España es el cuarto país del mundo con más contagiados por Covid-19 y lleva varios días en estado de alerta y confinamiento. Madrid amanece estos días en silencio, desierto.

No hay niños en los colegios, los bares están cerrados y Policía y Ejército, tras la declaración del estado de alarma, custodian que nadie camine por la calle si no es por motivos de fuerza mayor. Todos llevan guantes y una mascarilla guarda su respiración, en las panaderías y los supermercados se respetan los dos metros de seguridad para evitar contagios.

El Rastro, el mercado más famoso y bullicioso de la capital, no llegó a desplegarse este domingo, un parón que ni siquiera logró la violencia de la Guerra Civil en el 36.

El número de personas con Covid-19 ya supera en España los 17.000, van más de 760 muertos. Es el cuarto país del mundo con mayor número de positivos y las cifras más optimistas no sitúan hasta mediados de abril el punto de inflexión en el que comience a revertirse la curva. De momento, los periódicos siguen abriendo con miles de contagiados confirmados cada día, un ritmo de cerca de un 25% más que cada jornada anterior.

Comenzaba febrero cuando el virus entró sigiloso y sin llamar en varios puntos del país, importado a través de turistas extranjeros. Madrid, sin embargo, se convirtió rápidamente en epicentro de la pandemia.

En sintonía con la tímida y lenta reacción de la Unión Europea, que ahora parece querer ponerse al frente de 27 países que miran para sí mismos y organizar el cierre externo e interno de fronteras, España anunciaba fuertes restricciones de entrada a su territorio.

De este decreto y situación de excepción que el palacio de La Moncloa anunciaba con cara triste solo había un precedente en los más de 40 años de democracia española. Según indica la Constitución del 78, el estado de alerta da plenos poderes al Ejecutivo y permite aglutinar en un mando único el control sanitario para garantizar o racionar suministros, faculta al gobierno para limitar la movilidad ciudadana o para dar las órdenes que garanticen el abastecimiento de los mercados.

Junto al cierre progresivo de todos los establecimientos comerciales que ya había ordenado la mayoría de autoridades autonómicas, gran parte de estas primeras medidas iban encaminadas a contener una epidemia de alcance desconocido que en España ya arrastra una tasa de mortandad del 3%. De no haberse tomado, o de haber llegado más tarde, el sistema sanitario público podría haberse visto al borde del colapso, como ha pasado en el norte de Italia.

Además del refuerzo de plantillas, el estado de alerta implica la subordinación de lo privado al interés general, de manera que hospitales y clínicas de pago están atendiendo a pacientes derivados de la sanidad pública.

A las medidas de orden social, basadas en el estricto aislamiento y paralización de la actividad, le acompañan otras inevitables de contención económica. De nuevo, ante la falta de liderazgo de las instituciones europeas, cada país se está salvando como puede.

Y sorprende -¿o quizá no?- que emblemas de la austeridad y reducción del sector público como Alemania o Francia, con sendos gobiernos neoliberales, se hayan puesto a inyectar dinero como locos, facilitando créditos a grandes y medianas empresas, aplazando pagos y obligaciones y tratando de proteger el empleo.

El presidente francés, Emmanuel Macron, que reconocía que Europa se enfrentaba a «la mayor crisis sanitaria desde hace un siglo», antes de imponer fuertes medidas de aislamiento ya reguló por decreto los precios del gel sanitario, y está racionando el paracetamol, el medicamento más adecuado contra el Covid-19.

Finalmente, volviendo a España, el gobierno está tomando acciones similares a las del resto de Europa y el martes anunciaba un paquete de fuertes medidas de inversión pública y apoyo al empleo. “El Estado tiene que entregar directrices claras.

El aislamiento se rompe cada noche cuando miles de personas salen a aplaudir a sus balcones en homenaje a los trabajadores de la salud pública. La defensa de lo público como valor y de los trabajadores de la salud está siendo el elemento de unión y cohesión social que con más fuerza aflora en esta España aislada. Cuando dan las ocho de la tarde los balcones de todo el país -de cualquier signo político- aplauden y cantan y cacerolean en reconocimiento al personal sanitario que lucha contra el virus en primera línea y no puede quedarse en casa.

TAG: #Empleo

Lea también: