Cuando en la actualidad asistimos a intensos debates por el sistema previsional o la reforma que busca mejorar las pensiones, se soslaya un aspecto central, que dice relación con la etapa de la jubilación, y muy concretamente, como resulta la experiencia viva de jubilar después de años consagrados a unos de los principales referentes para la identidad personal, además en un contexto donde cada vez más desaparecen los rituales que dan orden a la vida y generan comunidad.
Pues bien, la sociedad actual ha preferido darle la espalda a la jubilación, cual tierra lejana que solo algunos visitarán y de la cual como “trabajadores activos” podemos ser meros espectadores de una experiencia que viven otros, quedando las personas que experimentan este proceso a merced de sus propios recursos para hacerle frente y con ello haciendo una verdadera omisión que riñe de manera estricta con la raíz etimológica de la palabra jubilación que se asocia con la palabra júbilo.
Es sabido que gran parte de nuestra formación está orientada desde la escolaridad en adelante a ser parte de la fuerza de trabajo y a la manera en que se movilizan todos los esfuerzos por configurarnos en un aporte para la sociedad.
¿Cómo es que si en parte importante de nuestro itinerario del desarrollo, centrado en generar herramientas para la vida, todavía en las organizaciones o lugares de trabajo, en su generalidad, omiten el rito simbólico de la jubilación que otorga cierre a una de las etapas más importantes de la vida laboral?
Al igual que otros momentos de la trayectoria vital, en esta una nueva etapa también se registran pérdidas y ganancias, como parte de lo natural de la dialéctica del vivir que atraviesa cada fase del desarrollo y se expresa de similar manera, como en otros capítulos de la historia personal.
En este programa lo que se intenciona es que los y las participantes den cuenta de su proceso vivencial de jubilación, vale decir, de la manera singular en que experimentan este hito para de esa forma ir resignificando o desmontando aquellos mitos que aun rodean la etapa venidera, esto es, renovando miradas para su nuevo devenir vital.
Es en este punto, donde resulta gravitante comprender vivencialmente que la muy anhelada jubilación para algunas personas significa mucho más que un fin de semana largo y que esta nueva etapa también contiene una luna de miel que en algún momento expira, de no tramitarse adecuadamente en los distintos ámbitos del autocuidado que se asocian a lo físico o corporal, lo emocional, lo vincular-afectivo, lo intelectual- cognitivo, lo social, lo económico y lo espiritual.
Otros objetivos que busca este programa son promover que las personas jubilables asuman su nuevo rol proactivamente, tender a mejorar la calidad de sus vidas y proveer una visión positiva de la etapa venidera, contribuyendo con ello a la asunción de un mayor protagonismo que les propicie escribir un guion de vida con sentido personal.
A esto se agrega, generar una instancia de orientación, reflexión y apoyo en diferentes temas atingentes de orden social y económico al proceso de jubilación, para quienes se encuentran cursando la última etapa de su ciclo laboral en la institución y que en un proceso natural y esperable conviven con dudas, y miedos frente a una etapa desconocida que carece de una guía de planificación, cual folleto turístico a un lugar inexplorado en el que abundan incertezas.
Por otro lado, también se pude constatar la existencia de mapas mentales colectivos amparados por nuestra sociedad de consumo y exitista que propician la generación de algunas actitudes comunes hacia la jubilación como son temor ante el cese del empleo, ansiedad ante la desestructuración de la vida, “temor a la libertad”, angustia a quedarse sin metas y objetivos vitales, fuerte temor a caer en aburrimiento, en soledad o en depresión, miedo a reencontrarse con la vida familiar y un conjunto de creencias que opera en la forma de mitos y estereotipos sociales con respecto a la jubilación (vejez, decadencia, inutilidad, deterioro o incluso muerte).
Estos últimos prejuicios sobre la adultez mayor y la edad pueden ser subsumidos bajo el nombre del Viejismo, Edadismo y Gerontofobia, que presentan como denominador común un cúmulo de mitos, estereotipos y en definitiva, creencias limitantes, contra la población mayor a causa de su edad y que básicamente apuntan a términos como fragilidad, dependencia, soledad y un temor excesivo a envejecer, generando a su vez estigmas y etiquetas que dificultan que esta etapa vital resulte portadora de beneficios y bondades.
El efecto de estos prejuicios es que las personas que cursan este proceso de maduración vital se auto marginen de la capacidad de poder disfrutar, de cultivar e iniciar nuevas amistades, de mantener una vida emocional sexual satisfactoria y activa y de realizar actividades con un tono hedónico o placentero que generen la sensación de fluidez o Flow (concepto de la psicología positiva).
Esta última experiencia solo resulta posible de alcanzar en la medida que una persona adulta mayor se sienta completamente absorbida por una actividad que genere sentido personal y que experimente la vivencia de perder la conciencia de sí mismo/a por encantarse abstraído/a y entregado/a a lo que está realizando, reconociendo en ello un transcurrir del tiempo sin percatación consciente y con un grado alto de satisfacción.
El poder desmontar prejuicios sobre la adultez mayor requiere un potente cambio mental y cultural por parte de todos los grupos sociales, incluidas las propias personas que jubilan que también en ocasiones resultan herederos de maneras de concebir la jubilación y la Adultez Mayor como una etapa de decadencia.
A lo anterior, se suma desafiar una de las ideas más instaladas en nuestro colectivo y, esta es, la centralidad del trabajo en nuestras vidas, llegando incluso a una sobrevaloración del mismo y como esta creencia impregna o tiñe la totalidad de la identidad personal. Es así como esto se refleja en que el “trabajolismo” o también llamado adicción al trabajo sigue siendo la única adicción aplaudida en el mundo actual.
De modo que abordar el desmontaje de prejuicios sobre la adultez mayor adquiere un desafío mayor en una sociedad que ensalza el trabajo como uno de los pilares de la identidad personal, llegando en ocasiones a que el rol laboral abarque la totalidad de la imagen de sí mismo, donde la identidad personal se le iguala a identidad laboral.
Y es ahí donde para quien atraviesa este proceso puede llegar amontonar ciertas preguntas: ¿Quién soy sin este rol que ha definido mi identidad por tanto años?; ¿sigo siendo el mismo que ejercía un rol laboral?; ¿seré un extrabajador? o, por el contrario, ¿seguiré siendo lo que realicé gran parte mi vida?
Una manera de desafiar esas creencias circulantes es concebir la jubilación como un hito que marca un antes y después en la trayectoria laboral, que posibilite la internalización de que la jubilación solo corresponde al ámbito del trabajo, por cuanto las personas no se jubilan de bailar, de estudiar, de asistir al gimnasio, de ir a un taller, de viajar, de conocer nuevas personas, de nutrir su relación afectiva, de enriquecer su vida espiritual, de conocer nuevas personas y principalmente de dar calidad a sus relaciones significativas, y en definitiva reconciliarse con la asunción de responsabilidad, que implique un papel activo, protagonista de su propio destino.
Para despedirse adecuadamente del trabajo es necesario atravesar un proceso, que conforme la singularidad de la persona será la modalidad de su gestión. Mientras que para algunas resultará una pérdida, para otras será un alivio o descanso después de tantos años de trabajo. Habrá quienes la conciban como una mera continuidad y finalmente otras que la perciban como un nuevo comienzo lleno de oportunidades.
Lo que busca este programa si bien es validar en una primera instancia la propia manera de significar la jubilación, pues ella obedece a una historia de vida con experiencias personales, mandatos familiares y creencias de la sociedad imperante, es promover una jubilación que sea concebida como una oportunidad para un nuevo viaje, sin una guía protocolizada para un lugar desconocido, pero por lo mismo, genere el reto personal de encontrarse con uno mismo en una etapa con mayor sabiduría, sentido del juicio, serenidad y madurez vital .
En la medida que se revaloriza y ritualiza la jubilación por parte de la sociedad, se espera que las generaciones venideras validen y honren a sus antecesores como aquellos que posibilitaron que hoy ellos puedan ocupar un lugar y que a su vez tomen ese saber antiguo y lo fundan desde el reconocimiento con el saber nuevo, para de esa forma generar espacios laborales saludables marcados por el respeto mutuo.
En la sociedad actual existe predominio de una valoración cada vez más progresiva de la juventud, se quiere ser y parecer joven como una forma de dar respuesta a una sociedad cada vez más competitiva e individualista.
Sin embargo, una persona solo puede vivir así esta etapa si posee una fuente de ingresos que le asegure contar con lo necesario para vivir dignamente, no para “sobrevivir” como es el drama diario de miles de personas en Chile.
“Dar el paso de la adultez a la vejez es mucho más difícil. A diferencia de las anteriores, esta generación no sabe lo que viene después” señala el geriatra William Thomas.
Es momento de tomar en cuenta, de reconocer esta dignidad agradecida que la sociedad le debe a los adultos mayores que entregaron su vida para mejorarla y enriquecerla en beneficio de los que vienen después, solo así enfrentaremos como debe ser, con alegría y tranquilidad, esta nueva etapa en nuestras vidas.
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