Según el informe de 2010 “Education at a Glance” de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), la educación superior es un factor estratégico de las políticas sociales y de desarrollo de los países.
Es la base para la formación de las personas y la entrada directa al mercado laboral, motor de la movilidad social y de la reducción de desigualdades. Dada su relevancia es pertinente preguntarse: ¿de qué manera las instituciones de educación superior preparan profesionales y técnicos para desempeñarse exitosamente en el mundo del trabajo? ¿qué habilidades y competencias son clave para el desarrollo de trayectorias laborales favorables? Y si profundizamos: ¿qué estrategias implementan los planteles educativos para procurar el logro educativo y del perfil de egreso de aquellos estudiantes provenientes de familias de menor nivel socioeconómico?
Preparar a los estudiantes para el trabajo, la ciudadanía y la vida en el siglo XXI constituye un enorme reto para las instituciones de educación superior técnico profesionales, quienes se ven desafiadas a responder, adaptarse y proyectarse en función de las demandas sociales y productivas del país.
Es en este ámbito que las competencias de empleabilidad resultan clave, tanto para buscar trabajo como para progresar en él y mantenerlo.
“Una competencia es más que conocimientos.
Erdozáin explica que el Programa de Competencias de Empleabilidad del IP Santo Tomás surgió como parte de un proyecto de mejora transversal institucional que integró la mirada de distintos estamentos, entre ellos egresados, docentes y directivos de las 20 sedes de Arica a Punta Arenas, empleadores y el estado del arte nacional e internacional en la materia.
El trabajo realizado dio como resultado la selección y definición de ocho competencias relevantes para responder a diferentes requerimientos vinculados a la inserción, mantención y progresión en el empleo: Comunicación; Iniciativa y Propósito; Trabajo en Equipo y Colaborativo; Adaptación al Cambio; Resolución de Problemas; Responsabilidad, Ética Profesional y Ciudadanía; Empatía y Orientación de Servicio y Tolerancia a la Frustración.
“Los datos se obtuvieron a través de entrevistas, grupos focales, cuestionarios, entre otros instrumentos, que se aplicaron a cerca de 500 empleadores de diversos sectores productivos y a más de 2 mil egresados, quienes nos permitieron identificar cuáles son las competencias que se requieren hoy en el mercado laboral y cuáles diferencian a los egresados a la hora de resolver un problema, por ejemplo”, explicó Cristián Arenas, Director de Proyectos de Innovación del IP-CFT Santo Tomás.
El primer punto se lleva a cabo con los “Talleres de Desarrollo Personal” (TDP) impartidos transversalmente para todas las carreras en régimen y que tiene como objetivo el desarrollo de las competencias de empleo con una línea específica en Innovación y Emprendimiento Estudiantil y otra en Innovación Social; el segundo se relaciona con la asignatura “Proyectos Colaborativos de Innovación”, iniciada el primer semestre de 2019 de forma gradual a estudiantes de séptimo semestre y que permite desarrollar habilidades y metodologías que promuevan la generación de iniciativas y soluciones innovadoras a situaciones problemáticas que tenga una empresa o institución real.
“En nuestra Institución el estudiante tiene un perfil de ingreso definido y conocemos sus brechas de aprendizaje.
En el proceso de enseñar-aprender intervienen una amplia gama de funciones, entre otras: cerebrales motoras, cognitivas, memorísticas, lingüísticas y prácticas.
La asociación e interacción de estas funciones es lo que nos permite llegar al nivel conceptual, nivel que posibilita la abstracción, los razonamientos y los juicios.
El ABP se fundamenta en el paradigma constructivista de que conocer y, por analogía, aprender implica ante todo una experiencia de construcción interior, opuesta a una actividad intelectual receptiva y pasiva.
En este sentido, Piaget afirma que conocer no consiste en copiar lo real, sino en obrar sobre ello y transformarlo (en apariencia y en realidad), a fin de comprenderlo.
El aprendizaje consiste en un proceso de reorganización interno.
Con la gestión del conocimiento se busca que el estudiante adquiera las estrategias y las técnicas que le permitan aprender por sí mismo; esto implica la toma de conciencia de la asimilación, la reflexión y la interiorización del conocimiento para que, finalmente, pueda valorar y profundizar a partir de una opción personal.
La práctica reflexiva permite razonar sobre problemas singulares, inciertos y complejos.
Schön concluye que los principales rasgos de la práctica reflexiva están en el aprender haciendo, en la teorización antes que en la enseñanza y en el diálogo entre el tutor y el estudiante sobre la mutua reflexión en la acción.
El ABP posibilita la construcción del conocimiento mediante procesos de diálogo y discusión que ayudan a los estudiantes a desarrollar habilidades transversales de comunicación y expresión oral, al mismo tiempo que también desarrollan el pensamiento crítico y la argumentación lógica, para la exploración de sus valores y de sus propios puntos de vista.
La adaptación a los cambios viene dada por las habilidades adquiridas al afrontar las situaciones/problemas desde la perspectiva de la complejidad de los mismos.
Ya no se trata de aprender muchas cosas, sino que se busca desarrollar la capacidad de aplicar y de aprehender lo que cada uno necesita para resolver problemas y situaciones de la vida real.
El docente en el ABP adopta diferentes roles; el principal es el de tutor que facilita y fomenta en el estudiante las actividades de reflexión para que identifique sus propias necesidades de aprendizaje.
Es posible que no todos los docentes posean las capacidades y las habilidades necesarias para obtener los resultados deseados a la hora de poner en práctica este método.
Por eso tanto la formación como la motivación del tutor se convierten en herramientas fundamentales para poner en práctica con éxito el método ABP.
El discente es el elemento central dentro de un proceso sistemático que será lento pero posible y que tendrá como resultado el cambio, tanto de la concepción del aprendizaje como de la actitud frente al mismo.
Este método promueve el desarrollo del pensamiento crítico y creativo, la adquisición de habilidades interpersonales y el trabajo en colaboración. Teniendo en cuenta que el ABP conduce a la formación de habilidades y competencias, un primer paso para la implantación del mismo dentro de una disciplina pasa por la definición del perfil y las competencias profesionales de la misma.
Aunque no es fácil ponerse de acuerdo en una definición común del concepto de Competencia, sí parece haber consenso en que dicha noción está más relacionada con el campo del Saber Cómo que con el campo del Saber Qué.
Un arquitecto no selecciona los materiales ni establece las fechas de programación para realizar una construcción hasta no tener los planos (objetivos) de la edificación.
Un objetivo siempre debe decir lo que se espera que el estudiante pueda realizar.
El objetivo describe algunas veces el producto o resultado de lo que se hizo.
En el ABP, la evaluación se constituye en una herramienta por medio de la cual se le otorga al estudiante la responsabilidad de evaluar su proceso de aprendizaje y de formación.
Esta práctica comporta un cambio sustancial en relación con el método tradicional.
El valor de la evaluación en el ABP es el de contemplar la evaluación individualizada, cualitativa y formativa.
La evaluación formativa, como columna vertebral de una docencia centrada en el estudiante, comprende la autoevaluación, la de sus pares y la del tutor.
La autoevaluación, como procedimiento valorativo, le permite evaluar, orientar, formar y confirmar el nivel de aprendizaje de cada una de las unidades.
Además, le proporciona ayudas para descubrir sus necesidades, la cantidad y la calidad de su aprendizaje, las causas de sus problemas, las dificultades y los éxitos en el estudio.
La evaluación por pares le permite al estudiante recibir retroinformación sobre lo que es incapaz de conocer sin la visión de los demás (la parte desconocida por el yo y conocida por los otros de la Ventana de Johan).
La evaluación del tutor le permite a éste emitir juicios acerca del nivel alcanzado y de la calidad del aprendizaje logrado.
Por otro lado, la evaluación sumativa o de certificación debe tener en cuenta los conocimientos que el estudiante ha adquirido, las habilidades que ha desarrollado y las actitudes que ha modelado.
En el ABP se trabaja en grupos pequeños, de entre 8 a 10 estudiantes más un tutor.
El punto de partida es una situación/problema.
Una vez que los estudiantes la han analizado, formulan preguntas y/o generan hipótesis explicativas, revisan los conocimientos previos que poseen y determinan sus necesidades de aprendizaje.
Partiendo de los objetivos previamente establecidos por la institución, los estudiantes desarrollan estrategias de búsqueda de información que les permitan alcanzar dichos objetivos.
A través de estas preguntas se desprenderán hipótesis explicativas de la situación.
A partir de aquí, los estudiantes revisarán qué conocimientos previos poseen y cuáles son sus necesidades de aprendizaje para poder explicar las hipótesis planteadas.
El conocimiento obtenido de las diversas fuentes consultadas es analizado de manera crítica, se discute y se pone en común en el grupo tutorial; aquí confrontan la información que han seleccionado con la que ya tenían y vuelven a examinar el problema para identificar nuevas necesidades de información.
La evaluación es formativa.
Se realiza al final de cada sesión de tutoría y, más exhaustivamente, al final de un situación.
En esta última sesión se evalúan los objetivos de aprendizaje alcanzados, tanto los institucionales como los propios de cada estudiante.
Se evalúan las habilidades de aprendizaje, los principios y conceptos que se han discutido (cuestionando su aplicabilidad o no a otras situaciones), la dinámica del grupo, las habilidades comunicativas, la participación, la responsabilidad y el respeto.
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