En Chile, la jornada de trabajo es muy extensa, lo que está ampliamente respaldado por diversos estudios comparativos. Las horas que trabajan los chilenos al año son ostensiblemente más que las horas que se trabajan en las naciones desarrolladas con las cuales competimos comercialmente y suscribimos acuerdos. No se trata sólo de la posición relativa que ocupa Chile en una escala de diferentes indicadores, sino de que la duración de la jornada tiene un peso absoluto y es un problema real para la calidad de vida de la gente.

La cantidad de tiempo dedicado al trabajo es una pesadilla para los empleados, pero también para los empleadores. En todos nuestros estudios constatamos que, además de las horas ocupadas directamente en las actividades contratadas, se gasta mucho tiempo en actividades en el desplazamiento hacia el lugar de trabajo así como dentro del lugar mismo, que puede alcanzar hasta cuatro horas al día en las grandes ciudades, especialmente en la Región Metropolitana. Estas horas, que no son remuneradas habitualmente, no pueden utilizarse para otras actividades personales.

Si se suman los tiempos de un día laboral en horario normal, incluyendo horas extras, traslados, preparación y cierre, se sobrepasan en muchos casos las 12 horas diarias. Esta situación es particularmente complicada, por ejemplo, en los empleados del comercio, sobre todo de las grandes tiendas. Por otra parte, han aumentado los sectores que cumplen jornadas de 12 horas, incluidos los del radio urbano.

Durante las últimas semanas la discusión pública ha girado en torno a la reducción de la jornada laboral. Por un lado, el proyecto de sectores de oposición plantea reducir gradualmente la jornada de 45 a 40 horas semanales, mientras que el gobierno ha propuesto reducirla de 45 a 41 horas promedio, dentro de un nuevo marco de flexibilidad horaria.

La reducción de la jornada laboral representa una reforma que puede tener diversos efectos. Sin duda el debate político debe considerar su potencial impacto en términos de productividad, crecimiento económico, costos laborales y desempleo, así como sus consecuencias colaterales sobre las condiciones laborales de grupos más vulnerables, como aquellos que participan del sector informal de la economía.

Gran dificultad adquiere el debate al producirse en un marco de incertidumbre, puesto que disponemos de muy pocos estudios al respecto. No obstante, la discusión pública se ha concentrado en la disputa entre gobierno y oposición, perdiendo de vista el objetivo final de la reforma: el bienestar de los trabajadores y trabajadoras chilenas.

Impacto en la Salud Mental y Física

Chile es uno de los países donde más horas se trabaja en el mundo. Los autores de esta columna muestran cómo nuestras extensas rutinas laborales y extenuantes tiempos de traslado afectan particularmente la salud mental de mujeres y trabajadores informales, grupos que se caracterizan por tener escaso poder de negociación tanto en sus espacios laborales como en el mundo privado y familiar. Un cansancio anticipado e infinito.

No hay mayor tragedia que sentirse esclavo del ritmo de trabajo. En promedio, trabajamos más de 5 semanas adicionales al año que estos países. Además, según los últimos datos del INE, un 21% de los trabajadores y trabajadoras chilenas declaran trabajar por sobre el límite ordinario establecido de 45 horas semanales [ver estudio]. Como consecuencia, los trabajadores y trabajadoras chilenas cuentan con escaso tiempo libre para destinar a la recreación o al cuidado de otros.

En efecto, el ritmo de la vida laboral contemporánea ha hecho del tiempo un capital valioso. El trabajo es un elemento organizador de la vida, pero los patrones y normas temporales de la sociedad moderna muchas veces entran en contradicción con las condiciones necesarias para el bienestar. La evidencia muestra un desequilibrio entre vida privada y laboral.

Desde el año 2015 los problemas de salud mental se han transformado en el principal motivo de permiso laboral. Según un reciente informe del Ministerio de Salud, las licencias médicas por enfermedades mentales aumentaron un 53% entre 2013 y 2018. El desgaste emocional y el agotamiento físico asociados a la carga laboral (burnout), así como el estrés, la ansiedad y la depresión son algunos de los problemas más frecuentes asociados a este aumento de licencias.

Dichos estados parecen ser una realidad compartida en aquella forma de vida que el filósofo Byung-Chul Han denomina “sociedad del rendimiento”. La contrapartida inevitable de este marco normativo organizado en torno a la productividad sería una mezcla de fatiga crónica y depresión, malestares propios de una sociedad que sufre por exceso de trabajo.

El Estudio Longitudinal Social de Chile (ELSOC) es una encuesta de tipo panel que conduce el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), en conjunto con el Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (MIDAP) y el Núcleo Milenio en Desarrollo Social (DESOC). En su módulo Salud y Bienestar, ELSOC investiga la relación entre la salud mental y las dimensiones del cambio social en el Chile actual, con el propósito de comprender cómo las transformaciones sociales y económicas influyen en el bienestar de la población a lo largo de una década.

A partir de ELSOC realizamos un análisis de la prevalencia de síntomas depresivos en trabajadores y trabajadoras chilenas según su jornada laboral semanal promedio (35-40, 40-45 y 45-50 horas a la semana). En segundo lugar, los resultados muestran diferencias asociadas al género. Mientras un 2,3% de los hombres que trabajan entre 35 y 40 horas tiene síntomas de depresión moderada-severa y severa, un 6,2% de los que trabajan entre 45 y 50 se encuentran en esta categoría.

Algunos estudios sugieren que hombres y mujeres perciben y responden de manera diferente a las demandas del trabajo [ver estudio]. En primer lugar, las mujeres suelen tener más responsabilidades familiares y domésticas que los hombres, lo que se traduce en más horas de trabajo fuera de la jornada remunerada. Por lo tanto, las mujeres tienden a tener menos tiempo para descansar. En tercer lugar, las mujeres tienen menos probabilidades de tener control sobre su situación y ritmo de trabajo en comparación a los hombres.

Por cierto, cuando hablamos de síntomas depresivos nos referimos a experiencias como el poco interés para realizar actividades cotidianas, sensación de decaimiento, dificultades para conciliar el sueño o desajustes en el apetito, sensación de falta de energía y dificultades para concentrarse, o experimentar un sentimiento constante de fracaso. Como lo afirma el sociólogo Alain Ehrenberg, la depresión es hoy un malestar en el que predomina un sentimiento de insuficiencia: el individuo deprimido es aquel que no se siente a la altura de los ideales y expectativas sociales.

A partir del análisis del Estudio Longitudinal Social de Chile (ELSOC) encontramos una mayor prevalencia de sintomatología depresiva severa en aquellas personas con jornadas laborales más extensas. Considerando estos antecedentes, realizamos un análisis de la distribución de síntomas depresivos según tipo de relación laboral.

Los resultados muestran que un 17,6% de las personas que han firmado un contrato laboral presentan sintomatología depresiva moderada a severa, mientras que entre los trabajadores y trabajadoras sin contrato (trabajo informal) esta cifra se eleva a 22,2%. La informalidad laboral no sólo está asociada a una falta de seguridad social (por ejemplo, menor acceso a la atención en salud), sino también a mayor vulnerabilidad económica, escaso poder de negociación y bajos ingresos.

Consecuencias en la Vida Familiar y Personal

Siempre el trabajar más horas, en términos de salir más tarde que otros(as) trabajadores(as), y contar con poco tiempo tanto para compartir con la familia, para realizar actividades de ocio y para llevar a cabo labores de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado dentro del hogar, precariza la vida familiar y personal, principalmente en el caso de las mujeres, “que hemos seguido manteniendo el doble rol en el ámbito público y en el ámbito privado.

Enfatiza, además, que debe considerarse la necesidad de realizar actividades para enriquecer la vida personal y familiar, en aras de una mejor salud mental. También velar por la corresponsabilidad social de los cuidados. Esta corresponsabilidad implica tanto la importancia del rol de las y los empleadores, en referencia a entregar los recursos y las facilidades a quienes cuidan, para llevar a cabo su doble rol; a la vez que el rol del Estado en los cuidados -del que nunca se habla- debiera implicar una implementación pública de redes de cuidado.

En este contexto, la relación entre trabajo y familia se ve mermada, pues el tiempo disponible para las actividades de convivencia y reproducción social disminuye debido a las largas jornadas laborales en el país. Respecto a la petición sobre cerrar el comercio desde las 19 horas o una disminución de horas en la jornada laboral, Claudia Campillo piensa que podría ayudar especialmente a aquellas mujeres con responsabilidades de cuidados en los hogares.

El poder contar con tiempo para la vida personal y familiar es “altamente relevante, considerando las dificultades en torno a la salud mental de las y los chilenos que se han acrecentado durante la pandemia, unidas a la mayor necesidad de cuidados, en términos tanto afectivos como relacionados con el Coronavirus hacia los miembros del grupo familiar.

Propuestas y Alternativas

Uno de los principales argumentos para oponerse a la reducción de la jornada laboral está asociado a sus potenciales impactos sobre la productividad. Es importante considerar que jornadas laborales prolongadas pueden tener el efecto paradojal de reducir la productividad e impactar en la economía al afectar la salud mental.

Hoy la depresión representa un elevado costo económico para las sociedades, principalmente asociado a las pérdidas en términos de productividad [ver estudio]. Por otro lado, jornadas laborales más cortas pueden promover el descanso y permitir el goce de otras actividades personales, lo que no sólo debiera traducirse en menores niveles de estrés y burnout, sino también en empleados más eficientes y en mejores condiciones para producir.

Ahora bien, la calidad de vida de los trabajadores y trabajadoras no sólo depende de disponer de mayor tiempo libre, sino también de las condiciones laborales. Existe una relación interdependiente entre cantidad y calidad del trabajo. Algo importante de tener en consideración al momento de discutir la propuesta del gobierno.

Si bien tener jornadas más flexibles puede ser una oportunidad para que el empleado o empleada asigne a su beneficio los tiempos de trabajo, en caso de ser el empleador quien concentre el poder de negociación, el trabajador se verá expuesto a mayor incertidumbre e incompatibilidad con sus actividades fuera del empleo.

Decíamos que es importante considerar los potenciales efectos de la reducción de la jornada laboral sobre el sector informal de la economía. La experiencia de incertidumbre y desprotección que implica el trabajo informal ha demostrado ser un factor de riesgo importantes para la salud mental [ver estudio], puesto que los trabajadores carecen de seguridad social, además de tener menor control sobre sus salarios y condiciones de trabajo.

Una diferencia importante en las condiciones de trabajo entre los trabajadores formales e informales está asociada precisamente a la exposición desregulada a largas jornadas laborales de estos últimos. Por cierto, las extensas jornadas y la informalidad son sólo algunas de las dimensiones de la experiencia laboral que afectan la salud mental de los trabajadores y trabajadoras de Chile.

Esta discusión no puede invisibilizar uno de los principales problemas de nuestro país: los bajos salarios. En Chile, el 54% de los trabajadores y trabajadoras ganas menos de 350 mil pesos líquidos al mes [ver informe de la Fundación SOL]. Si 6 de cada 10 chilenos que trabajan jornada completa no pueden sacar a una familia promedio de la pobreza, difícilmente podrían contar con las condiciones mínimas para el buen vivir.

Patrones de Empleo y Salud

Este estudio, realizado por Wen-Jui de la Universidad de Nueva York en EE. UU., revela que los patrones de empleo son importantes para el sueño y la salud física y mental, a medida que se acerca la mediana edad. En particular, es probable que los grupos con posiciones sociales relativamente desfavorecidas también estén sujetos a horarios de trabajo atípicos. Se encontraron cinco patrones de empleo dominantes entre las edades de 22 a 49 años:

  • Sin trabajar la mayor parte del tiempo (10%)
  • Horarios estándar con cambios posteriores de horas (12%)
  • Variedad de horarios laborales (17%)
  • Principalmente horas estándar con algunas variables (35%)
  • Horas estándar estables (26%)

La posición social tuvo un rol importante en estas consecuencias adversas para la salud. La falta de educación secundaria con un patrón de horario variable aumentaba la probabilidad de reportar mala salud a los 50 años.

TAG:

Lea también: