La experiencia onírica puede ser un laberinto de símbolos y emociones, reflejando nuestras inquietudes más profundas y a menudo revelando aspectos ocultos de nuestra psique. A través de un sueño, podemos explorar metáforas de la vida, la aceptación y el despertar de la conciencia.
En el contexto de la canción "Cuando yo llegue al final de mi jornada", podemos interpretar el viaje como una representación de la vida misma, llena de desafíos, aprendizajes y momentos de introspección. La jornada simboliza el camino que recorremos desde el nacimiento hasta el final de nuestros días.
En un sueño, el soñador se encuentra en un internado, un edificio enorme con pasillos, galerías y tragaluces. Su conciencia es doble: un adolescente con la sabiduría de un adulto. Llegaban muchos otros jóvenes, incluyendo un primo con quien compartió la escuela básica. Tenían un maestro viejo pero dinámico, que los formaba en filas y les hablaba paternalmente.
Se organiza un partido de fútbol, pero el soñador es marginado. Molesto, se retira a su habitación. Su primo le explica que todos los muchachos están dolidos. Entonces, la imagen salta y se ve con sus condiscípulos subiendo por una escala mecánica con forma de caracol. De pronto, empieza a levitar y traspasa las ventanas. Les dice a los chicos que está soñando y se ríe de ellos.
Al darse cuenta de que es un sueño, cree que puede cambiarlo todo a voluntad y decide no despertar. Toca las puertas, camina, cree construir nuevos corredores con solo imaginarlos. Al final, el maestro se acerca, amable como un abuelo. El soñador le dice: «¿Sabe que estoy soñando y que usted es parte de mi sueño?… ¿O usted también está soñando?». El maestro niega, sin creerle loco.
«Entonces esto es la realidad -continuó yo-, darse cuenta de que uno sueña, mientras los demás no lo saben». El viejo no respondió nada, adoptando un aire filosófico que calzaba perfectamente con su terno y su corbata. Estaban junto a una ventana, mirando el panorama de mi sueño desde arriba, cuando le pregunté: «¿Tal vez usted no cree en nada?». «No es eso -dijo sin sobresalto-, yo soy un eniatico». Tuve que reconocer que desconocía el vocablo. En ninguna de mis vidas, dentro o fuera del sueño, lo había oído nombrar.
El anciano me tomó del brazo y me llevó a una ventanilla, donde le dieron unas píldoras. Desperté decidido a esclarecer mi duda y, venciendo la pereza de la madrugada (además del influjo de la pastilla para dormir), fui a internet y busqué «eniático» en el Diccionario de la Real Academia Española.
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