Las desgracias del género humano excitan al mismo tiempo las blasfemias del impío, la confusión del necio, y las meditaciones del filósofo.

El primero acusa a la Providencia de crueldad, viendo al hombre lleno de necesidades y miserias, obligado a un penoso trabajo, y expuesto a tantos males como nos cercan en el mundo: cada día que pasa por nosotros es un nuevo dolor, una nueva necesidad, un nuevo trabajo.

¿Para qué venimos al mundo, sino para sentir lo pesado de la existencia, para desear la muerte a cada instante, y para maldecir la luz que nos hace ver nuestras necesidades? Así discurre el impío, echando al ser Supremo la culpa de sus males.

El necio solo suma sus necesidades, las abulta demasiado en su imaginación, cuenta los días de su vida; y viendo en su cálculo que son muchos los trabajos bajos, y que la felicidad no está tan próxima como quisiera, se abandona a su dolor, y se confunde en su miseria.

El filósofo se hace cargo de su situación, la examina atentamente, conoce que no es tan lisonjera como él pudiera pintársela; pero vuelve los ojos a la naturaleza, medita sobre la perfección de sus obras, y pasando insensiblemente de una verdad en otra, se persuade al fin de que sus trabajos son en realidad un don de la naturaleza, un freno de sus pasiones, un estímulo a la virtud, y un principio benéfico de la felicidad de los pueblos.

La Constitución del Hombre y sus Necesidades

Consideremos al hombre en todas sus situaciones, y comparemos sus necesidades con los auxilios que le presta la naturaleza. Comencemos a examinarlo desde la cuna y sigamos con él hasta el sepulcro.

Apenas sale del útero materno, cuando la impresión del aire le arranca los primeros gemidos. Esta situación la describe sabiamente el inmortal Buffon, cuando dice: “que el niño recién nacido es una imagen viva de la miseria y del dolor; y que por la debilidad en que nace, parece que la naturaleza le quisiese advertir, que si viene a contarse entre los individuos de la especia humana, es para participar de sus penalidades y miserias”.

En la infancia somos las criaturas más desvalidas: ni podemos socorrernos, ni conocemos los medios para gobernarnos; cada paso es un peligro y a cada instante se multiplican los riesgos.

Antes de entrar en la pubertad, esto es, antes de los catorce, o diez y seis años, en que la naturaleza ha dado a nuestros cuerpos todo el incremento necesario para perfeccionarlos, ya nos encontramos con la robustez y fuerza conveniente para auxiliarnos con nuestros propios miembros, y buscar con nuestras fatigas el remedio de nuestras necesidades.

En la primera época de nuestra vida, cuando parecemos más infelices, entonces es cuando la naturaleza se muestra más próvida, más afable y cuidadosa. Un licor suave, nutritivo y conveniente a nuestra constitución, que hasta el momento del parto negó a los pechos de la madre, viene entonces abundante, y dura alimentándonos hasta que estamos capaces de servirnos de los dientes.

Encontramos en la que nos dio el ser todo el cariño, la paciencia, y el desvelo que exige nuestro estado.

La Necesidad de Trabajar

Ahora, pues, consideremos como la madre naturaleza tomando sobre si nuestras necesidades en el tiempo de nuestra impotencia para socorrernos, nos abandona a nosotros mismos cuando ya podemos auxiliarnos.

La razón y la fuerza nos anuncia, que podemos buscar lo que necesitamos, y que ya nos son inútiles el abrigo y socorro que nos dio gratuitamente al principio de la vida el autor de la existencia: nos vemos obligados a un trabajo incesante y conocemos la necesidad de socorrernos mutuamente.

En la infancia tuvimos todo el tiempo necesario para aprender a manejarnos, vimos el modo con que nuestros mayores se proveían de lo que necesitaban, y con la frecuencia de las operaciones tomamos el hábito de hacerlas.

Nada nos falta para hacernos felices: en nuestra mano estará el serlo; pero solo tendremos para conseguirlo el pequeño trabajo de consultar a la naturaleza en todas nuestras necesidades.

Así como el Autor del Universo decoró el cielo con la multitud innumerable de astros, que sirven al atribulado navegante para dirigir su incierto rumbo en medio de las tormentas y de los naufragios, así también ostentó su poder, su grandeza, su sabiduría en las producciones de la tierra que mudamente nos imponen de nuestros deberes, y nos guían con un impulso insensible a la felicidad de la vida.

No hay obra de la naturaleza que no nos hable a todos los sentidos; pero son raros los hombres que escuchan estas voces tan enérgicas; viven casi todos fuera de sí mismos, y no atienden a otra cosa que a la sensación fugitiva del momento.

Si examinásemos todos nuestra constitución, conoceríamos que exigiéndonos la naturaleza un trabajo diario aunque parezca penoso, nos pone con él a cubierto de los males físicos y morales, que atacan a la salud y las costumbres de los pueblos.

La agricultura es el primer ejercicio que se nos presenta a la vista. Veamos un campo sembrado de mil yerbas que nadie cultiva, pero que siempre se mantienen lozanas: allí hay árboles y frutas que solas se producen; ni entre las plantas se ve el trigo, ni los frutales son agradables al gusto.

¿Por qué no se produce pues el trigo con la misma facilidad que la maleza? ¿Por qué no le producen unos árboles tan duraderos como el cedro, el pino, o el laurel, que diesen una serie de cosechas continuadas por centenares de años, sin que los hombres nos fatigásemos en cultivarlos?

Cosa muy fácil le hubiera sido al Omnipotente ordenar que el algodón, el lino, el cáñamo, la seda, saliesen de la vividora encina, o de la secularia ceiba; y de esta suerte nos libraba de la pensión de arar, regar, cosechar, y beneficiar todos los años, lo mismo que el primero.

La tierra pudiera estar cubierta de telas que nos sirviesen de abrigo: los bosques podrían suministrarnos los granos que nos alimentan; pero no es así.

¿Y acaso habrá padecido algún descuido el Autor de la Naturaleza en ordenarlo de esta suerte? Aquel Artífice Supremo, que supo concentrar el movimiento de los astros, encerrándolos en los límites de sus órbitas: que ordenó tan admirablemente los cuatro tiempos del año, dirigiendo la lluvia, y el calor en la estación conveniente; que creó la vasta extensión del mar con una valla invisible, para que no inundase la tierra; y en fin, cuyas obras son la misma sabiduría, no podría jamás errar la dirección de una línea.

Él condenó al género humano al trabajo de la tierra para alimentarse, para vestirse, para disfrutar comodidades en la vida: él le enseñó los medios de satisfacer estas necesidades: él puso al hombre en medio del campo; le mostró las producciones que necesitaba: le aseguró el éxito feliz de sus labores, y le dijo: “Acabad vos con los auxilios que os he prestado lo que falta a mis obras para vuestro servicio”.

El Origen de la Agricultura y de las Artes

Considerémonos, como dice Plinio, desnudos sobre la tierra, expuestos al frío, al calor, a la humedad, y a los choques de los demás cuerpos que nos rodean por afuera, y fatigados del hambre y de la sed que interiormente nos afligen.

Bien pronto buscaríamos los arbitrios para cubrirnos, refrescarnos, y aliviar las demás necesidades: haríamos mil pruebas sobre cada objeto, y al fin hallaríamos lo que buscásemos con anhelo, y el tiempo perfeccionaría los descubrimientos.

Esto es lo que ha sucedido y lo que sucederá siempre en el mundo: la necesidad apura, el entendimiento discurre los remedios, y el tiempo pule las obras que al principio fueron imperfectas.

La necesidad de alimentarse fue el origen de la agricultura; las intemperies dieron motivo a fundar los principios de la arquitectura; la desnudez fue causa de que se discurriese en hilar lana, reducir las plantas a filamentos suaves y consistentes, tejer los hilos entre sí, y formar al fin una cubierta que resguardase nuestra piel.

Lo mismo sucedió con respecto a todas las artes que llamamos mecánicas, y aún con las otras que titulamos liberales.

La agricultura, que es el primer auxilio del hombre, debe ser también el primer objeto de nuestras atenciones. Trasladémonos en este momento al campo de donde extraemos casi todas las materias de las artes.

De aquí sacaron nuestros padres los alimentos que contribuyeron a nuestra formación; de manera que antes de existir, ya fuimos obligados por los beneficios de la agricultura. Los granos, las frutas, las carnes, los lienzos, las medicinas, los regalos, todo lo encontramos en el campo.

Por esto dijo Jenofonte, que la agricultura era la madre de todas las artes; pues acercándonos lo bastante a todas ellas, advertimos que no hay una que pudiera existir sin que el campo hubiese contribuido con muchas producciones.

Las mismas artes liberales, las mismas bellas artes son dependientes de la agricultura. La escultura necesita primero del bruto tronco, que del formón y del escoplo: la pintura pide primero una tabla, o un lienzo, que el pincel y los colores; la arquitectura exige andamios, vigas, puertas y otra porción de partes, que dan los bosques, y están al cuidado de los labradores.

La Necesidad de Aprender el Cultivo de la Tierra

La agricultura, pues, es el arte que hace producir a la tierra los frutos que necesitamos, y multiplica la clase de animales útiles para el cultivo, y para las demás necesidades del hombre.

La naturaleza en sus producciones guarda unas reglas invariables, y tan constantes en el campo, como en la mar, en el aire, y en el cielo. Estas reglas, o estos conocimientos no se pueden adquirir sin estudio y sin aplicación; así como el físico no puede conocer la pesantez del aire sin estudiar la aerostática, ni las propiedades del agua sin la hidráulica, ni el curso de los planetas sin la astronomía.

Persuadido de esta verdad Columela, dirigió en una carta sobre la agricultura a sus paisanos estas expresiones dignas de notarse: “Buscáis, les dice, maestros que os enseñen a hablar con elocuencia, que os formen bailarines y músicos; aprendéis cuantas frivolidades hay en el mundo; sólo el arte más necesario a la vida, el arte que más se acerca a la sabiduría, ni tiene discípulos, ni maestros.

La tierra que sirve al agricultor debemos considerarla, como es en realidad, un cuerpo físico compuesto de muchas combinaciones de los elementos, con infinitas virtudes ocultas a los ojos del ignorante, y solo perceptibles a la vista del estudioso observador.

Esta diversa combinación es la que hace la variedad de los terrenos, y la que pide las primeras indagaciones del hombre, para que con conocimiento del suelo observado dirija las demás operaciones convenientes al cultivo.

Cada especie, y cada género de árboles y plantas, como han observado los naturalistas, exige una distinta combinación de sales, jugos grasos, oleosos, y demás modificaciones de los elementos; teniendo tan íntima analogía las pequeñas partículas de tierra con las otras partes de las semillas de los árboles y plantas, que sin ella nada se podría producir.

Además de la combinación de la tierra necesitan las plantas de un temperamento atmosférico conveniente a cada especie: unas piden la impresión fuerte del aire, otras un grado de calor más activo: la tierra, y el agua debemos considerar como la materia de los frutos, y el aire y el fuego como los agentes de la vegetación.

¿Cómo podrá el agricultor corregir el defecto, o el exceso de su tierra, no conociendo las partes de que se compone? ¿Cómo podría conocer la causa de la esterilidad, no sabiendo en lo que consistía? Muy bien podría suceder, y esto sería lo más natural, que pretendiendo remediar el daño, no hiciese más que aumentarlo.

¿Cómo podría proveerse de los abonos convenientes, sin saber sus virtudes, ni la calidad de ellos que exija la tierra? Podría suceder también que el abono de que se usase, fuese más perjudicial, empeorando con él el terreno.

Esto no tiene remedio; un arte tan complicado, tan vario y tan interesante, debe tener maestros que lo enseñen, y discípulos que lo aprendan; y no en vano se han escrito tantos folios sobre esta necesidad y conveniencia.

Sólo yo, que no me tengo por un literato noticioso, he visto librerías llenas de buenos autores que han escrito preceptos de la agricultura; aunque a la verdad no he visto todavía en América, habiéndola corrido casi toda, una ciudad donde haya un colegio de labradores.

Ya me parece que oigo una objeción que me ponen los amigos indiscretos de la América; dirán que aquí no es necesario el estudio de la agricultura, porque todas las tierras son fértiles, y que solo en Europa, donde aquellas están cansadas de tanto beneficio, podrá tener lugar el aprendizaje de fertilizarlas; pero permítanme estos americanos decir, que este reparo sólo nace de la ignorancia en que vivimos.

La tierra tanto peca por demasiada cantidad de frío, como por exorbitante porción de calor, y lo mismo le perjudica la abundancia de jugos nutricios, que la escasez: las muchas sales, la desproporción de materias glutinosas, dan al terreno una feracidad aparente, que aunque hace crecer la planta muy frondosa, no da al fruto la consistencia y tamaño conveniente.

Pero sin embargo de que es un absurdo creer que nuestras tierras no admiten mejora por medio de una enseñanza prolija, para alterar su composición natural, quiero consentir en esta opinión injusta por un momento; y sostengo que aún cuando nuestros labradores no necesitasen de este estudio, porque todos los terrenos fuesen igualmente acomodados a todos los árboles y plantas, (disparate inaudito) no por eso los podemos considerar en estado de saberlo todo y libres de la pensión de aprender.

Pudiera suceder alguna, o muchas veces, que el rústico agricultor encontrase un campo con tres o cuatro calidades de tierra, propias para producir otras tantas especies de plantas análogas al temperamento: que acertase por casualidad en destinarle a cada una aquella área del terreno que le correspondía: que tuviese también el tino necesario para dirigirle los riegos y retirarle el agua, cuando conviniese; ¿lo habría conseguido todo? No por cierto; todavía su ignorancia en lo restante del cultivo podría serle más perjudicial que en los principios.

Fothergill demuestra con bastante precisión la necesidad de los principios químicos aplicados a la agricultura y a la economía rural, y hace ver claramente, que además de la combinación de las sustancias que hay en el seno de la tierra, cuyo conocimiento e inspección pertenece a la Química, es esta de una necesidad absoluta para proporcionar los medios seguros de libertar el grano de la niebla, y destruir los reptiles y la multitud de insectos que dañan los frutos, las simientes, y las mismas plantas: así mismo prueba, que aún después de cogidos los frutos en su perfecto estado de madurez, debe el labrador aplicar los mismos principios para conservarlos y precaverlos de la corrupción.

¿Cómo pues nos persuadimos con tanta facilidad de la sencillez de las operaciones agrarias, cuando constan de tan complicados principios?

Inclusión Laboral y Superación Personal

El 15 de abril de 2002, la Comisión de Constitución del Senado consideró que, en armonía con los planes desarrollados en apoyo a las empresas para generar empleos, se requiere eliminar los obstáculos que impiden a la gente acceder a la oferta de trabajos existentes o que se pudieran generar en el país.

Para no socavar las bases del sistema de información de antecedentes comerciales, propone limitar el tiempo durante el cual se pueden comunicar los datos.

La Dirección del Trabajo considera que la iniciativa ayudará a evitar la práctica empresarial de exigir antecedentes comerciales de los postulantes a un empleo.

El 17 de abril de 2002, en el Diario de Sesión, se discutió el proyecto de ley sobre modificaciones a la ley Nº 19.628, que regula la protección de la vida privada, y al artículo 2º del Código del Trabajo, en cuanto a favorecer la reinserción de las personas desempleadas. El senador ponente indicó que beneficiaría a cerca de 700 mil personas que se encontraban en dificultades por no haber pagado sus créditos o deudas en un momento difícil para la economía nacional.

Un caso ejemplar de superación es el de un trabajador que sufrió un accidente laboral en 1996, perdiendo su brazo derecho. Tras un periodo de rehabilitación, logró reintegrarse a su trabajo y posteriormente encontró un nuevo empleo donde rehabilita a otras personas con discapacidades. Su historia es un testimonio de resiliencia y la importancia de la inclusión laboral.

Este trabajador comparte su experiencia para motivar a otros, instándolos a no esconderse y a buscar apoyo en sus familias y comunidades. Su mensaje es claro: uno no es discapacitado, sino que tiene una condición diferente, y con esfuerzo y perseverancia se pueden superar las barreras.

Además, participa en campañas de prevención de accidentes laborales, transmitiendo la importancia del cuidado personal y mutuo en el entorno laboral.

En consonancia con estos esfuerzos, el proyecto de ley busca proteger a las personas desempleadas de la discriminación laboral basada en su historial financiero, prohibiendo a los empleadores condicionar la contratación a la ausencia de deudas.

En el artículo 2º introducido por la Comisión, se incorpora como norma permanente del artículo 2º del Código del Trabajo un inciso sexto, nuevo, que expresa: "Ningún empleador podrá condicionar la contratación de trabajadores a la ausencia de obligaciones de carácter económico, financiero, bancario o comercial".

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