Aunque el recientemente fallecido Ricardo Claro logró reconocimiento por sus éxitos empresariales, la fama pública le llegó con el Kiotazo que hundió en 1992 a Sebastián Piñera y Evelyn Matthei. Esa no fue la primera ni la única operación en la que participó para influir en la política nacional y en beneficio de sus negocios.

Ya en 1983 conspiró con la oposición al régimen y consiguió llevar a prisión al entonces yerno de Pinochet, Julio Ponce Lerou. CIPER logró que distintas personas relaten cómo el dueño de un holding de empresas y medios guardó y usó información privilegiada para lograr sus objetivos.

Dueño de un consorcio de medios de comunicación, entre varias otras empresas avaluadas por revista Forbes en US$ 550 millones, Claro se jactaba de ser uno de los hombres mejor informados de Chile.

Inicios y controversias

En 1956, una década antes de irrumpir en el mundo de los negocios, Ricardo Claro Valdés protagonizó su primera gran polémica pública. Tenía 21 años y adscribía a la Juventud Conservadora cuando el joven estudiante de Derecho de la Universidad de Chile tuvo la ocurrencia de delatar a una compañera de curso por su militancia comunista.

El hecho, que fue recordado profusamente en el número 117 de The Clinic, no sólo condujo a la expulsión de Ricardo Claro de la Federación de Estudiantes de Chile, FECH.

El empresario exitoso

Las biografías publicadas tras su muerte hablaron del abogado implacable pero sobre todo del empresario exitoso. Del dueño de Sudamericana de Vapores, Elecmetal, Viña Santa Rita, Cristalerías Chile y Megavisión, entre otras empresas, que amasó la quinta mayor fortuna del país a partir de su actuación en el grupo “Los Pirañas”.

Formado junto a Javier Vial y Fernando Larraín, el grupo obtuvo el apodo por su afán depredador de especies mayores.

Las biografías también recordaron el carácter ultra conservador y antimarxista del empresario, aunque la mayoría obvió el hecho de que, poco después de que asumiera Salvador Allende la presidencia, Claro se radicó en Madrid.

Relaciones con Estados Unidos

Un dirigente de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa) de la época, que pide reserva de su nombre, cuenta que Ricardo Claro no sólo permaneció en Madrid y se dedicó únicamente a los negocios. En esos primeros meses de gobierno de la Unidad Popular, el abogado contribuyó a que dirigentes empresariales chilenos tomaran contacto con autoridades políticas de Estados Unidos.

“Esas misteriosas relaciones privilegiadas que Claro tenía con los norteamericanos eran una rara mezcla de política y economía empresarial”, señala el ex dirigente de la Sofofa, quien participó en algunas de las reuniones con los norteamericanos. “Para empezar, gente como Charles A. Meyer, el secretario adjunto para Asuntos Interamericanos, que había sido gerente de Sears. También el secretario del Tesoro y jefe del Consejo de Política Económica de Nixon, George Schultz.

-Fueron siempre de análisis e intercambio de información. Las gestiones de Ricardo resultaron muy útiles. Este es el origen de las versiones que vincularon al dueño de Megavisión con la CIA. Lejos de ofenderse, Claro parecía sentir un cierto orgullo cuando alguien sugería sus conexiones con los servicios secretos de Estados Unidos. A veces respondía con silencio y esa típica mirada suspicaz e intrigante. Otras, lo negaba abiertamente.

Colaboración con la dictadura

Unos días después del golpe de Estado, sin que nadie lo llamara, Ricardo Claro se ofreció a colaborar con el nuevo gobierno. Sus contactos con los militares eran a través de dirigentes de la Sofofa, que sabían de sus conexiones internacionales y lo recomendaron como asesor económico en el ministerio de Relaciones Exteriores. Sin descuidar sus actividades privadas, Claro se tomó muy en serio su tarea de asesor.

En 1976, en calidad de embajador especial en Pekín, logró el apoyo del gobierno chino para evitar una condena de Naciones Unidas contra Chile por violaciones a los derechos humanos. Y a mediados de ese mismo año, al asumir la coordinación general de la Sexta Asamblea de la OEA realizada en Santiago, gestionó la participación del secretario de Estado Henry Kissinger. Aunque se trataba de un gran reconocimiento, el asesor lo rechazó.

De todas formas, hasta principios de los ’80 fue un incondicional partidario de la dictadura. Sus vínculos al interior del gobierno eran vastos y profundos. Según El Mercurio, en un artículo publicado en 1992 a propósito del Piñeragate, “se ha dicho también que alguna ligazón ha mantenido con los servicios de seguridad, lo que nunca se ha podido demostrar”.

Influencia desde las sombras

En la época, Claro no pasaba de ser un actor de segundo o tercer orden en la política chilena. Ya sin cargo alguno en el gobierno, su influencia operaba desde las sombras, o bien, desde la columna semanal que tuvo a partir de 1979 en La Tercera.

En una de esas columnas, en septiembre de 1981, sorprendió al destacar la importancia de las reformas económicas que había emprendido el gobierno de la República Popular China. El análisis sobre lo que venía ocurriendo en China no sólo estaba confiado a lecturas. Desde entonces, el futuro controlador de la Compañía Sudamericana de Vapores (CSVA), la más globalizada de las empresas chilenas, estrechó lazos con autoridades y empresarios chinos.

Ya a partir de fines de los ‘70, cuando muy pocos apostaban por China, el empresario chileno movía sus piezas en ese sentido. -En ese tiempo recuerdo que Ricardo me comentó en más de una oportunidad que China sería el país del futuro, pese a sus limitaciones políticas.

Y junto con eso, aparte de predecir el desastre que se venía en la Unión Soviética, más tarde también anticipó la crisis asiática y la actual recesión en Estados Unidos. En más de una oportunidad también se jactó de haber predicho la recesión de 1982. Dijo incluso habérselo anunciado al general Pinochet en persona, sin que haya sido tomado en serio.

Ruptura con el régimen

Ese fue el punto de inflexión. El fin de su romance con el régimen. En 1982 el desafecto subió de nivel. La crisis económica estaba desatada cuando el columnista de La Tercera lanzó durísimas críticas contra el ministro Sergio de Castro, contra el conjunto de los Chicago Boys y, de paso, contra El Mercurio, al que calificó como “el periódico que incita a la destrucción sistemática de la economía del país”.

La columna se tituló ¡Basta! Censurado por el diario de su amigo Germán Picó Cañas, y en franco enfrentamiento con los gremialistas, estrechó sus vínculos con la oposición y llegó a declararse disidente al régimen.

El caso Ponce Lerou

El panfleto comenzó a circular a mediados de 1983, pocos meses después de que la columna contra los Chicago Boys fuera censurada. En resumidas cuentas, el folletín acusaba al yerno del dictador de haberse beneficiado de sus privilegiadas posiciones en la dirección de empresas públicas como Corfo, Conaf, Enami, Endesa, Soquimich y Compañía de Teléfonos, al tiempo que realizaba millonarias inversiones vinculadas a la actividad forestal y ganadera.

La primera de ellas significó la salida de Ponce Lerou de la gerencia de Corfo. La segunda consecuencia fue más mediática y sabrosa: entrevistado por revista Qué Pasa, donde por cierto negó las acusaciones, Ponce Lerou acusó a Ricardo Claro y al ex fiscal militar Alfonso Podlech (actualmente detenido en Roma por sus actuaciones como fiscal militar en Temuco durante la dictadura) de ser los autores intelectuales del libelo. Como autora material apuntó a la periodista Vivianne Schnitzer.

A la semana siguiente, en la misma revista, Ricardo Claro negó la imputación en los siguientes términos: “La opinión pública, que me conoce, sabe que cuando quiero criticar o atacar lo hago directamente, bajo mi firma, no obstante las amenazas de que he sido objeto”.

No hay certezas acerca de las motivaciones que pudo haber tenido el futuro dueño de Megavisión para embestir contra el yerno de Pinochet. Pueden haber sido cuentas pendientes con el general. Pueden también haber influido los intereses que Claro tenía en un fundo de Villarrica, zona donde operaba Ponce Lerou en sus negocios privados.

Al teléfono desde Estados Unidos, donde reside, la periodista Vivianne Schnitzer sostiene que Claro fue una de las personas que financió la investigación sobre Julio Ponce Lerou. “Nos contactamos a través de políticos de oposición de la zona y en una oportunidad nos reunimos en las cercanías de Temuco. Después no lo volví a ver. Hostigada por los servicios de seguridad del régimen, y arriesgando una condena por injurias, Schnitzer se vio obligada a abandonar abruptamente el país.

En esos días, la prensa de tribunales lo retrató “con una sonrisa de satisfacción y desafío”. De paso, recogió una provocación: “Me ha extrañado que el señor Ponce, que dice dar siempre la cara, no estuviera aquí (para el comparendo). Tenía al yerno de Pinochet contra las cuerdas y no lo soltó hasta que a fines de septiembre de 1983, transcurrido un mes de presentada la querella, el juez Carlos Botacci decretó la detención de Ponce Lerou.

Primicias en "Improvisando"

No pasó mucho tiempo antes de que volviera a encontrar tribuna. Tras el abrupto fin de su columna de opinión en La Tercera, el abogado fue integrado como panelista estable del programa “Improvisando”, versión radial del programa televisivo “A Esta Hora se Improvisa”. En ese programa, según recuerdan panelistas, Claro acostumbraba a llegar con carpetas de su archivo y cada cierto tiempo entregaba una que otra primicia.

Una de las más recordadas ocurrió en abril de 1986. En vivo y en directo, de manera sorpresiva, en un estilo que anticipó el Piñeragate, emplazó a Edgardo Boeninger a que explicara por qué la Democracia Cristiana mantenía reuniones secretas con el Partido Comunista.

“Ricardo Claro era de los que manejaba la mejor información en sentido periodístico, le gustaba impresionar con ella”, recuerda el periodista Jaime Moreno Laval, que oficiaba de conductor y director de prensa de radio Chilena. “Valoraba mucho el tener una buena información, lo mismo que un buen análisis, y él mismo era una muy buena fuente.

Moreno Laval recuerda haberlo visitado en sus antiguas oficinas de calle Moneda, sobre el desaparecido cine Windsor, para consultarle acerca de temas de actualidad política o económica. -Sabía perfectamente que lo escuchaban (los servicios de seguridad) y hasta bromeábamos con eso. “Ya pues, don Ricardo, súbase el volumen”, le decía.

El periodista también fue testigo de las carpetas que guardaba en su estudio de abogado y que más tarde trasladó a sus oficinas en Las Condes. -Lo de las carpetas viene desde siempre. Claro parecía disfrutar del mito que contribuyó a crear sobre sí mismo. “En el fondo le encantaba que lo consideraran un hombre peligroso y de cuidado.

Alguna vez alguien en la radio deslizó un comentario sobre sus supuestos vínculos con la CIA y él sonrió de manera irónica y misteriosa, sin confirmar ni desmentirlo. Una muestra de lo anterior ocurrió en el segundo capítulo del programa radial. En esa edición, que tuvo a Juan Agustín Figueroa de invitado, Jaime Celedón preguntó si Claro también tenía que ver con la propiedad de la revista Cauce. “En cuanto a revista Cauce, son esos líos que me alistan, siempre me andan inventando toda clase de historias a mí.

Interés por los medios de comunicación

A decir de sus cercanos, Claro siempre anheló tener un medio de comunicación. Ya a mediados de los ‘60, cuando se iniciaba de empresario, intentó sin éxito comprar parte de la editorial Zig-Zag. Gregorio Amunátegui sostiene que la atracción por los medios de comunicación es un asunto de larga data.

“A Ricardo le interesó el periodismo desde muy joven. Pensaba que esa actividad podía ser muy formativa para la gente, de mucha utilidad. Por eso se tomó tan en serio su función de columnista en La Tercera y después en El Mercurio. Como director de Mega desde los primeros días, Amunátegui fue testigo de que el interés por desembolsar más de 15 millones de dólares de la época por un canal de televisión estaba animado por un asunto que trascendía lo económico. De hecho, los primeros diez años el canal arrojó cifras rojas.

Lo anterior ayuda a explicar el modo particular en que se relacionaba con su canal de televisión. Aparte de atender a los lineamientos generales de la programación, estaba preocupado de los detalles. La idea de incorporar comentarios religiosos también fue obra suya, al igual que la decisión de sacar de la programación un proyecto de reality show, que a su entender reñía con la moral.

De acuerdo con una fuente de Mega, más de una vez llamó para protestar por la escasa o nula cobertura de algún asunto de la Iglesia Católica, protesta que a la vez estaba motivada por llamados de religiosos cercanos a él, como el cardenal Jorge Medina, el entonces obispo de San Bernardo Orozimbo Fuenzalida o el mismo cura Hasbún.

Otras veces, los llamados de atención no tenían nada que ver con la religión católica sino con una cosa personal. Todavía se recuerda en ese canal el día en que el dueño llamó para quejarse de un joven periodista de Mega que tras pedirle una impresión sobre un evento empresarial, le preguntó el nombre.

Los llamados no sólo eran internos. En agosto de 2000, cuando el programa “Aquí en Vivo” de Mega emitió un capítulo sobre el fenómeno de los desnudos, Claro entró en cólera y calificó el programa de “vulgar e inmoral”. El asunto no paró ahí. Enterado de que una periodista de La Tercera intentaba contactar por este tema al obispo Orozimbo Fuenzalida, identificado por la misma periodista como uno de los censores morales del canal, el empresario la llamó directamente.

Con algunas diferencias, esa relación también se trasladó a los otros medios de su holding, conformado por Mega, editorial Zig-Zag., revista Capital y el Diario Financiero.

Cuando Papavilla, una serie de dibujos animados de MTV, levantó cierta polvareda con sus parodias al Papa, Claro resistió la columna escrita por Patricio Navia en la que se manifestaba en contra de que la serie fuese censurada. En su momento Claro también cuestionó que se pautease un reportaje sobre los 50 años del colegio San Ignacio. ¿Por qué el San Ignacio y no el San George?, se preguntó. El ruido en este caso tenía que ver puntualmente con sus consabidas diferencias con la orden de los jesuitas.

A propósito del tira y afloja con Papavilla, el antiguo director de Capital, Héctor Soto, recuerda que en una oportunidad, a puertas cerradas, Claro le confidenció que si estaba en el negocio editorial y en el mundo empresarial no era exactamente por el dinero.

Héctor Soto dice que su relación con Claro estuvo marcada por dos factores determinantes. “Uno eran las buenas maneras, el buen trato, como esas relaciones caballerosas, a la antigua, aspecto que para mí es importante y que soy el pr...

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