La labor campesina consiste en trabajar la tierra, cultivar los alimentos y criar los animales que sustentan a la humanidad. Esta labor es esencial para la supervivencia, la salud y la cultura de las personas.
Hace más o menos 12,000 años atrás, en la edad temprana de la sociedad humana, las personas vivían principalmente de la recolección de vegetales y complementaban su alimentación con la caza y la pesca si tenían acceso a ella. El nacimiento de la agricultura (del latín agri=campo, cultura=cultivo), tradicionalmente definida como la cría de ganado y producción de alimentos, ocurrió a medida que el ser humano inició el proceso de domesticación de animales a través del pastoreo y el cultivo de las especies vegetales silvestres que servían para el consumo humano.
Los seres humanos recolectaron y se alimentaron con granos silvestres desde por lo menos 20.000a. C y a partir de 9500 a. C y se empezó a cultivar los ocho cultivos fundadores en el Levante mediterráneo. Estos antecedentes nos muestran el larguísimo vínculo que tenemos con la naturaleza primero a través de la recolección y después por la agricultura. Este vínculo en particular es con las plantas (arboles, flores, etc..) un ser vivo cíclico que es muy comparable a nosotros en ciertos aspectos y el vincularse con ella y su proceso productivo desencadena un aprendizaje entorno a ella que es fundamental para comprender nuestra propia naturaleza humana.
En la prehistoria se formó este vínculo estrecho y vital para nuestra supervivencia y desarrollo, que revolucionó nuestra forma de forma de vida y que le debemos la consolidación de los seres humanos como civilización y sociedad. Este virtuoso vínculo que lleva existiendo y alimentándose hace miles de años ¿Cómo evolucionó a lo largo de los años con el gran crecimiento y desarrollo de las civilizaciones junto sus tecnologías?
La observación de este proceso y el trabajo con ellas nos entrega una sabiduría particular y esencial, nos habla de la vida en si misma y sus ciertas similitudes con nosotros nos permite proyectarnos para que a través de ella aprendamos sobre nosotros, sobre nuestra naturaleza y ciclicidad. Cabe destacar también por otro lado que este vínculo, que trae consigo estos aprendizajes de la vida y su naturaleza, no es unilateral, este integra un aspecto relacional recíproco.
Por otra parte, en el ámbito global, el trabajo de la tierra, la agricultura, junto al sedentarismo nos permitió establecernos en un territorio y desde allí desarrollarnos como civilización por los beneficios en el ámbito global que trajo consigo este cambio. Por un lado, la agricultura hizo que aumentara la cantidad de alimento, así aumentó la esperanza de vida y la población al haber más comida para alimentar más cabezas. Por otro lado, aquello demandó organización, por lo que surgieron las primeras figuras administrativas para distribuir las cosechas, organizar los poblados, etc.… Así las poblaciones fueron creciendo y uniéndose entre ellas entorno a las plantaciones, fueron haciéndose del territorio, fueron desarrollándose en otros ámbitos como la ganadería y la cerámica, comenzando así de a poco lo que después se transformaría en una gran sociedad.
Durante este periodo hubo muchos cambios en la producción agrícola que transformaron las condiciones de vida. Estos cambios fueron las nuevas técnicas de cultivo (eliminación del barbecho, rotación de los cultivos, forraje) la introducción de nuevos cultivos (maíz, papa) y de maquinaria para arar, sembrar, regar y trillar.
En la segunda revolución industrial la mecanización tomó aún más importancia al igual que la utilización masiva de abono y fertilizantes artificiales. En este periodo podemos ver una ruptura en el vínculo del hombre con la naturaleza a través de la agricultura y a su tradición, y esta se empieza a traducir en una mecanización en gran escala y un uso exagerado de productos químicos, es decir, a un alto consumo de energía.
Concluimos que el desarrollo de la civilización fue desviando y alejando la cultura de la vínculo original que hemos tenido desde miles de años con la tierra a partir de la agricultura hasta llegar al punto de romper este vínculo en la revolución industrial, disociando al hombre de una relación saludable y de aprendizaje que lo ha acompañado durante toda su existencia y que sin quererlo a quedado inscrita en nuestros inconscientes, razón por la cual el contacto con la tierra es tan saludable para nuestra salud física y mental.
La labor campesina es tan antigua como la civilización misma. En la antigüedad, esta labor tenía una relación directa y sagrada con la naturaleza, respetando sus ciclos, sus ritmos y sus fuerzas. La labor campesina era la guardiana de la biodiversidad, conservando y mejorando las variedades de plantas y animales que se adaptaban a cada clima y suelo. Sin embargo, la labor campesina también sufría la explotación, la opresión y la violencia de las clases dominantes, que le imponían tributos, impuestos, leyes y guerras.
La labor campesina en la modernidad experimentó una serie de cambios radicales que alteraron su forma de vida y su relación con la tierra. Por un lado, algunas labores campesinas se beneficiaron de las innovaciones agrícolas, como las máquinas, los fertilizantes, los pesticidas y las semillas mejoradas, que aumentaron su productividad y sus ingresos.
La pandemia del COVID-19 ha evidenciado la importancia vital de la labor campesina para garantizar la seguridad alimentaria y nutricional de la población mundial. La crisis climática ha demostrado la urgencia de adoptar sistemas agroecológicos que protejan la naturaleza y mitiguen el calentamiento global.
Además de decir gracias, también debemos actuar en consecuencia. Debemos consumir productos locales, ecológicos y solidarios, apoyando así la economía campesina y familiar. Debemos exigir políticas públicas que favorezcan el desarrollo rural integral, con acceso a la tierra, al crédito, a la educación, a la salud y a la infraestructura.
El Suelo: Base de la Agricultura
El suelo que se cultiva para crear una cama de siembra sólo está formado por la mitad de material sólido, mientras que el resto está formado por poros llenos de agua o aire. El suelo está formado por un 50% de material sólido y un 50% de poros. En términos sencillos, la mitad de un terrón de tierra es material sólido y la otra mitad son poros.
El material sólido está formado por partículas minerales de diferentes clases de tamaño o por material orgánico. Los poros importantes se llenan de aire o de agua, dependiendo de lo húmedo que esté el suelo en un momento determinado, de su estructura y del laboreo. En el caso ideal, la mitad de los poros están llenos de agua y la otra mitad de aire. Sin embargo, en los suelos con una estructura agregada, como las arcillas, el volumen de los poros es algo mayor (40-60%) que en los suelos de grano único, como las arenas (35-45%).
Un suelo cultivado suele ser una mezcla de diferentes grupos de tamaños de partículas. Si la grava y la arena dominan la textura del suelo, se obtienen suelos permeables, secos y relativamente infértiles, mientras que la inclusión de arena en un suelo arcilloso lo hace más cálido. Los suelos limosos suelen ser fríos y retenedores de agua y pueden absorberla fácilmente por capilaridad.
La materia orgánica del suelo también tiene una influencia muy clara en su carácter. Consta de casi un 60% de carbono (C) y procede de residuos vegetales que han sido descompuestos por microorganismos. En este proceso de descomposición (véase la imagen inferior), se liberan nutrientes vegetales como el nitrógeno (N), el fósforo (P) y el azufre (S).
La textura del suelo se refiere a la distribución de las partículas minerales en diferentes clases de tamaño. Las partículas de arcilla y humus son los componentes más pequeños del suelo. Su diámetro medio es inferior a 0,0002 mm (es decir, 1.000 veces menor que un grano de arena) y se denominan coloides.
La fauna del suelo inicia la descomposición de la materia orgánica muerta, en parte rompiéndola en trozos más pequeños y en parte excavando agujeros en el suelo, aumentando el suministro de oxígeno. Las lombrices desempeñan un papel específico y muy valioso al descomponer el material y mezclarlo con el suelo.Las bacterias y los hongos continúan la descomposición por etapas.
Los tipos de suelo determinan cómo y qué podemos cultivar y son la base de toda la agricultura. He aquí una guía rápida de las características de cada tipo de suelo.
- Los suelos arenosos suelen ser secos, deficientes en nutrientes y de drenaje rápido. Tienen poca (o ninguna) capacidad de transportar agua desde las capas más profundas mediante el transporte capilar. Por lo tanto, el laboreo de los suelos arenosos en primavera debe reducirse al mínimo para retener la humedad en la cama de siembra.
- Estos suelos se diferencian de los arenosos por tener una mayor tendencia a formar un terron, que suele ser muy duro. Si se trabajan en exceso, pueden volverse compactos, lo que disminuye su capacidad de infiltración de agua en periodos húmedos. En condiciones de sequedad pueden volverse duros y difíciles de cultivar. Sin embargo, suelen ser fáciles de trabajar y pueden almacenar cantidades considerables de agua. Requieren una buena reconsolidación, pero debe evitarse el laboreo en condiciones de humedad.
- Estos suelos difieren de los descritos anteriormente en que la formación de terrones puede ser muy severa. El terron suele ser tan duro que hay que romperlo.
- Estos suelos tienen una buena capacidad para transportar agua por capilaridad desde las capas profundas, pero la velocidad es lenta, por lo que las necesidades de agua de las plantas no se satisfacen a través del agua capilar. Estos suelos tienen un color más oscuro y la agregación del suelo es más marcada. La agregación disminuye el riesgo de formación de terrones. Estos suelos deben ser trabajados con el contenido de agua correcto para poder ser cultivados fácilmente. Existe el riesgo de que se formen terrones si las condiciones son demasiado secas, o de que se formen manchas si son demasiado húmedas. Estos suelos tienen una buena capacidad para mejorar su estructura por la acción del clima, las raíces, etc.
- Las arcillas pesadas tienen una capacidad de retención de agua muy elevada, pero la mayor parte del agua está fuertemente ligada y no está disponible para las plantas. El contenido de humus suele ser mayor que en otros suelos minerales. No forman un terron cuando se secan. Estos suelos tienen una gran capacidad para mejorar su estructura mediante, por ejemplo, la congelación/descongelación y el secado/humedecimiento. En los inviernos fríos, la arcilla se congela y forma una estructura agregada muy favorable en la capa superior del suelo. En estado saturado de agua, estos suelos pueden ser pegajosos y muy impermeables al agua. Debido al alto contenido en arcilla, el contenido en nutrientes es muy elevado. Las arcillas pesadas necesitan un alto grado de recompactación alrededor de la semilla cuando están secas, pero no cuando están húmedas y plásticas. El riesgo de labrarlas en condiciones de humedad es que se produce una compactación del suelo.
La estructura del suelo describe la configuración física del mismo. Las partículas de arena de un suelo arenoso se mantienen débilmente unidas y no forman agregados, mientras que las partículas de arcilla de un suelo arcilloso forman fácilmente agregados. Estos agregados hacen que el suelo arcilloso sea fácil de labrar y mejoran el transporte de aire y agua.
La materia orgánica, los óxidos de hierro y aluminio y los carbonatos estabilizan los agregados al actuar como agentes de unión. En los suelos no cultivados, este proceso desempeña un papel importante.
El estiércol de los animales, los cultivos intercalados, los residuos de las cosechas, etc., aportan materia orgánica al suelo. A corto plazo, esto aumenta la actividad biológica y provoca un florecimiento de los microorganismos del suelo. A largo plazo, aumenta el contenido de materia orgánica, lo que mejora la estabilidad de los agregados.
Para los agricultores que tienen la vista puesta en el futuro y en la producción sostenible, es importante comprender la importancia de los factores que controlan el proceso de estructuración.
La capa labrada suele tener una estructura más suelta, mientras que en la profundidad de laboreo se crea una capa más densa. Esta capa más densa se desarrolla independientemente de la técnica de labranza utilizada, pero la profundidad a la que surge varía.
Ejemplo de Agricultura Sostenible
Se trata de un laboratorio en terreno abierto que marca una diferencia en lo que es la vinculación con el medio tradicional y lo que hace la agricultura más convencional con el uso de maquinarias e insumos con los que se trata de simplificar los procesos.
"Miramos mucho el suelo, la salud del mismo, de tener suelos protegidos de la lluvia, del sol, de aportarle materia orgánica utilizando fertilizantes biológicos, que se convierten en alimento para todo este ecosistema que vive en él. Los cultivos multiespecie permiten que sea la biodiversidad de este terreno la que vaya marcando los resultados y aprendizajes.
Larraín destaca la importancia de los animales para la estrategia que aplican, en especial de las gallinas como un medio para obtener fertilizante de forma natural, al igual que las vaquillas que pastean en este terreno.
Los animales juegan un papel clave, como explica el profesor Larraín, "las gallinas vayan detrás de las vacas, para que sean éstas las que desarmen sus desechos y que estos sirvan como fertilizante. Además, que cuando empiezan a salir las moscas, sean las gallinas las que coman sus larvas.
Rafael Larraín comenta que el Covid-19 les generó muchas dificultades, pero que desde el segundo semestre de 2022 han mantenido la interacción con varios visitantes que muestran interés por las técnicas que están aplicando.
Reconexión con la Tierra
Por medio de la agricultura, podemos reconectarnos con algo tan primitivo como la relación que se establece entre nosotros y la producción de nuestro propio alimento. Intentemos un retorno a la tierra, una reconexión con nuestros aprendizajes más ancestrales, porque el saber cultivar la tierra lo portamos todos en nuestro ADN.
En esta búsqueda he confiado en que la agricultura puede ser una verdadera herramienta de transformación. Puede invitarnos a hacer foco en la importancia de observar la Naturaleza, descifrar su comportamiento, aprender a percibir su equilibrio, comprender cómo funciona la vida en torno a la tierra.
La agricultura nos puede ayudar a recordar que cada organismo, ya sea una planta, un animal o un ser humano, es un todo integrado, que forma sistemas vivos complejos, al mismo tiempo que son parte de otros sistemas vivos aún mas complejos (bosque, una comunidad o el planeta Tierra). Es una mirada que permite comprender que los sistemas están totalmente interconectados y son capaces de auto organizarse por medio de intercambios de energía y recursos que se mantienen por la cooperación y la asociación de todos.
Con un poco de conocimientos técnicos y mucho amor por la tierra, se puede desarrollar un espacio de cultivo que te permita trabajar de manera individualo mejor aún de forma colectiva-, ya sea en la casa, en la escuela, o en algún espacio público. Se hace importante aclarar que, al hablar de espacio de cultivo, nos referimos a una inmensidad de maneras de producir: si no se cuenta con terreno, se puede cultivar en potes de yogurt en la ventana, en el techo o en una pared. Se podrá crear un sistema de cultivo en cualquier lugar, basado en el respeto por todo lo que vive y en la real comprensión de la biodiversidad.
Una invitación para conectarnos con la tierra para sentirnos parte y no dueños de ella.

