Trazar líneas en el arte contemporáneo es un ejercicio que remite a ese momento primario en que algo se demarca. Trazar líneas en el arte contemporáneo es un enunciado amplio y abierto que me permitió no tener que instalar una hipótesis desde el título. Una línea en el arte contemporáneo es mínima si pensamos en sus infinitas posibilidades, porque -como más de alguna vez hemos escuchado- cualquier cosa puede ser arte.

Este texto, presentado públicamente en abril pasado, es el resultado de una lectura a las obras que dan forma a la exposición de grado de la Escuela de Arte UDP, Carácter 2021, pero también es una lectura al contexto artístico en el que se insertan, puesto que me parece importante vincularse tanto con las obras como con las condiciones de su producción y recepción.

Una obra de arte contemporáneo está siempre inserta en una trama desde el momento de su concepción, ya sea en el taller formativo o el taller a secas, porque las obras no se corresponden con ideas inéditas, sino que son producto de un trabajo material y reflexivo.

En el marco del Encuentro Internacional Prácticas Desobedientes. Ecologías Afectivas, que se llevó a cabo en la ciudad de Concepción en marzo pasado, participé en la creación colectiva de una acción de arte. Mientras discutíamos ideas sobre qué hacer, pensaba que gran parte de las sugerencias que aparecían ya las había visto, inclusive las ideas que venían a mi mente eran parte de repertorios que ya conocía como performances.

La repetición no es un problema en sí mismo, de hecho, nociones como lo novedoso o único quedaron obsoletas para pensar el arte contemporáneo, debido a su propia configuración que desdibuja las disciplinas e incorpora lo extra-artístico. No obstante, sí se vuelve un desafío generar obras interesantes capaces de interpelar a les espectadores.

Hablar de lo interesante me resulta sugestivo y necesario de ser relevado por sobre parámetros como el de la originalidad o calidad, los que, si bien han sido desmantelados por la teoría crítica, siguen primando en un sentido común tradicional de lo que es el arte. “Esta expansión [de formas, materias y procesos para la producción artística] abre la crítica también, tal como su propia lógica lleva a Judd a esta infame posición vanguardista: «Una obra de arte únicamente necesita ser interesante». Aquí, conscientemente o no, el interés es enfrentado a la emblemática gran calidad greenbergiana.

Mientras que la calidad se juzga en relación con los niveles no solo de los maestros antiguos sino de los grandes modernos, el interés lo provoca la puesta a prueba de las categorías estéticas y la transgresión de las formas establecidas. De allí también que la frase “eso lo podría haber hecho un niño” siga repitiéndose entre el público general. Volviendo a lo interesante, este concepto se instaló a partir de las nuevas materialidades que se incorporaron en la producción artística a mediados de los cincuenta y apunta al “desbaratamiento epistemológico”, es decir, a la capacidad de las obras para entregar otras categorías analíticas que nos permitan relacionarnos con los fenómenos, la historia o la vida cotidiana de maneras que no habíamos visto por nosotres mismes.

Otra idea para revisar cuando pensamos en las obras de arte contemporáneas es la de repetición o copia, ya que este fue un parámetro bajo el cual se subordinó, desde la historia del arte hegemónica, la producción artística latinoamericana. Esta nos dice que las vanguardias sucedieron en Europa y Estados Unidos, mientras que la experimentación artística en América del Sur no fue más que un remedo. La historiadora del arte Andrea Giunta se encargó de desmontar este modelo a partir de una investigación profunda que, con obras y documentos, demuestra que no había tal supeditación, sino que simultaneidad, habilitada por la propia obra que condensa y abre un mundo específico en su creación. Este modelo de “Vanguardias simultáneas” desmiente la dependencia del arte latinoamericano y pone en valor sus propias experimentaciones.

Hace unos días, en una inauguración, compartí con varias personas, entre ellas estaba la artista Katherina Oñate y la curadora independiente Valentina Gutiérrez, quienes no se conocían. Luego de un rato, Katherina mostró al grupo el registro de una de sus obras en su teléfono; se trataba de Transgresiones domésticas del 2019, una gran tela similar a una cortina en la que la artista deja varias marcas con una plancha caliente. Su intención era evocar una micro desobediencia en el espacio doméstico, al quemar la tela por descuido o por hastío. Posterior a eso, Valentina nos mostró la obra de la artista colombiana María Teresa Cano, quien en 1983 realizó Calor de hogar, que consistía en una quemadura de plancha en una tela enmarcada, con un formato pequeño acorde al tamaño de la marca.

En esta misma línea, hay otro asunto que observé recientemente. En el año 2021, ganó el concurso Memoria Identidad de Galería Metropolitana el proyecto Galería Suple. Esta galería se ubica en distintos lugares como paraderos o rejas de Pedro Aguirre Cerda y delimita un espacio con malla rachel para exhibir obras como pinturas o grabados. Su propuesta para el concurso fue construir dentro de Galería Metropolitana un recorrido con la misma malla y exhibir registros de suples, soluciones que la gente crea para resolver algún problema doméstico. Este año, el colectivo Trabajos de Utilidad Pública - TUP lanzó su libro Hechizos. Por mientras para siempre, que recoge un trabajo iniciado en el 2006 y que apunta a lo mismo que Galería Suple: suples o hechizos que se encuentran por las calles de Santiago.

Aquí vemos como la simultaneidad opera nuevamente. Los jóvenes artistas de Suple no conocían Hechizos, y creo que la razón radica en que la historia del arte reciente chileno no se enseña: lo importante, es que ahora están en sintonía con esa propuesta que es anterior y hermana.

Entender que el arte es un espacio descentrado y heterogéneo no es un proceso sencillo. Los resabios de lo que fue una concepción hegemónica y universalizante, en la que la producción artística se correspondía con ideas trascendentales, continúa vigente. La ruptura de las concepciones modernas que regían al arte, son también desmanteladas por la historia del arte y la crítica feminista. La noción de genio, cuya genealogía es únicamente masculina, da cuenta de la concepción patriarcal que rigió al arte por muchos siglos, y que probablemente sigue presente en algunos lugares.

El feminismo evidenció que la feminidad y lo femenino se configuran en el lenguaje, las representaciones y la cultura en general. Respecto al arte contemporáneo, suelo volver a las palabras de la crítica feminista Laura Cottingham quien señala que existe un corrimiento en el arte contemporáneo, donde la intencionalidad del artista respecto a su obra, es decir, las ideas desde las cuales la construye, no se condicen necesariamente con lo que el espectador percibe a partir de la misma. Ella utiliza el siguiente ejemplo: una artista puede decir que su obra es feminista y, sin embargo, ella al ver la obra puede no entender desde qué lugar la artista afirma ese feminismo, porque no hay algo de lo que ella (Cottingham) entiende como tal. Del mismo modo, une artista que no se considera feminista puede ser leída en tal clave, porque su propuesta al elaborar la obra no cierra los sentidos que esta evoca en el otro.

La escritora y activista bell hooks también explora este asunto, aunque en términos generales, al plantear lo siguiente: «La posesión de un término no hace que el proceso o la práctica surjan; al mismo tiempo se puede estar teorizando sin nunca saber-poseer el término, del mismo modo en que podemos vivir y actuar en resistencia feminista sin nunca usar la palabra feminismo»[2].

Para adentrarnos en las obras de Carácter 2021 propongo recurrir al corrimiento presente en éstas, ya que mi lectura surge desde ese lugar y es, por tanto, abierta frente a un grupo de 35 artistas y un número mayor de obras, puesto que varios proponen un conjunto. Es importante destacar que las obras no son buenas o malas, son lugares de convergencia en los que quienes observamos o interactuamos terminamos de completar un trabajo que siempre se vuelve a abrir.

Estas obras que se reúnen en una web fueron montadas, pero no todas juntas. Imagino una exposición de más de 35 obras en un espacio y probablemente en algunas me detendría menos de un minuto, porque ver 35 obras de una vez es intenso. La pantalla y las exposiciones virtuales que se masificaron con la pandemia tienen un lado positivo; es cierto que las materialidades de las obras y cómo se disponen en el espacio es fundamental, pero la pausa de revisar al ritmo que se necesite, conocer los procesos de les artistas y tomar apuntes con la comodidad de tu computador es un plus y, al mismo tiempo, una nueva experiencia. Sin duda el registro del montaje, incluido en la web, aporta a imaginar la obra y sacarla del plano de la pantalla. Los videos, en tanto, al compartir el medio, es decir, la pantalla con el computador, “ganan” porque pueden ser vistos en detalle.

Así, abordando este nuevo escenario escribí sobre la 12ª Bienal de Mercosur, que tuvo que realizarse online por la pandemia, y sobre la exposición Pensar todo de nuevo, ambas curadas por Andrea Giunta. También, junto con Seba Calfuqueo, curamos virtualmente Deseo como emancipación, muestra de las artistas Paula Baeza Pailamilla, Paula Coñoepan y Astrid González, para la galería Balmaceda Arte Joven, y la terminamos exhibiendo en una web. Con esas experiencias me adentro en Carácter 2021.

Una de mis inquietudes previo a la revisión de las obras, era que no por el hecho de estudiar juntes tenían que haber vínculo entre ellas, por tanto, no quería hacer relaciones forzadas. Por lo mismo, creo que es importante plantear que las exposiciones “Carácter” no son curadurías, sino que una instancia para exhibir las primeras obras de estos artistas. Las curadurías implican la creación de la muestra en una lectura previa que reúne a esas obras, por lo que es un procedimiento diferente, ni mejor ni peor, solo diferente.

Una vez vistas las obras, creo que fue un poco reactivo pensar que no habría cuestiones comunes, puesto que son artistas que además de compartir una formación comparten también una época, un contexto social, una generación que se erige a partir de subjetividades comunes.

La infancia es una temática recurrente en distintas obras, que se traduce de maneras muy diversas, en algunas como un recuerdo que permitió configurar un imaginario y en otras como un recuerdo al que es difícil volver. Javiera Pinto presenta Ensoñación, una serie de pinturas sobre distintos soportes que refieren al animé y a su relación con la tecnología de su época. Hay dos cuadros en los que me quiero detener. En uno de ellos vemos a una escolar que reposa plácidamente sobre un computador y en el otro sobre una tele con los cables que la conectan a una consola o DVD -quizás más que reposar, los abraza.

Estas imágenes me llevaron a mi infancia también, donde llegar del colegio significaba poder abstraerse viendo tele o conectarse al computador para chatear con amigues. En esta línea encontramos también Es todo, amigos, de Daniel Guajardo, que, en diversos medios como la pintura o el video, muestra elementos de la cultura pop que construyeron su imaginario desde niño. El modo en que Javiera postula su trabajo es totalmente distinto al de Daniel, no obstante, comparten una raíz común entre infancia y diversión. Creo que esa diferencia radica en las subjetividades femenina y masculina -construidas socialmente- que moldean las obras.

Mientras Javiera habla de un viaje personal e íntimo, Daniel instala sus recuerdos en una reflexión sobre la estética pop, tópico ampliamente explorado por el arte contemporáneo, en la continuidad de un tema que tiene larga data. La construcción de lo femenino siempre está volcada a lo íntimo, mientras que a lo masculino le corresponde lo público, en este caso la propia historia del arte. Cabe mencionar que estas subjetividades no responden necesariamente a que estén signados como hombre y mujer, ya que perfectamente puede una bio-mujer estar en sintonía con una subjetividad masculina y viceversa. En diálogo con estos dos trabajos se encuentra la instalación de Lizbeth Maltés, quien propone retroceder el tiempo a través del colorido y los juguetes. Ella es protagonista de algunas de sus obras, ya que se inserta digitalmente, vestida de Dorothy, en distintas locaciones donde la vemos cantar o llorar rodeada por juguetes.

La obra de Lizbeth apuesta por una manera mucho más lúdica de llevarnos a la infancia, sin nostalgia ni reflexiones sobre lo pop. Lukas Padilla en tanto, propone un dibujo digital que nos cuenta una historia a través de un mono como protagonista. Padilla también declara que lo hace motivado por sus recuerdos de infancia, no obstante, él no está representado y su creación no me permite reconocer referencias, lo que sí sucede con el trabajo anterior. Creo que, de no haber sido por la lectura a la memoria de Lukas, no habría pensado en la infancia como motivación de su corto animado. Su contenido y ejecución me llevó más bien a pensar en una parodia sobre los traumas y exigencias en la sociedad actual. Esto me permite vincularlo a la obra de Santiago Gallego, quien construye también un personaje digital, esta vez mediante la animación 3D. El personaje tiene algo de animé y en el video lo vemos en un espacio cotidiano, viendo tele hasta dormirse y despertar cuando ya ha terminado la programación. Entremedio, Santiago nos hace acceder a sus sueños, sueños perturbadores que hacen que la protagonista se despierte exaltada. Siguiendo con la infancia, pero en un límite entre lo lúdico y lo traumático, está Restos de lo que fue un niño, de Pietro Fergnani. Su instalación -que está conformada por múltiples elementos- reproduce, también a través del colorido, juguetes y superhéroes que constituyeron su niñez, aunque inserta los temores. Recuerdo varios de mis miedos de niña al ver la obra, particularmente con la serie Los escondidos, que muestra personajes en las sombras montados sobre una escalera azul pintada al muro, que remeda las escaleras de los dibujos animados.

La pintura Eventual es una representación de un niño borrado por manchas negras que me pareció una interesante ilustración de la dificultad para atrapar completamente los recuerdos. Esta dimensión es explorada por Vicente Rueda en el video de animación 2D Juan se acuerda de su dinosaurio, que evoca a los dibujos básicos que realizan les niñes. Vicente habla del trauma como motor para el desarrollo de su obra, de allí que, a mi juicio, la narrativa del video sea enigmática y se centre en el dinosaurio, cuando identificamos también que hay una problemática mayor que no ha sido dicha.

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