividades locales, especialmente en las comunidades más pequeñas donde se produce desempleo debido al éxodo de puestos de trabajo productivo a los países del Tercer Mundo y a la disminución de ganancias en sus proveedores.

Un estudio realizado por un economista del National Bureau of Economic Research, usando datos de la empresa y del Gobierno concluyó que en todas aquellas localidades donde Wall-Mart había operado por 30 años se habían reducido los salarios de todos los miembros de la comunidad en un 5%.

Otro detallado estudio de los efectos de la instalación de Wall-Mart en localidades concluye que este hecho reduce el empleo local en el comercio en un 2 a 4%. También que los salarios por trabajador diminuyen en un 3,5%.

El desempleo que ha creado globalmente en EEUU y la externalización de la producción al exterior ha degradado nacionalmente la lucha sindical, mientras que las grandes tiendas están contratando crecientemente trabajadores jóvenes part-time, orientados principalmente al comercio y los servicios, sin contrato de trabajo y por tanto, sin posibilidades de sindicalizarse.

Esta situación permite a Wall-Mart pagar bajos salarios. Para esta empresa la sindicalización es una conducta grave. Ha instruido a sus administradores no contratar trabajadores que alguna vez hayan pertenecido a algún sindicato, y despedir a los trabajadores que muestren indicios de “aptitud sindical”.

Cuando un sindicato trata de organizar a un conjunto de tiendas de Wall-Mart, expertos laborales viajan de inmediato desde Bentonville, su casa matriz, a deshacer lo realizado. Se obliga a los trabajadores a asistir semanalmente a clases de relaciones laborales donde la administración les instruye no sindicalizarse y les entrega insignias de solapa que dicen: “Podemos hablar por nosotros mismos”.

En la Guía para el Management instruye a sus administradores impedir la sindicalización con frases como ésta: “Como integrante del equipo de management de Wall-Mart, Ud. es nuestra primera línea de defensa contra la organización sindical. Es importante que Ud.

Wall-Mart opera campamentos de trabajo esclavo en el extranjero, a través de proveedores, e incluso en su nombre. Uno de los campos más tristemente célebres es la fábrica Daewoosa en Somoa, isla americana en el Pacífico donde 230 trabajadores, la mayoría mujeres jóvenes de China y Vietnam, trabajan en condiciones de servidumbre.

Según se informa reciben salarios miserables, son golpeadas, hambreadas, acosadas sexualmente y amenazadas con la deportación si protestan. En febrero de 2003, en una corte de Hawai, el propietario de la fábrica, Kil Soo Lee , fue encontrado culpable de contratación bajo condiciones de servidumbre.

Trabajadores de Bangladesh, China , Indonesia , Nicaragua y Swasilandia demandaron a Wall-Mart en septiembre 2005 por pagar salarios menores al mínimo legal y exigirles trabajar horas extraordinarias sin pagarlas. Algunos plantearon haber sido golpeados por los administradores y encerrados dentro de las fábricas.

Una trabajadora de lencería en Dhaka, Bangladesh, denunció haber sido encerrada en una fábrica y no haber tenido días libres en sus primeros seis meses de trabajo.

El modelo Wall-Mart ha sido ampliamente debatido en EEUU. Sus detractores manifiestan que la dicotomía precios-salarios es falsa ya que los salarios más altos deberían costearse a cuenta de las altas utilidades de la empresa.

Además, agregan que los bienes que provee Wall-Mart a bajos precios corresponden sólo a un escaso porcentaje del gasto total de las familias americanas, como comida, ropa, artículos del hogar y muebles, pero el gasto en estos ítems ha disminuido proporcionalmente en los hogares norteamericanos, mientras ha aumentado el gasto en salud, vivienda y transporte.

Según información estadística comprobada, los trabajadores de Wall-Mart ganan un 23% menos que las tiendas que cuentan con sindicato. Un alto porcentaje carece de jornada completa y sólo trabaja como máximo 28 horas a la semana.

Más de dos tercios de los trabajadores con jornada completa ganan un salario anual más bajo que la canasta básica de una familia de tres personas. El promedio de una familia de dos personas necesitaba US$ 27.948 en 2005 para satisfacer sus necesidades básicas, bastante más de lo que Wall-Mart informa que paga por jornada completa.

Diversas instituciones a nivel mundial también han criticado el modelo Wall-Mart. “No hay duda que Wall-Mart compra una serie de bienes producidos en condiciones inaceptables. Hay numerosos informes que señalan que en la amplia cadena de proveedores de Wall-Mart hay trabajo infantil, serias violaciones a las regulaciones de la jornada laboral, pago de salarios bajo los mínimos legales, castigos arbitrarios a los empleados, prohibición de sindicalizarse, uso amplio de un sistema de producción que incluye condiciones laborales cercanas al trabajo forzado y encierro de trabajadores en sus locales de trabajo.

En la sección referida a los abusos en los “sweatshops” del extranjero, el Consejo de Ética del Gobierno Noruego se basó extensamente en investigaciones del National Labor Committee, NLC, en Honduras, El Salvador , Nicaragua, Bangladesh y China.

Los trabajadores de Unimarc, por ejemplo, han denunciado la existencia de prácticas similares, incumplimiento de jornadas de trabajo y sueldos inferiores al mínimo establecido en la ley.

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