La economía depende en una buena medida del trabajo gratuito que hacen millones de mujeres. Pero ese trabajo se ha negado de tal modo que no se lo considera al calcular lo que los países producen, hay corrientes que ni siquiera lo distinguen del ocio.

Definición Detallada del Trabajo No Remunerado

El trabajo no remunerado comprende actividades que van desde recoger leña, preparar comidas y realizar labores de limpieza en el hogar, hasta el cuidado y atención de niños y ancianos. Son actividades socialmente necesarias que generan valor económico en la forma de productos y servicios. Estas actividades tienen un costo de producción y de oportunidad, un valor en el mercado y no son ilimitadas. Al no ser remunerado, este trabajo es explotado por quienes se benefician de él. La existencia y perpetuación de esta enorme masa de trabajo no remunerado focalizado en la mujer ha exigido un complejo proceso político, social y cultural que ha logrado relegar al trabajo no remunerado al plano de lo personal. La romantización del trabajo no remunerado ha sido nociva por su significancia simbólica.

La Perspectiva Económica y el Patriarcado

Una consecuencia de lo anterior es que, en la práctica, para la academia, las cuentas nacionales, las estadísticas oficiales levantadas por el Estado y para el grueso de las políticas públicas, el trabajo no remunerado no es trabajo. El trabajo no remunerado se sitúa incluso en algunos instrumentos de medición en contraposición al trabajo remunerado. Por ejemplo, en la encuesta CASEN, que es la base de la mayor parte de las políticas sociales del Estado, la pregunta principal para separar a ocupados de desocupados es: “La semana pasada, ¿trabajó al menos una hora, sin considerar los quehaceres del hogar?”. Así, el trabajo no remunerado, en particular el realizado en el hogar, queda fuera de todo foco de estudio; es materia privada, familiar.

Estas violencias tácitas están validadas por las ciencias sociales y en particular por la economía, disciplina que históricamente ha recogido y replicado las lógicas patriarcales del mundo que intenta explicar. En ese modelo, los individuos deben distribuir su tiempo entre trabajo remunerado y tiempo libre, según sus preferencias personales por el ocio y por el consumo. El tiempo utilizado en el trabajo no remunerado no es considerado distinto al tiempo gastado en pasatiempos o descanso, lo que reproduce la idea de las labores domésticas como un pasatiempo de las mujeres.

La degradación del trabajo doméstico a la categoría de ocio no es una expresión nueva del patriarcado en términos económicos. Ya en 1988 Marylin Waring con su libro “Si las mujeres contaran”, planteaba que la exclusión del trabajo doméstico de las cuentas nacionales no era fruto de una decisión técnica, sino una decisión basada en una teoría económica profundamente permeada por los roles de género tradicionales y los valores del patriarcado. Incluso llegó a llamar al Sistema Internacional de Cuentas Nacionales un “patriarcado aplicado”.

Medición y Visibilización del Trabajo No Remunerado

Su trabajo, en conjunto con el de otras economistas y cientistas sociales, hizo que en 1994 la Plataforma de Beijing de la ONU incluyera como recomendación para los países miembros “elaborar medios estadísticos apropiados para reconocer y hacer visible en toda su extensión el trabajo de la mujer y todas sus contribuciones a la economía nacional, incluso en el sector no remunerado y en el hogar”.

En Chile, por ejemplo, solo ha existido una instancia de medición para el trabajo no remunerado a nivel nacional: la Encuesta Nacional de Uso de Tiempo (ENUT, 2015) que es representativa solo a nivel nacional urbano y muestra que las mujeres están muy lejos de estar “desocupadas”. De acuerdo a la ENUT, una mujer “desocupada” para las estadísticas usuales (es decir sin trabajo remunerado), trabaja aproximadamente entre 6,5 y 7 horas mientras que un hombre sin trabajo remunerado trabaja menos de tres. Considerando el total de horas trabajadas en un día de semana (tanto en labores remuneradas como no remuneradas), las mujeres superan a los hombres en aproximadamente un 17%.

Una de las tantas implicancias que podría tener la transformación del paradigma respecto a lo que se considera trabajo, es que cambiaría la forma en que se evalúan los procesos de incorporación de la mujer al mercado laboral.

Informalidad Laboral y el Trabajo Familiar No Remunerado

La informalidad es un fenómeno complejo de precisar, debido a su carácter dinámico, que evoluciona en el tiempo y que debe ser analizado desde distintas áreas de la política pública, como es la tributaria, legislativa, social y política.

La Tabla 1 presenta el marco conceptual para definir el empleo informal que considera como unidad de análisis las relaciones laborales y las clasifica de acuerdo a dos dimensiones: el tipo de unidad de producción y el tipo de trabajo.

Tabla 1: Marco Conceptual del Empleo Informal

Tipo de Unidad ProductivaCategoría Ocupacional del EmpleoFormalInformal
Empresas del sector formalAsalariados*C
Empresas del sector informalEmpleadores y trabajadores por cuenta propiaB
HogaresTrabajadores familiares no remuneradosA
Producción propia para el consumo del hogarTrabajadores dedicados a la producción propiaE

Fuente: (INE, 2021)

A: identifica a personas trabajadoras familiares no remunerados (del hogar) independiente de si trabajan en el sector formal o informal. B: corresponde a personas trabajadoras por cuenta propia y empleadores que tienen sus propias empresas en el sector informal. C: agrupa a personas trabajadoras asalariadas que poseen empleos informales ya sea porque trabajan en empresas del sector formal, informal o en hogares.

La celda E agrupa a las y los trabajadores dedicados a la producción propia de bienes exclusivamente para el consumo propio del hogar. En síntesis, a partir del marco conceptual presentado en la Tabla 1 es posible categorizar el empleo total de una economía de acuerdo con su situación de formalidad (o informalidad) y cuantificar la magnitud del empleo informal como la suma de las celdas A, B, C y D.

Estos resultados sugieren al menos dos conclusiones importantes. Primero, la informalidad puede expresarse en al menos dos dimensiones: a nivel de personas trabajadoras y de unidades económicas. Segundo, la informalidad presenta distintos grados de resistencia, según la complejidad para transitar hacia la formalidad.

La Necesidad de Visibilizar el Trabajo Doméstico

Históricamente, la sociedad ha impuesto ciertos roles de géneros y la división sexual del trabajo, lo que ha determinado que la mujer destine más tiempo que el hombre a lo que se conoce como “trabajo doméstico no remunerado”, o como “trabajo doméstico del cuidado”.

Según consta en el Documento de Trabajo n°111 sobre Valorización del Trabajo Doméstico no Remunerado, las mujeres dedican el 71,6% de su tiempo total de trabajo (remunerado y no remunerado) al trabajo doméstico no remunerado, mientras que los hombres sólo dedican un 36%. Esto significa que aún no se ha redistribuido el cuidado, pese a que seis de cada diez mujeres han ingresado al mercado de trabajo.

La desigual distribución de la carga de trabajo en nuestro país obsta a alcanzar la igualdad de género y a erradicar la pobreza, y se traduce en importantes diferencias en las oportunidades, y en la calidad y expectativas de vida de mujeres y hombres. La mujer sacrifica aspectos centrales de su vida personal, laboral y social para cumplir con estas labores. Sin duda, es necesario visibilizar el trabajo doméstico.

Se ha sostenido que el trabajo doméstico considera todas aquellas actividades desarrolladas en la esfera privada, que se realizan para el mejor funcionamiento del propio hogar, tales como la preparación y servicio de las comidas, la limpieza de la vivienda, ropa y calzado, el mantenimiento y reparaciones menores en el hogar, la administración y abastecimiento del hogar, y el cuidado de mascotas y plantas.

Por su parte, el trabajo de cuidados está compuesto por todas las actividades de esta naturaleza realizadas en relación a integrantes del hogar que requieren de cuidados permanentes, sea por su edad o por enfermedad. En palabras de Barassi, implica una actividad humana apta para satisfacer una necesidad ajena que la hace necesaria. Por consiguiente, indiscutiblemente el trabajo doméstico es un trabajo, y debe ser reconocido y valorado como tal.

Valorización Económica y Desafíos

En otras palabras, la Plataforma de Acción de Beijing de 1995 llamó a reconocer, valorizar y a compensar económicamente el trabajo doméstico, posición apoyada por el movimiento del salario para las amas de casa, principalmente en Inglaterra e Italia.

Los principales argumentos esgrimidos en este sentido han sido los que siguen: que se trata de labores productivas que generan bienes y servicios destinados a la satisfacción de las necesidades de las personas que forman parte del hogar; que contribuyen a la reproducción general de la sociedad y a su desarrollo; y que se trata de actividades socialmente necesarias que generan valor económico, no obstante, no ser consideradas en el cálculo del producto interno bruto nacional.

En relación a esta postura, algunos han sostenido que una de las dificultades centrales en la materia es que la valorización económica del tiempo destinado a estas actividades es altamente compleja, ya que involucraría distintos contextos sociales y personales. Sin embargo, a nuestro juicio los principales problemas son otros, a saber: el primero, que el trabajo doméstico se ha invisibilizado y degradado a tal punto que se ha homologado al ocio.

Creemos que la solución comienza por un cambio sustancial del paradigma respecto a lo que se considera trabajo. Se necesita un impulso de la sociedad civil y de las instituciones para que se diseñen políticas públicas pensadas con perspectiva de género, que lo reconozcan efectivamente como tal. Lo anterior en orden a visibilizar y valorar socialmente el trabajo doméstico.

Por su parte, es preciso transformar la manera en que se evalúan los procesos de incorporación de la mujer al mercado laboral. En este contexto, la meta 5.4 de la Agenda 2030 de Naciones Unidas y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, insta a los Estados Parte a “reconocer y valorar los cuidados y el trabajo doméstico mediante servicios públicos, infraestructura y políticas de protección social, y promoviendo la responsabilidad compartida en el hogar y la familia, según proceda en cada país”.

Tentativas Legales y Políticas Públicas

En Chile, existen algunas tentativas legales aisladas dirigidas a alcanzar este objetivo, tales como el artículo 199 bis, que se refiere al permiso para cuidar al hijo o hija mayor de un año y menor de 18 años, que se confiere tanto al padre como a la madre trabajadora; o el artículo 197 bis, que establece que en caso de ser ambos padres trabajadores, cualquiera de ellos a elección de la madre, podrá gozar del permiso postnatal parental desde la séptima semana del mismo. Valoramos estas iniciativas, pero son insuficientes.

Por lo tanto, se requiere una política pública global y articulada en este sentido, que permita asegurar la igualdad real de la mujer en el mercado de trabajo, eliminando las brechas salariales, los techos de cristal, y garantizando la provisión de cuidados sin traspasar su costo a la mujer trabajadora, para así lograr eliminar la división sexual del trabajo y la doble jornada laboral de la mujer (remunerada y no remunerada).

Terminar con la negación de la condición de trabajo al trabajo no remunerado es una reivindicación histórica necesaria para millones de mujeres y, particularmente, para las que han estado al margen del debate del desarrollo, cuyo trabajo ha sido invisibilizado y minimizado, al igual que su aporte al crecimiento económico y al bienestar de la sociedad. Terminar con esta histórica invisibilización no implica validar la desigualdad en la carga de trabajo no remunerado, ni tampoco supone negar los lazos que puedan existir entre los miembros de un hogar.

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